El sol del atardecer teñía de naranja y púrpura los tejados de Draxcan cuando Tilio salió del Castillo Dracking. La reunión del Senado había terminado en un caos de acusaciones y amenazas veladas, y los senadores se habían dispersado como cuervos asustados, cada uno llevando consigo sus propias ambiciones y miedos. Tilio había escapado del salón tan pronto como pudo, sintiendo que el peso de la gema en su bolsillo era una carga casi insoportable.
Pero no podía irse a casa. No todavía. Algo lo impulsaba a quedarse, a caminar por los jardines del castillo, a esperar algo que no sabía definir.
Los jardines imperiales eran uno de los pocos lugares en Draxcan donde todas las razas podían coexistir sin la tensión constante de los distritos. Allí, los árboles centenarios ofrecían sombra a los bancos de piedra, y las fuentes de agua cristalina cantaban melodías que parecían calmar los espíritus más turbulentos. Tilio había estado allí pocas veces, siempre como sirviente, nunca como visitante. Pero esa tarde, sentado en un banco de mármol bajo un roble gigante, sintió que por primera vez podía respirar sin el peso de la mirada de los demás.
—¿Tilio?
La voz era familiar. Tilio levantó la cabeza y vio a Seraphine de pie frente a él, todavía con su armadura de soldado, pero con el casco bajo el brazo. Su cabello oscuro estaba suelto ahora, cayendo sobre sus hombros como una cascada de seda, y sus ojos grises reflejaban la luz del atardecer con un brillo casi metálico.
—Seraphine —dijo Tilio, sorprendido—. ¿Qué haces aquí?
—Vivo aquí —respondió ella, sentándose a su lado sin pedir permiso—. Bueno, no exactamente aquí, pero en el castillo. Los soldados de alto rango tienen habitaciones en el ala oeste. Los de bajo rango, como yo, tenemos literas en el cuartel general.
—¿Y no tienes que entrenar?
—Ya entrené. Doce horas de combate, estrategia y resistencia. Estoy agotada, pero no puedo dormir. Así que salgo a caminar.
Tilio asintió, sin saber qué decir. Había algo en Seraphine que lo desconcertaba. No era su belleza, aunque era innegable que era hermosa. Era su presencia. La forma en que ocupaba el espacio sin disculparse, la forma en que sus ojos miraban el mundo sin bajar la cabeza.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Seraphine después de un momento de silencio.
—Claro.
—¿Por qué trabajas en el castillo? Los humanos tienen otros trabajos. Mercaderes, artesanos, agricultores. ¿Por qué elegiste servir?
Tilio se quedó en silencio, pensando en la respuesta. No era una pregunta fácil. No era algo que hubiera elegido, exactamente. Era algo que le había sido asignado, como la piel de su rostro o el color de sus ojos.
—Mi padre trabajaba aquí —dijo finalmente—. Y su padre antes que él. Y su abuelo antes que él. Supongo que nací para esto.
—¿Y qué hay de lo que tú quieres?
—¿Qué quiero?
Tilio la miró, confundido. Nadie le había preguntado nunca qué quería. Ni siquiera él mismo se lo había preguntado.
—Nunca lo he pensado —admitió—. Supongo que no hay mucho que pueda querer. Soy humano. En Draxcan, los humanos no queremos. Solo servimos.
Seraphine lo observó con una intensidad que lo hizo sentir incómodo.
—Mi padre dice lo mismo de mí —dijo ella—. Que solo sirvo. Que debería querer lo que él quiere. Pero no es así. Yo quiero cosas. Quiero ser general algún día. Quiero que mi nombre sea recordado en las crónicas de guerra. Quiero demostrar que los elemens no son solo seres de poder y sangre, sino también de voluntad.
—¿Y por qué me dices esto a mí? —preguntó Tilio—. Solo soy un sirviente. No puedo ayudarte a ser general.
—No necesito tu ayuda para ser general —respondió Seraphine con una sonrisa—. Necesito a alguien que me escuche. Alguien que no me juzgue. La mayoría de la gente en el castillo me mira como si fuera una rareza, un error de la naturaleza. Tú me miras como si fuera una persona.
Tilio sintió un calor en el pecho que no venía de la gema. Era algo diferente. Algo que no había sentido nunca.
—Eres una persona —dijo—. Eso es todo lo que veo.
Seraphine sonrió, y su sonrisa iluminó su rostro como un rayo de sol.
—Gracias, Tilio. Nadie me había dicho eso antes.
—¿Qué hay de tu familia? ¿No tienes hermanos?
—Tuve un hermano —dijo Seraphine, y su sonrisa se desvaneció—. Murió en la guerra contra los reinos del norte. Hace diez años. Mi padre nunca lo superó. Por eso me envió al ejército. Quiere que yo sea el soldado que él no pudo ser.
—¿Y tú quieres serlo?
—Quiero ser algo más que un soldado —respondió Seraphine, su voz firme—. Quiero ser una comandante. Quiero liderar ejércitos, no solo seguirlos. Pero en Draxcan, las mujeres elemens no son generales. Esa es una posición reservada para los hombres.
—Entonces tendrás que demostrar que mereces estar ahí.
—Eso es lo que pienso hacer.
El silencio se extendió entre ellos, pero no era incómodo. Era un silencio compartido, como si ambos estuvieran procesando lo que acababan de descubrir el uno del otro.