El Valle de las Estatuas recibió a Lyssara y a su escuadrón con un silencio antinatural. No era el silencio pacífico de un bosque dormido, ni el silencio reverente de un templo vacío. Era un silencio tenso, cargado, como si el propio paisaje contuviera la respiración a la espera de que algo terrible ocurriera. Los árboles petrificados se alzaban a ambos lados del sendero como centinelas espectrales, sus ramas de piedra retorcidas en formas que sugerían figuras humanas atrapadas en un instante de agonía. La luna llena derramaba su luz sobre el valle, pero en lugar de disipar las sombras, las multiplicaba, creando un laberinto de claroscuros donde nada era lo que parecía.
Lyssara detuvo su caballo en una elevación del terreno y oteó el horizonte con los ojos entrecerrados. Llevaban casi tres días cabalgando sin descanso, durmiendo a ratos y comiendo sobre la marcha, y el agotamiento empezaba a notarse en los rostros de sus hombres. Pero no podían detenerse. Si el mensaje de Kaedor era cierto —y todo indicaba que al menos en eso no mentía—, la princesa Francesca estaba a punto de reclamar un ejército de quinientos hombres. Si llegaban demasiado tarde, Draxcan se enfrentaría a una invasión para la que no estaba preparada.
—No me gusta este sitio —murmuró Gerik, deteniendo su montura junto a la de Lyssara—. Demasiado silencio. Ni siquiera se oyen pájaros.
—Los pájaros no anidan en árboles de piedra —respondió Thalion, el arquero elfo, que examinaba el terreno con sus ojos capaces de ver en la penumbra—. Pero tienes razón. Aquí hay algo que no encaja. Las sombras se mueven de forma extraña. Como si estuvieran... vivas.
—¿Magia? —preguntó Lyssara.
—Probablemente. Los nigromantes usan sortilegios de ocultación. Pueden camuflar edificios enteros, tropas, incluso el propio terreno. Si hay una fortaleza aquí, podría estar justo delante de nosotros sin que la veamos. Y si hay quinientos soldados escondidos...
—Entonces estamos en una ratonera —completó Brenna, llevando la mano a la empuñadura de su espada.
Lyssara meditó unos segundos. Sus instintos le gritaban que se retirara, que buscara una posición más ventajosa, que esperara refuerzos. Pero el tiempo era un lujo que no podían permitirse. Cada hora que pasaba, Francesca se acercaba más a su objetivo. Si el ejército existía, tenían que encontrarlo y neutralizarlo antes de que la princesa pudiera reclamarlo. Y si no existía, si todo era un engaño de Kaedor, entonces tendrían que regresar a Draxcan y enfrentarse a las consecuencias.
—Hurón —llamó—. Adelántate y explora el camino. Quiero saber qué hay más allá de ese bosque de piedra. Thalion, cúbrelo desde la distancia. Los demás, manteneos alerta. Si alguien se mueve entre los árboles, quiero saberlo antes de que nos ataquen.
—¿Y si nos atacan de todas formas? —preguntó Gerik.
—Entonces haremos lo que siempre hacemos. Luchar.
Hurón, el rastreador, desmontó de su caballo y se deslizó entre los árboles petrificados con la agilidad de una serpiente. Su figura se perdió en las sombras en cuestión de segundos, y el silencio volvió a apoderarse del valle. Los minutos pasaron con una lentitud exasperante. Lyssara mantenía la vista fija en el punto por donde Hurón había desaparecido, con la mano apoyada en la empuñadura de su espada y todos los sentidos en alerta.
—Capitana —dijo Ysilla en voz baja—. Estoy detectando algo. Una concentración de energía mágica. No es nigromancia, es otra cosa. Un sortilegio de camuflaje. Muy antiguo.
—¿Dónde?
—Allí. —Ysilla señaló hacia el centro del valle, donde los árboles petrificados formaban un círculo casi perfecto—. El sortilegio es tan denso que parece una cortina. Oculta algo grande. Algo muy grande.
—La fortaleza —dijo Lyssara—. Tiene que ser la fortaleza.
En ese momento, Hurón regresó. Se movía con la misma agilidad que al marcharse, pero su rostro estaba pálido y sus ojos reflejaban una inquietud que Lyssara no le había visto antes.
—He encontrado la fortaleza, capitana —dijo, recuperando el aliento—. Está justo donde dijo Lasmec. Pero no está vacía.
—¿Hay soldados?
—No. Hay algo peor. He visto a la princesa Francesca. Estaba entrando en la fortaleza con una escolta de jinetes. Pero antes de cruzar la puerta, se ha detenido y ha hablado con un nigromante. Le he oído decir algo sobre una emboscada. Sobre un mensaje que le habían enviado desde Draxcan. Un mensaje que decía que nosotros veníamos de camino.
Lyssara sintió un vuelco en el estómago. Un mensaje desde Draxcan. Alguien les había traicionado. Alguien había avisado a Francesca de que iban a interceptarla.
—¿Quién ha enviado ese mensaje? —preguntó Gerik.
—No lo sé —respondió Hurón—. Pero el nigromante le ha dicho a la princesa que todo estaba preparado. Que los hombres estaban en posición. Que la trampa estaba lista.
—¿Qué trampa?
—No he podido oírlo. Pero he visto movimiento entre los árboles. Mucho movimiento. No son soldados normales, capitana. Son... cosas. Figuras oscuras. Como sombras con forma humana. Y hay docenas de ellas, ocultas entre los árboles.
—Nigromantes —dijo Ysilla—. Han invocado espectros. Los nigromantes pueden crear soldados de sombra a partir de la energía de los muertos. Son difíciles de matar, porque no están realmente vivos. Y si hay docenas de ellos...
—Entonces estamos rodeados —completó Lyssara.
Apenas había pronunciado aquellas palabras cuando un silbido agudo resonó en el valle. Era el mismo silbido que habían oído en el desfiladero, semanas atrás. La señal de los mercenarios de Feron. La señal de ataque.
—¡A las armas! —gritó Lyssara—. ¡Formación defensiva!
Los soldados obedecieron con la precisión de los bien entrenados. En cuestión de segundos, formaron un círculo con los caballos en el centro, los escudos alzados y las espadas desenvainadas. Los arqueros, Thalion al frente, tensaron sus arcos y apuntaron hacia la oscuridad del bosque de piedra.