Draxcan era una bestia de piedra y contradicciones. Se extendía desde el Castillo Dracking como los anillos de un árbol milenario, cada distrito más humilde que el anterior. Cinco círculos concéntricos, cinco niveles de existencia, cinco formas de ser y no ser en la capital del continente.
Desde las alturas del castillo, el ojo podía recorrer la ciudad y ver cómo la riqueza se desvanecía gradualmente, como un lienzo al que le hubieran robado los colores. Primero el mármol blanco, luego la piedra gris, después el ladrillo rojizo, finalmente la madera podrida y el barro. Un viaje de la gloria a la miseria en pocas millas.
Tilio caminaba ahora por el Distrito Original, el segundo círculo de la ciudad, donde las calles eran de adoquín y las casas tenían jardines pequeños pero cuidados. Allí vivían los descendientes de los Once Fundadores, aquellos que aún conservaban cierto linaje sin ser de sangre imperial. Elemens de segunda categoría, magos que no habían alcanzado la corte, elfos que habían perdido el favor de las casas nobles. Gente que aún tenía nombre, pero no poder.
El Distrito Original era donde Tilio había pasado los primeros años de su vida, en una pequeña casa de dos habitaciones que su padre había alquilado con el sudor de su frente. Recordaba las tardes de verano jugando en la plaza del mercado, corriendo entre los puestos de frutas y verduras, escuchando las risas de otros niños que, como él, eran humanos y sabían que su lugar estaba al final de todo. Recordaba también las miradas de los vecinos elemens, que lo observaban como si fuera un animal callejero que se había colado en su barrio.
—Tilio, hijo, no mires a los ojos de los elemens —le decía su madre cuando él era pequeño—. Si los miras, te van a castigar. Y yo no puedo protegerte de ellos.
—¿Por qué ellos mandan? —preguntaba él, con esa inocencia infantil que aún no entendía el peso del mundo.
—Porque así lo quisieron los dioses.
Su madre no era una mujer religiosa, pero esa respuesta era más fácil que explicar la verdad. La verdad era que los elemens habían llegado primero, que los elemens tenían dragones, que los elemens eran más fuertes, más rápidos, más inteligentes. Los humanos eran supervivientes de un mundo que ya no les pertenecía.
Tilio apretó el paso, sintiendo el peso de la gema en su bolsillo. No se atrevía a tocarla en público. No sabía qué era ni por qué la tenía, pero sabía que si alguien la veía, las preguntas serían inevitables. Y las respuestas... las respuestas él no las tenía.
El Distrito Humano era el cuarto círculo de Draxcan, y era donde Tilio vivía ahora. No era el peor lugar del mundo, pero se acercaba bastante. Las calles eran estrechas y sin pavimentar, llenas de barro cuando llovía y de polvo cuando hacía sol. Las casas se apretujaban unas contra otras como si temieran caerse, sus paredes de madera y barro apenas resistían el paso del tiempo. Las alcantarillas estaban atascadas la mayor parte del año, y el olor a basura y descomposición era tan constante que Tilio ya no lo notaba.
Pero el Distrito Humano tenía algo que los demás distritos no tenían: comunidad. Cuando eres humano en Draxcan, cuando todos te miran como si fueras menos, aprendes a apoyarte en los tuyos. Los vecinos compartían la comida en tiempos de escasez, cuidaban a los niños cuando los padres trabajaban, y se reunían en las plazas para contar historias que los elemens nunca escucharían. Historias de tiempos antiguos, cuando los humanos aún tenían reyes propios, cuando los dioses no habían decidido que unos eran más que otros.
Tilio llegó a su casa, una pequeña habitación en el segundo piso de un edificio que había visto días mejores. Subió las escaleras de madera que crujían bajo sus pies y abrió la puerta con la llave que colgaba de su cuello. Adentro, el espacio era apenas suficiente para una cama, una mesa y un baúl con sus pertenencias. Las paredes estaban desconchadas y el techo tenía una mancha de humedad que crecía cada invierno. Pero era suyo. El único lugar donde podía ser él mismo sin tener que bajar la mirada.
Cerró la puerta detrás de sí y respiró hondo. Por primera vez en todo el día, estaba a solas.
Se sentó en el borde de la cama y sacó la gema del bolsillo. La luz dorada seguía brillando en su interior, suave y constante, como un corazón diminuto que latía al ritmo del suyo. Tilio la sostuvo en la palma de su mano y la observó con atención.
La gema era perfecta. No tenía grietas ni imperfecciones, y su superficie era tan lisa que parecía hecha de agua sólida. En su centro, el destello dorado se movía lentamente, como una llama atrapada en hielo. Tilio sintió que su pulso se aceleraba al mirarla, como si la gema respondiera a su presencia.
—¿Qué eres? —susurró, más para sí mismo que para la piedra.
Y entonces, la gema respondió.
No con palabras, sino con una sensación. Una oleada de calor que recorrió su brazo y se extendió por todo su cuerpo, llenándolo de una energía que nunca había sentido antes. Era como si la gema estuviera hablando a través de su piel, a través de su sangre, a través de algo más profundo que él no entendía.
Tilio cerró los ojos y se dejó llevar. En la oscuridad de su mente, vio imágenes. Un dragón de escamas doradas, más grande que cualquier criatura que hubiera visto jamás. Una ciudad antigua, más hermosa que cualquier cosa en el Draxcan actual. Once figuras envueltas en luz, alzando sus manos hacia el cielo. Y luego, un rostro. El rostro del fundador que lo había mirado desde la pintura, pero ahora tenía ojos vivos, ojos que lo observaban con una mezcla de tristeza y esperanza.