La mañana en que Kael Kraxter despertó siendo rey, el sol se alzó sobre Draxcan como un ojo dorado que lo observaba todo sin juzgar nada. Las campanas del Templo de los Originales repicaron al alba, y su tañido se extendió por los cinco distritos como una onda en el agua, anunciando lo que todos sabían pero pocos creían: el Muchacho Fantasma, el sirviente que servía desayunos en las cocinas del castillo, ocupaba ahora el trono de los Once Originales.
Beren entró en los aposentos reales con una bandeja de plata y una expresión de orgullo contenido. Había servido a tres generaciones de nobles, pero nunca a un rey. Y aquel rey, además, le caía bien.
—Buenos días, majestad.
Kael se incorporó en la cama, aún aturdido por el sueño. Le costó unos segundos recordar dónde estaba. No en la calle de los Toneleros, con sus paredes desconchadas y su chimenea humeante. No en los aposentos del Ala Noble, con sus tapices prestados y su cama demasiado grande. Estaba en los aposentos reales, la cámara donde habían dormido todos los monarcas de Draxcan desde Aldric Kraxter, su tatarabuelo. Las cortinas de terciopelo carmesí, el dosel de madera tallada, los candelabros de oro. Todo era suyo. Y la responsabilidad que conllevaba le cayó sobre los hombros como una losa de plomo.
—Beren, ¿cuántas veces tengo que pedirte que no me llames majestad?
—Al menos una más, majestad. —El ayuda de cámara depositó la bandeja sobre la mesa—. Tenéis una reunión del Consejo de los Cinco en dos horas, una audiencia con los embajadores de Vortham al mediodía, y la princesa Francesca ha solicitado veros.
—¿Francesca? —Kael se tensó—. ¿Sigue en el castillo?
—Nunca se fue, majestad. Tras la muerte del rey Kaziu, se retiró a sus aposentos y no ha salido de ellos. Pero esta mañana ha enviado un mensaje. Dice que quiere presentar sus respetos al nuevo rey.
—Sus respetos. —Kael soltó una risa amarga—. Lo que quiere es medir mis debilidades.
—Es probable, majestad. Pero negarse a recibirla sería un desaire público. Y en estos momentos, no necesitáis más enemigos.
—Lo sé. Dile que la recibiré esta tarde. Pero antes... necesito ver a Lyssara.
Lyssara Rosmar estaba en el patio de entrenamiento, como cada mañana desde que tenía uso de razón. Pero esta vez no practicaba con soldados rasos ni con reclutas. Esta vez dirigía a un batallón completo: cien hombres y mujeres que se movían al unísono bajo sus órdenes, formando muros de escudos, ejecutando maniobras de flanqueo, respondiendo a sus gritos con una precisión que habría enorgullecido al mismísimo sargento Daven. El ascenso a capitana había llegado con la muerte del rey y la reestructuración de la guardia real, pero Lyssara se lo había ganado mucho antes, en las catacumbas, en el desfiladero, en la fundición de Vortham.
—¡Más rápido, recluta! —gritó a un muchacho que se retrasaba en la formación—. ¡El enemigo no va a esperar a que te ates las botas!
—Capitana —dijo Gerik, acercándose a ella—. El rey está aquí.
Lyssara se giró. Kael la observaba desde el borde del patio, con una sonrisa cansada. Vestía la túnica real —negra con bordados dorados, el emblema de la serpiente alada sobre el pecho—, pero sus ojos seguían siendo los del sirviente que servía desayunos y escuchaba conversaciones ajenas.
—Majestad —saludó ella, cuadrándose.
—Capitana Rosmar. Veo que te has adaptado bien al ascenso.
—El ascenso no cambia nada. Sólo tengo más gente a la que gritar.
—Me alegro. Porque necesito hablar contigo. En privado.
Se apartaron a un rincón del patio, lejos de los oídos de los soldados. Kael bajó la voz.
—Anoche tuve otro sueño.
—¿El mismo?
—Sí. El fuego, la reina de cabellos plateados, la espada rota. Pero esta vez había algo más. Una voz. Una voz que me llamaba por un nombre que no es el mío.
—¿Qué nombre?
—Eryndor.
Lyssara frunció el ceño. Aquel nombre le resultaba familiar. Lo había visto en algún sitio. En los archivos del Primer Linaje, quizás. O en el diario de Maelt.
—Eryndor —repitió—. ¿Como el anciano original que murió?
—No lo sé. Pero creo que tiene algo que ver con mi familia. Con los Kraxter. Con algo que ocurrió hace mucho tiempo.
—¿Se lo has contado a alguien más?
—No. Sólo a ti.
—Bien. No lo cuentes. Los sueños proféticos son peligrosos. Si la princesa se entera de que tienes visiones, podría usarlo en tu contra. Diría que estás maldito. O loco.
—¿Tú qué crees? ¿Crees que estoy loco?
Lyssara lo miró fijamente.
—Creo que eres el hombre más sensato que he conocido. Y eso es lo que me da miedo.
—¿Por qué?
—Porque los hombres sensatos no sobreviven en el trono. El trono exige locura. O al menos, una cierta disposición a hacer lo que haga falta.
—Yo no quiero hacer lo que haga falta. Quiero hacer lo correcto.
—A veces, lo correcto y lo necesario son la misma cosa. Otras veces... —Lyssara dejó la frase en el aire—. En fin. ¿Has pensado en mi oferta?
—¿La de tomarnos un descanso?
—La de reforzar tu guardia personal. Eres el rey, Kael. No puedes pasearte por el castillo sin escolta.
—Lo sé. Pero no quiero vivir en una jaula de oro.
—No es una jaula. Es un escudo. Y mientras Francesca esté viva, lo necesitas.
Kael asintió. Sabía que Lyssara tenía razón. Pero cada vez que aceptaba una medida de seguridad, sentía que se alejaba un poco más de la persona que había sido.
—Está bien. Refuerza la guardia. Pero quiero que tú la dirijas. Sólo confío en ti.
—Lo haré. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que cuando esto termine, me debes una cerveza. De las buenas.
—Trato hecho.
La reunión del Consejo de los Cinco fue tensa. Maelt Rosmar, Illyana Cerevan, Vexim Thal y un nuevo representante de los originales —un anciano llamado Theron, que había salido de su retiro para ocupar el puesto vacante— se sentaron alrededor de la mesa de obsidiana, acompañados por Aren Elmer y Kaedor Lasmec como asesores. El único asiento vacío era el de Garrick Holm, que había sido suspendido de sus funciones y se encontraba bajo arresto domiciliario mientras se investigaba su participación en la conspiración.