La muerte del anciano original, cuyo nombre era Eryndor —el mismo que aparecía en el diario del abuelo de Maelt Rosmar, el mismo que había sido anotado en los márgenes del árbol genealógico de los Kraxter—, sumió a Draxcan en un estado de parálisis tensa. Durante tres días, el Senado suspendió sus sesiones. Los mercados cerraron. Las calles, normalmente bulliciosas incluso en las horas más calurosas del verano, quedaron desiertas como si una plaga invisible hubiera barrido la ciudad. Sólo los guardias patrullaban, con las manos en las empuñaduras de sus espadas y los ojos alerta ante cualquier movimiento sospechoso.
El miedo se había instalado en la capital como un inquilino silencioso.
Kael Kraxter pasó aquellos tres días encerrado en la residencia de los Rosmar. Maelt había insistido en que era el único lugar seguro, y por una vez, Kael no discutió. La casa señorial de los Elemens estaba protegida por guardias leales, trampas mágicas y un sótano secreto que sólo la familia conocía. Si la princesa Francesca quería matarlo, tendría que atravesar antes todas aquellas defensas.
Pero la princesa no atacó. Eso era lo más inquietante de todo.
—Está reagrupándose —explicó Maelt durante una de las interminables reuniones que ocupaban las veladas—. Ha perdido la batalla del Senado, pero no ha perdido la guerra. Ahora intentará ganar tiempo, desacreditar las pruebas, eliminar testigos.
—¿Qué testigos quedan? —preguntó Lyssara—. Thamior está muerto. Aldric está muerto. Oren está muerto. El anciano original está muerto. Pronto no quedará nadie que pueda testificar.
—Quedamos nosotros —dijo Kael—. Y las cartas. Las cartas son la clave.
—Las cartas pueden ser destruidas —objetó Maelt—. Un incendio, un robo, un accidente. No podemos fiarlo todo a unos pergaminos viejos.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Prepararnos para lo peor. Reforzar nuestras alianzas. Y esperar el momento adecuado para presentar la acusación formal contra la princesa.
—¿Acusar a Francesca? ¿Con qué pruebas? Las cartas mencionan a los Holm, no a ella.
—No directamente. Pero hay una carta, la última del cofre, que menciona a "la hija de la casa real" como aliada de los conspiradores. Si podemos demostrar que esa hija era la madre de Francesca...
—Eso sería suficiente para implicarla.
—Suficiente para abrir una investigación. No para condenarla. Pero una investigación sería un golpe devastador para su posición. La obligaría a defenderse, a gastar recursos, a perder aliados. Y mientras ella se defiende, nosotros avanzamos.
Kael asintió. Le gustaba aquel plan. Era lento, meticuloso, implacable. Como un tornillo que se aprieta poco a poco hasta que el adversario no puede respirar.
—Hay algo más —dijo Lyssara, rompiendo el silencio—. Algo que llevo días pensando y que no termina de cuadrarme.
—¿Qué?
—La conspiración. ¿Quién es el verdadero líder? ¿La princesa? ¿Los Holm? ¿Alguien más? Matar a los Kraxter llevó décadas. Requirió recursos, planificación, paciencia. Francesca no había nacido cuando empezó todo esto. Tampoco Garrick Holm. ¿Quién ha estado moviendo los hilos durante tanto tiempo?
—Alguien con acceso al sello real —respondió Maelt—. Alguien que lleva vivo mucho más de lo que debería.
—¿Un original?
—O un Elemens. O un mago. Todas las razas longevas tienen individuos que han vivido siglos. Pero hay otra posibilidad. Una que no me gusta nada.
—¿Cuál?
—Un híbrido —dijo Maelt en voz baja—. Alguien nacido de la unión de dos razas, prohibido por el Edicto de Separación, pero que existe a pesar de todo. Los híbridos heredan la longevidad de sus progenitores no humanos. Un híbrido de elfo y humano, por ejemplo, podría vivir quinientos años o más. Tiempo suficiente para planear una conspiración que dure un siglo.
Kael sintió un escalofrío. La idea de que su enemigo pudiera ser alguien que llevaba un siglo moviendo los hilos sin que nadie lo detectara era aterradora.
—Si ese híbrido existe —dijo—, ¿dónde está ahora?
—Esa es la pregunta, ¿verdad? —Maelt se reclinó en su sillón—. Quizás en el castillo. Quizás en el Senado. Quizás entre nosotros, observándonos sin que lo sepamos.
Un silencio incómodo se instaló en la sala.
Tres días después de la muerte del anciano original, el rey Kaziu despertó.
Había pasado casi una semana sumido en un estado de semiinconsciencia, alimentado por caldos y pociones que los sanadores le administraban a través de una cánula. Los médicos habían llegado a temer lo peor, y ya se preparaban los funerales de estado cuando, una mañana, el monarca abrió los ojos y pidió agua.
La noticia corrió por el castillo como un reguero de pólvora. Los partidarios del rey lo celebraron como un milagro; sus detractores, como una catástrofe. La princesa Francesca, que había pasado aquellos días intentando acceder a los aposentos reales sin éxito, recibió la noticia con una expresión que nadie supo interpretar.
—Quiero ver a mi hermano —exigió a los guardias que custodiaban la puerta.
—Lo sentimos, alteza. El senador Rosmar ha dado órdenes de que sólo pueden entrar los médicos y las personas autorizadas por el Consejo de los Cinco.
—¡El Consejo de los Cinco no tiene autoridad sobre la familia real!
—En circunstancias normales, no. Pero el rey está incapacitado, y el Consejo ha asumido temporalmente sus funciones. Son las leyes de Draxcan, alteza. Nosotros sólo las cumplimos.
Francesca apretó los puños. Aquellas leyes habían sido redactadas siglos atrás para evitar golpes de estado, y ahora se volvían contra ella como un arma que ella misma había intentado utilizar.
—Esto no quedará así —murmuró, dándose la vuelta—. No quedará así.
Pero en el interior de los aposentos reales, el rey Kaziu no estaba pensando en su hermana. Estaba pensando en un muchacho de túnica raída que, según le habían contado sus guardias de confianza, se había presentado ante el Senado para reclamar un trono que no sabía que le pertenecía.