Los túneles bajo el Castillo Dracking eran una maraña de pasadizos, cámaras ocultas y escaleras de caracol que serpenteaban por las entrañas de la fortaleza como las venas de una bestia de piedra. Construidos en tiempos de los Once Originales, habían servido como vías de escape para reyes asediados, como escondites para amantes prohibidos y, en los últimos meses, como corredores para conspiradores. Aren Elmer los conocía mejor que nadie. Durante años, mientras fingía ser el hijo obediente de un diplomático, había explorado cada recoveco, cada trampilla, cada salida secreta. Se había preparado para aquel momento sin saber cuándo llegaría, pero con la certeza de que, tarde o temprano, su máscara se resquebrajaría.
Ahora corría a ciegas por la oscuridad, guiándose por el tacto de las paredes de piedra y por el recuerdo de docenas de incursiones nocturnas. Llevaba una linterna en la mano izquierda y una daga en la derecha, aunque no esperaba encontrar resistencia. Los guardias de Kael eran buenos, pero lentos. No conocían los túneles como él. Para cuando organizaran una partida de búsqueda, él ya estaría lejos.
Sin embargo, no podía evitar una sensación de amargura. Había planeado permanecer junto a Kael durante meses, quizás años, ganándose su confianza mientras tejía la red que acabaría por destruirlo. Había imaginado el momento de la revelación como un triunfo, una catarsis, el instante en que vería la expresión de incredulidad en el rostro del rey al descubrir que su amigo más cercano era su peor enemigo. Pero no había sido así. Kael lo había descubierto antes de tiempo. La Corona de Sangre le había mostrado la verdad, y Aren había tenido que huir como una rata, dejando atrás su posición, su influencia, su identidad.
—Maldito seas, Kaedor —murmuró mientras doblaba un recodo—. Si no te hubieras dejado capturar, nada de esto habría pasado.
Pero sabía que no era culpa de Kaedor. Kaedor era un peón, como él. Ambos habían sido discípulos de Feron, criados en el odio hacia los Kraxter, educados en el arte de la conspiración. Pero mientras Kaedor había optado por el camino del comerciante, infiltrándose en la corte desde fuera, Aren había elegido el camino del diplomático, infiltrándose desde dentro. Dos estrategias distintas para un mismo objetivo: la destrucción de la dinastía Kraxter y la restauración del linaje Vehl.
Llegó a una cámara oculta donde había almacenado provisiones para una emergencia: una mochila con ropa de campesino, monedas de oro, documentos de identidad falsos y un mapa de las rutas hacia el norte. Se cambió rápidamente, abandonando la túnica de diplomático que había sido su uniforme durante los últimos años. La ropa de campesino le quedaba holgada y áspera, pero era necesaria. A partir de ahora, Aren Elmer había muerto. En su lugar, un hombre sin nombre viajaría hacia el Valle de las Estatuas para reunirse con la princesa Francesca.
Antes de salir, se detuvo un momento frente a un espejo empañado que colgaba de la pared. Su reflejo le devolvió la imagen de un joven de facciones agradables y mirada inteligente. El mismo rostro que había sonreído a Kael, que había aconsejado a Maelt, que había fingido amistad con Lyssara. Un rostro que ahora le parecía ajeno, como si perteneciera a otra persona.
—Todo esto es por mi padre —dijo en voz baja, como si necesitara justificarse ante sí mismo—. Por mi abuelo. Por todos los Vehl que murieron para que yo pudiera estar aquí.
Aren nunca había conocido a su verdadero padre. Oficialmente, era hijo de Loric Elmer, el diplomático. Pero la verdad era otra. Su madre, una noble de la rama menor de los Vehl, había muerto al dar a luz, y Loric lo había adoptado como propio para protegerlo. Feron lo había descubierto años después y le había revelado su auténtico linaje. Desde entonces, Aren había vivido una doble vida: el hijo obediente de día, el conspirador de noche. Y ahora, la doble vida había terminado.
Salió de la cámara y se adentró en un túnel que conducía hacia las afueras de la ciudad. El pasadizo era estrecho y húmedo, y el techo goteaba constantemente, empapando su ropa de campesino. Tras una hora de caminata, llegó a una trampilla camuflada entre las raíces de un roble centenario, en un bosquecillo al norte de la capital. La abrió con esfuerzo y emergió al aire libre.
El sol de la mañana le dio en la cara, cegándolo momentáneamente. Aspiró el aire fresco con avidez, como un náufrago que acaba de alcanzar la orilla. Había pasado demasiado tiempo en la oscuridad, en todos los sentidos. Ahora, al fin, podía respirar.
A lo lejos, las torres de Draxcan se recortaban contra el cielo gris. Aren las contempló por última vez. Había pasado la mayor parte de su vida en aquella ciudad, y ahora la abandonaba para siempre. No sentía nostalgia, sólo una fría determinación.
—Nos volveremos a ver, Kael Kraxter —dijo en voz alta—. Y cuando lo hagamos, será al frente de un ejército.
Se ajustó la mochila al hombro y echó a andar hacia el norte, siguiendo el mapa que le conduciría al Valle de las Estatuas.
En el castillo, la huida de Aren había desatado el caos. Los guardias registraban cada rincón, cada pasadizo, cada cámara oculta, pero el traidor parecía haberse esfumado. Kael, de pie en la Sala del Consejo, escuchaba los informes con el rostro pétreo. No gritaba, no maldecía, no golpeaba la mesa con el puño. Simplemente escuchaba, y su silencio era más aterrador que cualquier explosión de ira.
—Hemos encontrado el túnel que utilizó —informó el capitán de la guardia—. Conduce a las afueras de la ciudad, cerca del bosque del norte. Pero el rastro se pierde allí. Es como si se lo hubiera tragado la tierra.
—No se lo ha tragado la tierra —respondió Kael—. Simplemente es más listo que nosotros. Siempre lo ha sido.
—Majestad, si me permitís... —intervino Maelt, que estaba sentado a la mesa del Consejo con el rostro demacrado—. Aren Elmer conocía todos nuestros planes. Todas nuestras defensas. Todas nuestras debilidades. Si se reúne con Francesca, sabrá exactamente cómo atacarnos.