The King of Kingdoms: El Susurro del Dragón

Capítulo V: El Peso de un Nombre

La mañana siguiente amaneció gris y fría, con nubes bajas que amenazaban lluvia sobre Draxcan. Tilio despertó con una sensación extraña en el pecho, como si algo estuviera creciendo dentro de él, algo que no podía nombrar pero que sentía más real que la cama dura bajo su espalda. La gema descansaba sobre la mesa, justo al lado de su cama, brillando con una luz tenue que palpitaba al ritmo de su respiración.

Se levantó lentamente, estirando los brazos sobre la cabeza. Sus músculos estaban tensos, su espalda dolía por la cama incómoda, pero había una energía en su interior que no había tenido antes. Era como si la gema estuviera vertiendo algo en su sangre, algo que lo hacía sentir más vivo, más presente.

—Buenos días —murmuró, más para sí mismo que para la piedra.

La gema parpadeó una vez, como si respondiera a su saludo. Tilio sonrió, a pesar de lo absurdo que parecía. Hablar con una piedra. Eso era lo que su vida se había convertido.

Se vistió con su túnica gris de siempre y guardó la gema en su bolsillo interior, donde estaría segura y oculta. Salió de su habitación y bajó las escaleras del edificio, sintiendo el frío del amanecer morderle la piel. El Distrito Humano estaba despierto ya, como siempre. Las mujeres lavaban ropa en los patios, los hombres cargaban cajas y barriles hacia los puestos del mercado, los niños corrían descalzos entre los edificios. Era una vida dura, pero había una dignidad en ella que Tilio no podía negar.

—¡Tilio! ¡Tilio, espera!

Se giró y vio a Elara corriendo hacia él, su rostro surcado por la preocupación.

—¿Qué pasa, señora Elara? —preguntó Tilio.

—Un mensajero del castillo vino a buscarte —dijo ella, jadeando—. Dijo que el senador Maelt te quiere ver. De inmediato.

El corazón de Tilio dio un vuelco. El senador Maelt. ¿Por qué querría verlo? ¿Acaso sabía algo de la gema? ¿Alguien lo había visto tomarla? Su mente se llenó de escenarios catastróficos: su arresto, su ejecución, su desaparición como tantos otros sirvientes que habían cruzado a los poderosos.

—¿Dijo para qué? —preguntó Tilio, tratando de mantener la calma.

—No —respondió Elara, negando con la cabeza—. Solo dijo que tenías que ir. Y rápido.

Tilio asintió y echó a correr hacia el castillo. Las calles del Distrito Humano pasaron a su alrededor como un borrón de colores y olores, pero él apenas los notaba. Su mente estaba en el senador Maelt, en la gema, en las posibles consecuencias de lo que había hecho.

Llegó al Castillo Dracking en menos de diez minutos, sin aliento y con el corazón latiendo con fuerza. Los guardias lo dejaron pasar sin problemas, reconociéndolo como el sirviente de la cocina. Tilio subió las escaleras imperiales sin detenerse, atravesó los pasillos del ala este y se detuvo frente a la puerta del senador Maelt.

La puerta de roble con el emblema de la familia Rosmar lo miraba como un rostro severo. Tilio levantó la mano para tocar, pero antes de que pudiera hacerlo, la puerta se abrió.

Jorik, el mayordomo elfo, lo miró con sus ojos fríos.

—El senador te espera —dijo, apartándose para dejarlo pasar.

Tilio entró en la antecámara y luego en el estudio del senador. La habitación era amplia y lujosa, con estanterías llenas de libros antiguos, un escritorio de roble pulido y ventanas que daban al jardín imperial. El senador Maelt estaba sentado detrás del escritorio, con las manos entrelazadas sobre la superficie y una expresión que era difícil de leer.

—Cierra la puerta —dijo Maelt, sin levantar la vista.

Tilio obedeció, sintiendo el peso de la gema en su bolsillo como una carga de plomo.

—Siéntate —dijo Maelt, señalando una silla frente al escritorio.

Tilio se sentó, con las manos apoyadas en las rodillas para evitar que temblaran. Maelt lo observó en silencio durante un largo momento, sus ojos color ámbar recorriendo su rostro como si buscara algo específico.

—¿Sabes por qué te he llamado? —preguntó finalmente.

—No, señor —respondió Tilio, su voz baja.

—Ayer, en el Salón del Senado, te vi. Estabas al fondo, junto a la pared. Vi cómo mirabas a los senadores, cómo escuchabas sus discusiones. La mayoría de los sirvientes no prestan atención a esas cosas. Pero tú sí.

Tilio sintió que el sudor comenzaba a formarse en su frente.

—Señor, yo solo estaba cumpliendo con mi trabajo. No quería molestar.

—No has molestado —dijo Maelt, y en su voz no había ira, solo curiosidad—. Es más, te he observado durante semanas. Eres diferente a los otros humanos. Hay algo en tu mirada. Algo que no encaja con tu posición.

—No entiendo, señor.

—No espero que entiendas —respondió Maelt, inclinándose hacia adelante—. Pero necesito que me digas algo. ¿Has visto a la princesa Francesca en los últimos días?

Tilio parpadeó, confundido. ¿Eso era todo? ¿El senador quería saber sobre la princesa?

—La vi ayer —dijo Tilio—. En el Salón del Senado. Y también la he visto en los pasillos del castillo, pero nunca he hablado con ella.

—¿Nunca?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.