The King of Kingdoms: La Corona de Sangre

Capítulo II: El Sueño de los Antiguos

La segunda noche de su reinado, Kael Kraxter soñó con fuego.

No era el fuego de las explosiones que habían sacudido el castillo, ni el de las antorchas que iluminaban los pasillos. Era un fuego antiguo, primordial, que ardía en el centro de un bosque de árboles petrificados. Las llamas eran de un color azul pálido, casi blanco, y no desprendían calor. Al contrario: a medida que Kael se acercaba, sentía un frío intenso que le calaba los huesos, como si el fuego consumiera el calor en lugar de generarlo.

En el centro del fuego había una figura. Una mujer de cabellos plateados, vestida con una túnica blanca que ondeaba a pesar de que no soplaba viento. Su rostro era hermoso, pero sus ojos —del mismo azul pálido que las llamas— estaban llenos de una tristeza infinita. Extendió una mano hacia Kael y habló con una voz que resonaba como el tañido de una campana lejana.

—Eryndor. Has vuelto.

—No soy Eryndor —respondió Kael, aunque su voz sonaba extraña, como si no le perteneciera del todo—. Soy Kael. Kael Kraxter.

—Eres ambos. Eres el heredero de su sangre y de su promesa. El ciclo se repite. La Corona de Sangre te espera.

—¿Qué es la Corona de Sangre?

—Es el precio del poder. El que se sienta en el trono de los Once debe estar dispuesto a sacrificarlo todo. Como lo hizo Eryndor. Como lo harás tú.

La mujer empezó a desvanecerse, consumida por las llamas azules. Kael quiso correr hacia ella, retenerla, pero sus pies estaban clavados al suelo como raíces.

—¡Espera! —gritó—. ¿Quién eres? ¿Qué tengo que hacer?

—Busca en el pasado, Eryndor. Busca donde los libros arden. Allí encontrarás la verdad. Allí encontrarás... la llave.

Las llamas se apagaron de golpe, y Kael despertó en su cama, empapado en sudor y con el corazón latiéndole desbocado. La luna entraba por la ventana, y el castillo estaba en silencio. Todo parecía normal. Pero en su mente, las palabras de la mujer seguían resonando como un eco obstinado.

Busca donde los libros arden.

Aquellas palabras le resultaban familiares. Thamior, el viejo bibliotecario, le había dicho algo parecido antes de morir: "La llave está donde arden los libros." Y él había encontrado la llave del cofre en el horno de los archivos. Pero aquello ya estaba resuelto. Las cartas de los conspiradores habían sido recuperadas, Feron había muerto. ¿Qué más podía haber?

A menos que Thamior no se refiriera a aquella llave. A menos que hubiera otra. Un segundo secreto, más antiguo, más profundo.

Kael se levantó y se vistió sin molestarse en llamar a Beren. Necesitaba respuestas, y sabía quién podía dárselas.

El nuevo representante de los originales en el Consejo de los Cinco se llamaba Theron, y era el hombre más anciano que Kael había visto jamás. Su piel parecía corteza de árbol centenario, surcada de arrugas tan profundas que podrían haber contenido ríos en miniatura. Sus ojos, de un gris azulado casi transparente, miraban el mundo con la serenidad de quien ha visto pasar demasiadas generaciones. Vivía en una celda austera del Templo de los Originales, rodeado de libros que olían a polvo y a siglos, y recibió a Kael con una inclinación de cabeza que era más una cortesía que una reverencia.

—Majestad. Os preguntáis por qué vuestros sueños os llaman Eryndor.

—¿Cómo sabéis...?

—Porque yo también los he tenido. Todos los descendientes de los Once Originales los tienen, tarde o temprano. Son el legado de la sangre. El recuerdo de un tiempo anterior a la fundación de Draxcan, cuando los antiguos pactaron con los dioses y recibieron el don del poder.

—¿Eryndor fue uno de esos antiguos?

Theron guardó silencio unos segundos. Luego se levantó con esfuerzo y se acercó a una estantería polvorienta de la que extrajo un libro encuadernado en piel negra. Lo abrió sobre la mesa y señaló una ilustración: un hombre joven, de cabellos oscuros y ojos azules, arrodillado ante una figura de luz.

—Eryndor fue el primero —dijo—. El fundador de la dinastía Kraxter. El que pactó con los dioses y recibió la Corona de Sangre. Pero su historia no terminó bien. Fue traicionado por aquellos en quienes confiaba. Asesinado. Y su corona, la Corona de Sangre, se perdió.

—¿Perdida? ¿Dónde?

—Eso es lo que nadie sabe. Algunos dicen que fue destruida. Otros, que fue escondida en un lugar secreto, protegida por sortilegios que sólo un verdadero heredero puede romper. Y hay quien dice que la corona no es un objeto, sino un poder. Un poder que se transmite de generación en generación, esperando a ser despertado.

—¿Como mis sueños?

—Quizás. Vuestros sueños son el primer síntoma. El despertar de la sangre antigua. Si sois realmente el heredero de Eryndor —y todo indica que lo sois—, vuestro destino está ligado a la Corona de Sangre. Pero tened cuidado, majestad. La corona da poder, sí. Pero también exige un precio. El mismo precio que pagó Eryndor. El mismo que pagarán todos los que intenten reclamarla.

—¿Qué precio?

—La vida de aquellos a quienes amáis. La soledad del poder absoluto. La certeza de que, al final, estaréis solos frente al abismo.

Kael sintió un escalofrío. Aquellas palabras resonaban con las del sueño: "La Corona de Sangre te espera. El que se sienta en el trono de los Once debe estar dispuesto a sacrificarlo todo."

—No quiero ese poder —dijo—. Sólo quiero gobernar en paz.

—Eso es lo que dijeron todos los reyes —respondió Theron con una sonrisa triste—. Y todos, tarde o temprano, tuvieron que enfrentarse a la verdad. Gobernar no es un derecho. Es una carga. Y la carga de los Kraxter es más pesada que la de ninguna otra dinastía.

Kael abandonó el templo con más preguntas que respuestas. Pero había algo que tenía claro: necesitaba encontrar los archivos originales de la fundación de Draxcan. Los que Thamior había mencionado antes de morir. Los que estaban escondidos "donde los libros arden".

Y para eso, necesitaba la ayuda de Aren.



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En el texto hay: fantasiaepica, fantasiaoscura, intriga política

Editado: 14.07.2026

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