El arresto de Kaedor Lasmec sacudió Draxcan como un terremoto cuyas réplicas se sintieron en todos los distritos, en todos los estamentos, en cada rincón donde alguien susurraba sobre política. La noticia corrió de boca en boca con la velocidad de un incendio en un bosque seco: el comerciante, el hijo del magnate del hierro, el que había financiado la resistencia contra la princesa, era un traidor. Un Vehl. Un bastardo real que había estado conspirando desde el principio para destruir a los Kraxter. La ironía era tan cruel que muchos se negaban a creerla, y los partidarios de Francesca aprovecharon la confusión para sembrar más dudas: si el rey se había equivocado con Kaedor, ¿en quién más podía confiar? ¿No estaría también equivocado sobre la princesa?
Kael pasó la noche en vela, incapaz de conciliar el sueño. La Corona de Sangre reposaba sobre una almohada de terciopelo junto a su lecho, emitiendo un leve resplandor dorado que teñía las sombras del dosel. Cada vez que cerraba los ojos, las visiones volvían: Kaedor sonriendo en los pasadizos secretos, Francesca riendo en sus aposentos, la mujer de cabellos plateados susurrándole al oído palabras que no alcanzaba a comprender. El conocimiento de la corona era vasto, abrumador, y Kael apenas había empezado a arañar su superficie. Era como si alguien hubiera volcado el contenido de una biblioteca entera en su mente, pero los libros estuvieran escritos en un idioma que sólo podía descifrar lentamente, palabra por palabra.
—Majestad —Beren entró con el desayuno y una pila de informes—. El Consejo de los Cinco ha convocado una sesión de urgencia. Quieren interrogar al prisionero Lasmec.
—Que lo hagan. Pero yo también estaré presente. No pienso dejar que Kaedor se esconda detrás de tecnicismos legales.
—Hay algo más, majestad. El senador Maelt Rosmar ha solicitado audiencia privada antes de la sesión. Dice que es urgente.
—Hazlo pasar.
Maelt entró en los aposentos reales con el semblante grave. Llevaba varios pergaminos bajo el brazo y unas ojeras que delataban que él también había pasado la noche en vela. Se sentó frente a Kael sin esperar a que se lo ofrecieran, algo impropio de su carácter ceremonioso, y desplegó los documentos sobre la mesa.
—He pasado la noche revisando los archivos comerciales de los Lasmec. Los que Kaedor nos había ocultado, pero que sus contables —menos leales de lo que él creía— han puesto a nuestra disposición a cambio de inmunidad.
—¿Has encontrado algo?
—Mucho más de lo que esperaba. Kaedor no sólo financiaba a la resistencia para ganarse tu confianza. También financiaba a los enemigos de la resistencia. Las mismas cuentas que pagaban los envíos de hierro a Vortham también pagaban a los mercenarios que atacaron a Lyssara en el desfiladero. Las mismas cuentas que sufragaban la seguridad del castillo también pagaban los sobornos a los guardias que dejaron pasar a Zareth.
—¿Estaba jugando a dos bandos?
—A tres, en realidad. Financiaba a la princesa, financiaba a Feron y nos financiaba a nosotros. Se aseguraba de que, ganara quien ganara, los Lasmec seguirían siendo indispensables. Y si todos se destruían mutuamente, mejor para él. Heredaría el poder sin oposición. —Maelt hizo una pausa, y su expresión se ensombreció aún más—. Pero hay algo peor.
—¿Qué?
—Hemos encontrado correspondencia entre Kaedor y la princesa Francesca. Fechada ayer mismo. En ella, Kaedor le informa de que has encontrado la Corona de Sangre y le aconseja que abandone sus aposentos antes de que la uses para localizarla.
—La usé. Pero no para localizarla a ella. La usé para encontrar al traidor. No pensé...
—Nadie piensa en todo, Kael. El caso es que Francesca lleva huida desde anoche. Y según los informes de los guardias fronterizos, un carruaje con los emblemas reales atravesó la Puerta Norte poco antes del amanecer. Iba escoltado por al menos una docena de jinetes.
—¿Hacia dónde se dirigía?
—Hacia las Colinas del Viento. Y más allá... —Maelt señaló un punto en el mapa—, hacia el Paso de los Lamentos. La ruta que conduce a Vortham.
Kael sintió un escalofrío. Vortham. El reino de los magos, donde Zareth había establecido su base, donde los nigromantes seguían operando en las sombras, donde Feron había tejido su red de aliados durante décadas. Si Francesca llegaba allí y se unía a los magos renegados que aún apoyaban la causa de los Vehl, la amenaza no habría terminado. Sólo se habría desplazado.
—Tenemos que detenerla.
—Lyssara ya ha organizado una partida de persecución. Ha pedido autorización para liderarla personalmente.
—Concédela. Y dile que me reúna con ella en el patio. Quiero despedirla.
Maelt asintió y salió de la estancia. Kael se quedó solo, contemplando el mapa y preguntándose cuántas batallas más tendría que librar antes de que Draxcan conociera por fin la paz. La corona pesaba sobre su frente, no físicamente —apenas sentía su contacto—, sino de una forma más profunda, como si cada decisión que tomaba quedara grabada en ella para siempre.
En el patio del castillo, Lyssara supervisaba los preparativos de su escuadrón. Eran veinte jinetes, los mejores que había podido reunir con tan poca antelación: Gerik, Brenna, Thalion, Hurón y una quincena de soldados de confianza que habían servido bajo su mando en Vortham. Ysilla, la maga de batalla, revisaba los sortilegios de rastreo que utilizarían para seguir el rastro de la princesa.
—No deberías venir —dijo Lyssara al ver acercarse a Kael—. Eres el rey. Si te pasa algo...
—No voy a acompañarte, por mucho que quiera. Sólo quiero asegurarme de que llevas todo lo necesario.
—Llevamos lo justo. Caballos rápidos, provisiones para una semana, armas suficientes para enfrentarnos a una escolta de doce jinetes.
—¿Y si no son doce? ¿Y si Francesca ha reunido más aliados por el camino?
—Entonces improvisaremos. Como siempre.
Kael la miró. Lyssara vestía su armadura de batalla, con el emblema de los Rosmar grabado en las hombreras y la espada al cinto. Su cabello cobrizo, recogido en una trenza tensa, brillaba bajo la luz gris del amanecer. Parecía una heroína de las antiguas leyendas. Una de esas figuras que los trovadores inmortalizaban en sus canciones. Y sin embargo, sus ojos —aquellos ojos verdes que no se apartaban de los suyos— estaban llenos de una ternura que desmentía su apariencia marcial.