The King of Kingdoms: El Susurro del Dragón

Capítulo VIII: El Rey y el Silencio

Los días siguientes transcurrieron en una niebla de confusión y revelaciones para Tilio. Cada mañana, se despertaba con la gema latiendo contra su pecho, cada noche se dormía con preguntas que no tenían respuesta. La voz del Último de los Once se había vuelto más callada, como si estuviera esperando el momento adecuado para hablar de nuevo, pero la presencia de la gema en su bolsillo era un recordatorio constante de que su vida ya no era la misma.

Había visto a la princesa Francesca varias veces en los pasillos del castillo, siempre rodeada de senadores y consejeros, siempre con esa sonrisa fría que prometía cambios. También había visto a Seraphine, entrenando en los patios del cuartel, su espada brillando bajo el sol mientras practicaba movimientos que Tilio apenas podía seguir. Cada vez que sus miradas se cruzaban, ella le sonreía, y esa sonrisa era un rayo de luz en medio de la oscuridad que se cernía sobre él.

Pero había algo que lo inquietaba más que todo lo demás. La ausencia del rey.

El rey Kaziu no aparecía en público desde hacía semanas. Los rumores en el castillo decían que estaba enfermo, que su edad avanzada lo había vuelto frágil, que apenas podía levantarse de la cama. Otros rumores, más oscuros, decían que la princesa Francesca lo mantenía aislado, que lo había encerrado en sus aposentos para poder gobernar en su nombre. Tilio no sabía qué creer, pero sabía que algo no estaba bien.

Fue una tarde lluviosa cuando recibió la orden de llevar agua a los aposentos del rey. El mensaje llegó a través de un criado de la cocina, un elfo joven que apenas levantaba la mirada del suelo mientras hablaba.

—El rey ha pedido agua caliente —dijo el criado—. Y ha pedido que sea el sirviente Tilio quien la lleve.

Tilio sintió que la gema en su bolsillo latía con fuerza. El rey Kaziu. Había estado en el castillo durante años y nunca había visto al rey en persona. Los reyes no se mezclaban con los sirvientes. Pero el rey lo había pedido a él, específicamente a él. ¿Por qué?

—Iré ahora mismo —dijo Tilio, tomando los cubos de agua caliente que Marga había preparado.

Los aposentos del rey estaban en el ala este del castillo, en la torre más alta, donde las ventanas ofrecían una vista de todo Draxcan. Tilio subió las escaleras de caracol con los cubos en las manos, sintiendo que cada paso lo acercaba a algo que no podía explicar. La gema latía con un ritmo acelerado, como si estuviera emocionada, como si supiera que algo importante estaba a punto de suceder.

Cuando llegó a la puerta de los aposentos, dos guardias flanqueaban la entrada. Sus armaduras eran más elaboradas que las de los guardias comunes, con incrustaciones de oro y el emblema del dragón grabado en el pecho.

—Alto —dijo uno de ellos—. ¿Quién eres?

—Soy Tilio —respondió el joven, inclinando la cabeza—. El rey ha pedido agua caliente.

El guardia lo observó con desconfianza, pero después de un momento se apartó y abrió la puerta.

—Pasa —dijo—. Pero no toques nada. Y no mires al rey a los ojos.

Tilio asintió y entró en los aposentos. La habitación era grande y espaciosa, decorada con muebles de roble tallado y tapices de seda que mostraban escenas de la historia de Draxcan. Pero había algo que no encajaba. Las cortinas estaban cerradas, bloqueando la luz del exterior, y el aire era denso y cargado, como si llevara días sin renovarse.

En el centro de la habitación, una cama enorme de dosel ocupaba el espacio principal. Allí, recostado contra las almohadas, estaba el rey Kaziu.

Tilio sintió que el corazón se le aceleraba al verlo. El rey era un hombre mayor, con el cabello blanco y la piel arrugada por los años. Sus ojos, que en las pinturas oficiales brillaban con la luz de un mago poderoso, ahora estaban apagados, cansados, como si hubieran visto demasiado. Llevaba una túnica de seda azul, y sobre su pecho colgaba una gema de color dorado, similar a la que Tilio llevaba en el bolsillo.

—Acércate, muchacho —dijo el rey, y su voz era débil, como un susurro—. No tengas miedo.

Tilio obedeció, acercándose a la cama con pasos lentos. Dejó los cubos en el suelo y se arrodilló, inclinando la cabeza.

—Majestad —dijo Tilio—. He traído el agua que pidió.

—Levántate —dijo el rey—. Quiero verte.

Tilio levantó la cabeza y miró al rey a los ojos. Por un momento, sintió que esos ojos cansados lo examinaban, buscando algo que él mismo no sabía que tenía.

—Eres tú —dijo el rey, y en su voz había un tono de asombro—. Eres el que ha despertado la gema.

Tilio sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—Majestad, no sé de qué habla —dijo Tilio, tratando de mantener la calma—. Yo solo soy un sirviente.

—No eres solo un sirviente —dijo el rey, y su voz se volvió más firme—. Eres mucho más. Lo sé. Lo he sentido. Desde que la gema despertó, he sentido su presencia en el castillo. Y he sabido que era tú.

Tilio abrió la boca para negarlo, pero las palabras no salieron. El rey lo miraba con una expresión que no era de acusación, sino de esperanza.

—No temas, muchacho —dijo el rey—. No voy a castigarte. Al contrario. Te he llamado porque necesito tu ayuda.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.