The King of Kingdoms: La Corona de Sangre

Capítulo IV: El Guardián y El Eco

La oscuridad del Santuario de los Once era diferente a cualquier otra que Kael hubiera experimentado. No era simplemente la ausencia de luz; era una presencia, una entidad casi tangible que se adhería a la piel como un sudario húmedo y frío. Cuando la puerta de piedra se cerró tras él con un estruendo que resonó en las profundidades de la tierra, Kael se encontró sumergido en una negrura tan absoluta que no podía distinguir sus propias manos extendidas ante su rostro.

Respiró hondo. El aire bajo el templo era denso, cargado de un olor que evocaba siglos de silencio: piedra húmeda, incienso rancio, polvo de huesos antiguos. Encendió la linterna que llevaba en el cinturón —un pequeño farol de aceite con pantalla de cristal—, pero su llama apenas conseguía iluminar un radio de dos o tres pasos. Más allá, la oscuridad seguía siendo absoluta, como si la luz misma temiera aventurarse en aquellas profundidades.

El pasillo en el que se encontraba era estrecho, excavado en la roca viva. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones en la lengua antigua, los mismos caracteres que había visto en los archivos de Thamior. Pasó los dedos sobre ellas mientras avanzaba, aunque no podía leerlas. Eran palabras de advertencia, probablemente. O de bienvenida. Con los antiguos, nunca se sabía.

Tras unos minutos de caminata, el pasillo se ensanchó y desembocó en una cámara circular. En el centro de la estancia había un pedestal de piedra negra, y sobre el pedestal reposaba un objeto que Kael reconoció de inmediato: la daga ceremonial de los Kraxter, idéntica a la que aparecía en los antiguos tapices del castillo. Una hoja de obsidiana con empuñadura de oro, grabada con la serpiente alada.

—La Daga de Eryndor —murmuró.

Se acercó con cautela. El pedestal no parecía tener trampas visibles, pero eso no significaba que no las tuviera. Extendió la mano lentamente, esperando que una descarga mágica lo fulminara o que el suelo se abriera bajo sus pies. Pero no ocurrió nada. Sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de la daga, y al contacto con su piel, la hoja de obsidiana emitió un tenue resplandor azulado.

Y entonces, la cámara cambió.

Las inscripciones de las paredes empezaron a brillar con la misma luz azulada, iluminando la estancia como si cientos de luciérnagas hubieran despertado de un letargo milenario. Las runas proyectaban sombras danzantes que se retorcían como seres vivos, y del suelo brotó una niebla espesa que se arremolinaba en torno a los pies de Kael. Una voz —la misma voz del sueño, la de la mujer de cabellos plateados— resonó en la cámara:

—Bienvenido, heredero de Eryndor. Has reclamado la Daga de la Verdad. Ahora deberás enfrentarte a las pruebas que tus ancestros superaron antes que tú. La primera es el Laberinto de los Ecos. La segunda, el Guardián del Umbral. Si superas ambas, la Corona de Sangre será tuya. Si fracasas... tu nombre se unirá a los de aquellos que intentaron reclamarla sin ser dignos.

—¿Quiénes eran? —preguntó Kael en voz alta—. ¿Quiénes lo intentaron antes que yo?

—Muchos. Reyes orgullosos, héroes valientes, tiranos ambiciosos. Todos cayeron. Porque la corona no se concede al más fuerte, ni al más sabio, ni al más poderoso. Se concede al que está dispuesto a sacrificar lo que más ama.

—¿Y si no sé qué es lo que más amo?

—Entonces el Laberinto te lo mostrará. Prepárate, heredero. La prueba comienza ahora.

La niebla se disipó, y Kael se encontró en un lugar completamente distinto. Ya no estaba en la cámara circular, sino en un corredor de espejos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los espejos no reflejaban su imagen actual —el rey con túnica negra y daga de obsidiana—, sino otras versiones de sí mismo. Un Kael más joven, con el uniforme de sirviente, que servía desayunos en las cocinas del castillo. Un Kael anciano, con el rostro surcado de arrugas, que se sentaba en un trono vacío mientras la corte lo ignoraba. Un Kael con armadura, cubierto de sangre, que blandía una espada rota en un campo de batalla sembrado de cadáveres. Un Kael que reía abrazado a una mujer cuyo rostro no podía distinguir, pero cuyo cabello cobrizo le resultaba dolorosamente familiar.

—¿Qué es este lugar? —preguntó, aunque sabía que no obtendría respuesta.

El Laberinto de los Ecos, lo había llamado la voz. Un pasaje que reflejaba los miedos y deseos de quien lo atravesaba. Cada espejo era una posibilidad, un camino que su vida podría haber tomado o que aún podría tomar. Y en algún lugar, al final del laberinto, le esperaba la verdad que tanto temía.

Comenzó a caminar. Los espejos se sucedían uno tras otro, mostrándole imágenes cada vez más perturbadoras. En uno, se veía a sí mismo ordenando la ejecución de Maelt Rosmar. En otro, contemplaba impasible cómo Lyssara caía en combate, atravesada por una flecha. En un tercero, estrechaba la mano de la princesa Francesca mientras ambos sonreían como viejos aliados.

—No —dijo, apartando la mirada—. Eso no va a ocurrir. Yo no soy así.

—¿Estás seguro? —La voz del espejo era la suya propia, pero distorsionada, como si alguien imitara su tono con malicia—. El poder cambia a las personas. Tú lo sabes. Lo has visto. Tu propio tío abuelo, el rey Eldrin, empezó siendo un gobernante justo. ¿Sabes cómo terminó? Paranoico, cruel, ejecutando a inocentes porque creía que conspiraban contra él. ¿Estás seguro de que no acabarás igual?

—No soy Eldrin.

—No. Eres peor. Eres un sirviente jugando a ser rey. Un impostor con suerte. ¿Cuánto tardarán en darse cuenta de que no estás a la altura? ¿Cuánto tardarán en traicionarte?

Kael apretó la empuñadura de la daga. Las palabras del espejo le dolían porque se parecían demasiado a las dudas que él mismo había albergado en las noches de insomnio. Pero recordó lo que Lyssara le había dicho: "Eres el hombre más sensato que he conocido." Y decidió creerle a ella, no al espejo.

—No voy a escucharte —dijo, y siguió caminando.



#1218 en Fantasía
#1617 en Otros
#306 en Acción

En el texto hay: fantasiaepica, fantasiaoscura, intriga política

Editado: 14.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.