El salón privado de la princesa Francesca estaba en el ala norte del Castillo Dracking, una sección que Tilio conocía solo de oídas. Los rumores decían que era el lugar más lujoso de todo el castillo, incluso más que los aposentos del rey, y que la princesa había decorado cada rincón con objetos traídos de todos los rincones del continente. Tilio había escuchado historias de alfombras de seda de Laxkay, tapices de Dacmek, estatuas de Pitra y joyas de Salamer, pero nunca había tenido la oportunidad de verlo con sus propios ojos.
Hasta ahora.
Caminó por los pasillos del ala norte con los cubos de agua en las manos, sintiendo que cada paso lo llevaba más cerca de algo que no podía explicar. La gema en su bolsillo latía con un ritmo acelerado, como si estuviera anticipando lo que estaba por venir. Tilio trató de calmarla con un toque suave a través de la tela, pero no funcionó. La piedra seguía vibrando, llena de una energía que no podía controlar.
El pasillo del ala norte era diferente al resto del castillo. Las paredes estaban cubiertas de paneles de madera oscura tallados con escenas de caza y batallas, y las antorchas estaban montadas en soportes de plata en lugar de hierro. El suelo era de mármol negro pulido, tan brillante que Tilio podía ver su reflejo mientras caminaba. En cada nicho, había una estatua de mármol blanco que representaba a algún héroe legendario o algún ancestro de la familia real. Tilio reconoció a algunos de ellos: el rey Kaziu en su juventud, la reina madre, y varios senadores que habían servido a la corona a lo largo de los siglos.
Pero lo que más llamó su atención fue una estatua en particular. Estaba al final del pasillo, justo antes de la puerta del salón de la princesa, y representaba a un guerrero con una armadura dorada y una espada alzada hacia el cielo. Su rostro era severo y majestuoso, con rasgos que parecían pertenecer a una época más antigua, y sus ojos de ónix brillaban con una luz propia. Tilio se detuvo frente a la estatua, sintiendo que algo en ella le resultaba familiar.
—Ese es tu antepasado —susurró la voz en su mente.
Tilio dio un salto hacia atrás, casi soltando los cubos.
—¿Qué? —susurró en voz baja, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie lo había oído—. ¿Qué quieres decir?
—Ese guerrero es uno de los Once. Y tú desciendes de él.
Tilio sintió que el corazón se le detenía. ¿Descender de uno de los Once? Eso era imposible. Su familia no tenía nada que ver con los fundadores. Eran sirvientes, humanos, nadie.
—No puede ser —susurró Tilio, negando con la cabeza—. Mi familia ha sido sirviente durante generaciones. No hay nobleza en nuestra sangre.
—La nobleza no es cuestión de sangre, Tilio. Es cuestión de elección. Y tu antepasado eligió ocultar su identidad para proteger a su familia. Para que no fueran perseguidos.
—¿Perseguidos? ¿Por quién?
—Por los otros fundadores. No todos estaban de acuerdo con el camino que tomó él. Y cuando la guerra estalló entre los reinos, él decidió desaparecer. Borrar su nombre de la historia. Para que su linaje pudiera sobrevivir.
Tilio sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿Su linaje? ¿Él era parte de un linaje que se remontaba a los fundadores? Eso explicaba muchas cosas. La gema que lo había elegido. La voz que lo llamaba. La conexión que sentía con el castillo y con los dragones.
—¿Y por qué ahora? —preguntó Tilio—. ¿Por qué la gema apareció ahora, después de tantos siglos?
—Porque el momento ha llegado. La princesa Francesca está a punto de desencadenar algo que podría destruir todo lo que los fundadores construyeron. Necesitas estar listo.
—¿Listo para qué?
Pero la voz no respondió. La gema dejó de latir y se quedó en silencio, como si hubiera dicho todo lo que tenía que decir.
Tilio se quedó allí, frente a la estatua, sintiendo el peso de las palabras en su mente. Era demasiado. Demasiado para procesar en un solo día. Pero no tenía tiempo para procesarlo. Tenía que seguir adelante.
Tomó los cubos y se dirigió a la puerta del salón de la princesa. La puerta era de roble tallado, con el emblema de la familia real grabado en el centro: un dragón de siete cabezas rodeado de llamas, el mismo que había visto en la puerta del senador Maelt. Tilio levantó la mano para tocar, pero antes de que pudiera hacerlo, la puerta se abrió desde dentro.
La princesa Francesca estaba de pie frente a él, con una túnica de seda roja que arrastraba por el suelo y una expresión de impaciencia en el rostro. Su cabello rubio estaba suelto, cayendo sobre sus hombros como una cascada de oro líquido, y sus ojos azules brillaban con una intensidad que hizo que Tilio sintiera que estaba siendo examinado hasta el hueso.
—Tú —dijo ella, su voz cortante—. Eres el sirviente de la cocina, ¿verdad? El que vi en el Senado.
—Sí, princesa —respondió Tilio, inclinando la cabeza—. He venido a limpiar su salón.
—Pasa, entonces —dijo ella, apartándose para dejarle paso—. Y deja los cubos en la esquina. No quiero que manches la alfombra.
Tilio entró en el salón y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La habitación era incluso más lujosa de lo que había imaginado. Las paredes estaban cubiertas de tapices de seda que representaban paisajes de todos los reinos del continente, y el suelo estaba cubierto por una alfombra de lana tan gruesa que sus pies se hundían en ella. En el centro, una mesa de mármol sostenía una jarra de plata y una bandeja de frutas exóticas, y junto a la ventana, un escritorio de roble pulido estaba cubierto de pergaminos y mapas.