The King of Kingdoms: El Susurro del Dragón

Capítulo VI: El Susurro se Vuelve Voz

La noche cayó sobre Draxcan como un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas, y Tilio caminaba de vuelta a su casa en el Distrito Humano con el corazón lleno de preguntas y el cuerpo tenso por la tensión del día. Las calles del distrito estaban más tranquilas a esa hora, iluminadas solo por las antorchas que colgaban de las esquinas y la luz pálida de la luna que se filtraba entre las nubes. Algunos vecinos aún estaban despiertos, sentados en las puertas de sus casas, compartiendo historias y risas que se perdían en la noche. Tilio los saludó con un gesto mientras pasaba, pero no se detuvo a conversar. Tenía demasiado en la mente.

El encuentro con el senador Maelt había sido inquietante, pero no tanto como la sensación de que algo estaba cambiando dentro de él. Algo que no podía controlar ni entender. La gema en su bolsillo latía con un ritmo constante, como un segundo corazón que bombeaba algo más que sangre. Tilio sentía que cada latido lo conectaba con algo más grande, algo antiguo, algo que había estado esperando siglos para ser despertado. Era como si una parte de él que siempre había estado dormida finalmente estuviera abriendo los ojos.

Cuando llegó a su edificio, subió las escaleras de madera que crujían bajo sus pies y abrió la puerta de su habitación. El espacio era pequeño y modesto, apenas lo suficiente para una cama, una mesa, un baúl y una ventana que daba a un callejón oscuro. Pero era suyo. El único lugar en todo Draxcan donde podía bajar la guardia y ser él mismo.

Cerró la puerta detrás de sí y se quedó apoyado contra ella, respirando profundamente. La gema en su bolsillo seguía latiendo, y Tilio sintió que el calor que desprendía se extendía por su pecho como una manta reconfortante. Se llevó la mano al bolsillo y sacó la piedra, sosteniéndola en la palma de su mano abierta. La luz dorada brillaba con intensidad, iluminando toda la habitación con un resplandor cálido y reconfortante que contrastaba con la oscuridad de la noche exterior.

Se sentó en el borde de la cama, con la gema en una mano y la otra apoyada en la rodilla. La observó durante un largo momento, sintiendo cómo el calor se extendía por sus dedos y subía por su muñeca, como si la piedra estuviera fundiéndose con su propia carne. En el centro de la gema, el destello dorado se movía lentamente, como una llama atrapada en hielo, y Tilio sintió que sus propios ojos se fijaban en ese movimiento hipnótico.

—¿Qué eres? —susurró Tilio, mirando la piedra—. ¿De dónde vienes? ¿Por qué me elegiste a mí?

La gema no respondió con palabras, pero Tilio sintió una oleada de calor que recorrió su brazo y se extendió por todo su cuerpo, como una corriente de agua caliente que fluía por sus venas. Cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación, sintiendo cómo la energía de la gema se mezclaba con la suya propia. En la oscuridad de su mente, las imágenes regresaron, más vívidas y detalladas que nunca.

Vio un dragón de escamas doradas, tan grande que su sombra cubría montañas enteras y su aliento creaba nubes de fuego que iluminaban el cielo. Sus ojos eran como dos soles, brillando con una sabiduría que trascendía el tiempo, y sus alas se extendían como velas de un barco gigante, cortando los vientos con una gracia sobrenatural. El dragón volaba sobre un paisaje de bosques eternos y ríos de plata, y en su lomo, un guerrero con armadura dorada alzaba una espada hacia el cielo, su cabello plateado ondeando como una bandera de guerra. El guerrero no era humano, ni elfo, ni mago. Era algo más. Algo antiguo. Un elemens de los primeros días, cuando los dioses aún caminaban entre los mortales.

—Tilio —dijo la voz, y ahora era más clara que nunca, tan cercana que parecía estar susurrando directamente en su oído—. Escúchame.

—Te escucho —respondió Tilio en voz alta, sus ojos aún cerrados, su cuerpo tenso por la intensidad de la visión—. ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?

—Soy el Último de los Once.

Tilio abrió los ojos de golpe, y la habitación pareció girar a su alrededor. El Último de los Once. Eso era imposible. Los Once Fundadores habían muerto hacía siglos, hacía milenios. Habían sido los creadores de Draxcan, los elegidos por los dioses para unificar el continente y traer orden al caos. Sus nombres estaban grabados en cada piedra del Castillo Dracking, en cada libro de historia, en cada oración que los sacerdotes recitaban en los templos. No podía ser. No podía estar hablando con uno de ellos.

—No entiendo —dijo Tilio, su voz temblorosa mientras apretaba la gema contra su pecho—. ¿Cómo puedes estar aquí? Los fundadores están muertos. Murieron hace milenios. Son leyendas, no personas reales.

—Estoy en la gema —respondió la voz, y ahora había un tono de paciencia en sus palabras, como si estuviera explicando algo a un niño—. Mi esencia, mi memoria, mi poder. Todo lo que fui está aquí, esperando a quien pudiera portarlo. Los cuerpos mueren, Tilio, pero el espíritu perdura si tiene donde anclarse.

—¿Y por qué yo? —preguntó Tilio, sintiendo que el piso se movía bajo sus pies—. Soy humano. No soy elemens. No tengo sangre de fundadores. No tengo nada especial.

—Tienes más de lo que crees.

Tilio sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Qué quería decir la voz? ¿Acaso tenía sangre de fundadores? Eso era imposible. Su familia había sido de sirvientes durante generaciones. Su padre había cargado cubos en el castillo, su abuelo había limpiado los establos, su bisabuelo había sido jardinero. No había nada especial en ellos. No había nobleza, ni poder, ni magia. Solo trabajo duro y sumisión.




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