The King of Kingdoms: El Susurro del Dragón

Capítulo III: El Senado de las Sombras

Los pasillos del Castillo Dracking eran laberintos de poder y secretos. Cada piedra había absorbido siglos de conspiraciones, cada rincón había sido testigo de alianzas forjadas y traiciones consumadas. Tilio lo sabía mejor que nadie. Había pasado suficiente tiempo en esas galerías para aprender a leer los silencios, a interpretar las miradas furtivas, a entender que en el castillo nada era lo que parecía.

El cubo de agua pesaba menos que el secreto que llevaba en el bolsillo. La gema seguía latiendo contra su muslo, un recordatorio constante de que algo había cambiado en el orden del mundo. Tilio caminaba con la cabeza gacha, como siempre, pero sus sentidos estaban más alerta que nunca. Podía oler el incienso que quemaban en la capilla de los fundadores, podía escuchar el murmullo de las conversaciones detrás de las puertas cerradas, podía sentir el peso de las miradas que se posaban en él y lo descartaban como irrelevante.

—Sirviente —llamó una voz desde la izquierda—. Ven aquí.

Tilio se detuvo y se giró lentamente. Un senador de cabello blanco y túnica púrpura lo miraba desde el umbral de una de las salas de reuniones. Era el senador Velnor, un elfo de las tierras del noroeste, conocido por su apoyo a las políticas expansionistas del reino. Su rostro era una máscara de arrugas profundas que contaban historias de siglos vividos, y sus ojos, de un verde pálido, brillaban con la astucia de quien ha sobrevivido a más políticos de los que puede recordar.

—Señor —dijo Tilio, inclinando la cabeza.

—El agua está fría —dijo Velnor, señalando el cubo—. Tráela al salón del Senado. Los senadores tienen sed después de tres horas de debate.

—Sí, señor.

Tilio siguió al senador por un pasillo que nunca había recorrido. La decoración cambiaba gradualmente, volviéndose más austera, más funcional. Las alfombras de seda daban paso a tapices de lana gruesa, y las lámparas de cristal eran reemplazadas por antorchas de hierro forjado. Finalmente, llegaron a una puerta de roble macizo, sin adornos, que se abría a una sala circular.

El Salón del Senado era una cámara imponente. Una mesa de piedra negra ocupaba el centro, rodeada por treinta y dos asientos de madera tallada, cada uno con el emblema de una casa noble o un distrito. En las paredes, frescos antiguos mostraban escenas de la fundación de Draxcan: los Once Fundadores alzando sus gemas hacia el cielo, los dragones descendiendo de las nubes, la primera piedra del castillo colocada en la tierra sagrada. Pero lo que más llamaba la atención era el techo. Una cúpula de cristal dejaba ver el cielo, y en su centro, una gema gigante de color dorado brillaba con una luz propia, iluminando la sala con un resplandor cálido y constante.

Tilio sintió que la gema en su bolsillo latía con más fuerza al entrar en la sala. Era como si estuviera respondiendo a la gema del techo, como si ambas estuvieran conectadas por un hilo invisible.

—Deja el cubo en la mesa —dijo Velnor, señalando un rincón—. Y espera. Si algún senador necesita agua, se la sirves.

—Sí, señor.

Tilio se colocó junto a la pared, tratando de hacerse invisible. Los senadores comenzaron a llegar poco a poco, llenando la sala con el rumor de sus conversaciones y el roce de sus túnicas. Eran hombres y mujeres de todas las razas: elemens con gemas brillantes en sus pechos, elfos de cabello plateado y ojos antiguos, magos con túnicas bordadas en runas, y algunos humanos—muy pocos, y todos de aspecto viejo y cansado—que ocupaban los asientos traseros, con las cabezas gachas y las manos entrelazadas.

El senador Maelt fue uno de los últimos en llegar. Tilio lo reconoció de inmediato por su presencia imponente, su túnica negra bordada en hilo de plata, y la gema en su pecho: una piedra de color rojo intenso que parecía latir al ritmo de su corazón. Maelt era alto y delgado, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y una barba bien recortada que apenas ocultaba la dureza de su mandíbula. Sus ojos eran de un color ámbar que parecía arder con una luz interna, y cuando se sentó en el asiento principal, la sala entera pareció inclinarse hacia él.

—Senadores —dijo Maelt, su voz resonando en la cámara—. Comencemos.

El debate duró horas. Tilio escuchó mientras los senadores discutían sobre impuestos, comercio, y las relaciones con los reinos vecinos. Hablaron de Dacmek y su reina joven, de Salamer y su avaricia, de Raikuz y su creciente poderío industrial. Pero lo que más captó la atención de Tilio fue la creciente tensión en la sala cuando se mencionó a la princesa Francesca.

—La princesa ha solicitado una audiencia con el Senado —dijo un senador de cabello rojizo, un mago de la casa Farel—. Dice que tiene propuestas para fortalecer la posición de Draxcan en el continente.

—La princesa siempre tiene propuestas —respondió Maelt, su tono seco—. Propuestas que su hermano, el rey, ha rechazado una y otra vez. ¿Por qué deberíamos escucharla ahora?

—Porque el rey está viejo —dijo otro senador, un elfo de la casa Thalor—. Está viejo y cansado, y quizás ha llegado el momento de considerar nuevas voces.

La sala se llenó de murmullos. Tilio sintió el peso de las palabras. Estaban hablando de sucesión. Estaban hablando de cambios.

—El rey Kaziu ha gobernado Draxcan durante cuarenta y siete años —dijo Maelt, su voz cortante como una hoja—. Ha traído estabilidad al reino. Ha mantenido la paz con los demás continentes. ¿Y ahora, porque está viejo, debemos descartarlo como a un trapo usado?




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