El sol de la mañana se alzaba sobre Draxcan como un ojo dorado que juzgaba desde el cielo, bañando las torres del Castillo Dracking con una luz que parecía bendecir solo a unos pocos. Desde las almenas más altas hasta los cimientos más profundos, la fortaleza se alzaba como el corazón palpitante de un imperio que había devorado siglos sin piedad. Sus muros de piedra gris, manchados por la lluvia y el tiempo, contenían más secretos que libros en la biblioteca real, y más sangre que todos los campos de batalla del continente juntos.
Tilio apretó el cubo de agua contra su pecho y sintió la madera húmeda manchar su túnica gris. Sus dedos, entumecidos por el frío del amanecer, se aferraban al asa de metal oxidado mientras subía las escaleras de caracol que llevaban a los aposentos del ala este. Cada escalón era una pequeña victoria y una derrota al mismo tiempo. Una victoria porque avanzaba, una derrota porque sabía que al final del día habría otros veinte cubos más, y al día siguiente otros veinte, y al siguiente otros veinte, hasta que sus manos se cubrieran de callos y su espalda se curvara como un viejo sauce. Ese era el destino de los humanos en el Castillo Dracking. Servir hasta que el cuerpo dijera basta, y luego servir un poco más.
Había cumplido diecinueve años el invierno pasado. Diecinueve años de vida en el Distrito Humano, diecinueve años de aprender que su lugar estaba al fondo de todo, diecinueve años de escuchar que los humanos eran inferiores y que debían agradecer a los elemens por permitirles existir en su ciudad. Su padre había sido sirviente en el castillo antes que él, y su abuelo también, y el abuelo de su abuelo. La memoria de su familia se perdía en el tiempo como un río que se seca, pero una cosa permanecía constante: todos habían servido. Todos habían cargado cubos y limpiado pisos y bajado la mirada ante los poderosos. Tilio era solo el eslabón más reciente de una cadena de sumisión que se remontaba a la fundación misma de Draxcan.
—Más rápido, muchacho —gruñó un guardia desde el rellano superior, su armadura reluciente bajo la luz de las antorchas—. El senador no espera.
Tilio asintió sin levantar la vista y apretó el paso. Conocía esa voz. Era Varik, el guardia que siempre lo detenía en la escalera imperial. Varik tenía una habilidad especial para hacer que los humanos se sintieran como insectos bajo su bota. Tal vez por eso lo habían puesto en ese puesto, para recordar a todos los sirvientes que entraban y salían del castillo que ellos eran nada y los guardias lo eran todo.
—Sí, señor —dijo Tilio, y su voz salió más baja de lo que quería. Siempre le pasaba eso cuando hablaba con guardias. Su voz se encogía, como si intentara hacerse más pequeña para no molestar.
Varik se inclinó hacia él, lo suficiente para que Tilio pudiera oler el vino en su aliento. No era temprano para beber para un guardia de su rango.
—¿Sabes qué pasa con los humanos que no cumplen, muchacho?
Tilio negó con la cabeza. No necesitaba saberlo. Había visto a otros sirvientes desaparecer. El viejo Nael, que llevaba treinta años en la cocina, había sido trasladado al Distrito Humano después de que un senador se quejara de que su sopa estaba fría. La joven Mila, que trabajaba en las lavanderías, había sido enviada a las minas del sur por "insolencia" después de negarse a las atenciones de un guardia. Tilio sabía que la línea entre servir y desaparecer era más delgada que un cabello.
—Vete —dijo Varik, y Tilio no esperó a que lo repitiera.
El pasillo del ala este era más angosto que la escalera imperial, pero igualmente opulento. Alfombras de seda carmesí cubrían el suelo, tapices de la época de los fundadores colgaban de las paredes, y cada puerta que veía era de roble tallado con escenas de batallas legendarias. Tilio sabía que detrás de esas puertas había senadores, diplomáticos, generales y magos de los más poderosos de Draxcan. Hombres y mujeres que decidían el destino de millones mientras él cargaba agua.
Llegó a la puerta del senador Maelt y se detuvo. La puerta era enorme, fácilmente tres veces su altura, y tenía grabado el emblema de la familia Rosmar: un dragón de siete cabezas rodeado de llamas. Tilio había escuchado rumores sobre el senador Maelt. Decían que era uno de los elemens más antiguos del senado, que su poder era tan vasto que podía incendiar una ciudad entera con un pensamiento. Decían también que era implacable, que había enviado a su propia hija al ejército por desobedecerlo, que consideraba a los humanos como poco más que animales útiles. Su apellido, Rosmar, era uno de los más respetados entre los elemens de sangre pura. Se decía que su linaje descendía directamente de uno de los Once Fundadores, aunque nadie sabía con certeza cuál.
Tilio levantó la mano para tocar la puerta, pero un criado elfo apareció antes de que pudiera hacerlo. Era alto y delgado, con el cabello plateado recogido en una trenza impecable y una expresión que combinaba aburrimiento y desprecio en partes iguales. Su túnica era de seda gris, con el emblema de la casa Rosmar bordado en el pecho, y sus botas eran de cuero tan fino que probablemente costaban más de lo que Tilio ganaba en un año.
—Tilio —dijo el elfo, y su nombre sonó como una ofensa—. Llegas tarde.
—Lo siento, señor Jorik —murmuró Tilio, inclinando la cabeza—. El guardia del rellano me detuvo.
—Siempre hay excusas con los humanos —Jorik lo examinó con esos ojos color hielo que parecían atravesar la ropa y ver la mugre en su piel—. Deja el cubo en la mesa de la antecámara. Y no toques nada. No vaya a ser que tus dedos humanos dejen manchas.