El ejército de Draxcan partió de la capital al amanecer del tercer día, cuando las primeras luces del sol teñían de oro las torres del castillo y el rocío de la noche aún brillaba sobre los campos. Eran trescientos soldados de infantería, cincuenta jinetes, una docena de magos de batalla y un séquito de ingenieros, sanitarios y exploradores que elevaban el total a casi cuatrocientas almas marchando hacia el norte. Nunca desde las Guerras de Unificación se había reunido una fuerza tan grande en Draxcan, y el pueblo lo sabía. Las calles se llenaron de ciudadanos que vitoreaban a las tropas a su paso, lanzando flores, agitando pañuelos y gritando consignas de lealtad al rey Kraxter. Los niños corrían junto a los soldados, los ancianos los bendecían desde los umbrales de sus casas, y los comerciantes ofrecían comida y bebida sin pedir nada a cambio. Era una escena de unidad como no se había visto en décadas, y Kael, cabalgando en la vanguardia junto a Lyssara, sintió una emoción que no experimentaba desde hacía mucho tiempo: esperanza.
—Míralos —dijo Lyssara, señalando a la multitud—. Creen en ti. Creen que vas a devolver la paz al reino.
—Eso espero. Porque si fracaso, los habré defraudado a todos.
—No fracasarás. No mientras yo esté a tu lado. —Hizo una pausa y añadió en un tono más ligero—: Además, si fracasamos, ya nos encargaremos de echarle la culpa a Maelt.
Kael soltó una risa breve. Era la primera vez que reía en días, y le supo bien. Desde la traición de Aren, había estado sumido en un estado de amargura y desconfianza que amenazaba con paralizarlo. Pero allí, al frente de su ejército, rodeado del calor de su pueblo, sentía que recuperaba una parte de sí mismo que creía perdida.
—¿Cómo está Gerik? —preguntó, cambiando de tema.
—Se recupera. La herida del brazo era profunda, pero el sanador dice que no perderá la movilidad. Quería venir con nosotros, pero le he ordenado que se quede. Necesito que alguien de confianza proteja el castillo mientras estamos fuera.
—¿Y Brenna?
—Cojea un poco, pero está en forma. Dice que no piensa perderse la batalla por un rasguño. —Lyssara sonrió con orgullo—. Son buenos soldados. Los mejores.
—Tú los has entrenado. Es natural que sean los mejores.
—Yo sólo les he enseñado a no morir. Lo demás lo han hecho ellos.
La columna avanzó durante horas por el Camino del Norte, una calzada empedrada que atravesaba las Colinas del Viento y serpenteaba hacia las montañas. El paisaje, teñido por los colores del otoño —rojos, dorados, ocres—, era de una belleza melancólica que invitaba a la contemplación. Pero Kael no podía permitirse el lujo de contemplar. Su mente estaba ocupada con los informes de los exploradores, los mapas del valle, las estrategias de ataque. Sabía que la batalla que se avecinaba no sería como las anteriores. No sería una escaramuza contra mercenarios ni una emboscada en un desfiladero. Sería una batalla campal, con cientos de hombres en cada bando, con magia nigromántica y sortilegios antiguos. Una batalla que decidiría el destino del reino.
Al anochecer, acamparon en una pradera junto a un río de aguas cristalinas. Los soldados montaron las tiendas, encendieron hogueras y se dispusieron a descansar. Kael, sin embargo, no podía dormir. Se quedó sentado junto a su tienda, contemplando las estrellas y dándole vueltas a los mismos pensamientos que lo atormentaban desde hacía días.
—Deberías descansar —dijo Lyssara, acercándose con dos tazas de infusión caliente—. Mañana llegaremos al valle. Necesitarás estar despejado.
—Lo intento. Pero cada vez que cierro los ojos, veo el rostro de Aren. Su sonrisa. Su traición.
—Aren ya no importa. Es un enemigo más. Como Feron. Como Francesca. Como todos los que han intentado destruirte.
—No es lo mismo. Aren era mi amigo. O al menos, yo creía que lo era. Confiaba en él. Le contaba mis secretos. Y ahora... —Kael apretó los puños—. Ahora sé que cada palabra que me dijo era una mentira. Cada consejo, una manipulación. Cada gesto de amistad, una puñalada disfrazada.
—Lo sé. Y sé que duele. Pero no puedes dejar que el dolor te paralice. Aren quiere eso. Quiere que dudes, que desconfíes, que te encierres en ti mismo. Porque un rey aislado es un rey débil. Y un rey débil es un rey derrotado.
—¿Cómo lo haces tú? ¿Cómo soportas la traición sin que te destruya?
—¿Quién dice que no me destruye? —Lyssara bebió un sorbo de su infusión—. Cuando supe que Gerik había sido herido por culpa de Aren, quise matarlo con mis propias manos. Cuando vi a mis hombres caer en la emboscada, sentí una rabia que nunca había sentido. Pero luego recordé algo que mi padre me dijo una vez.
—¿Qué?
—"La venganza es un plato que se come frío, pero la justicia es un fuego que nunca se apaga." No luches por venganza, Kael. Lucha por justicia. Por los que han muerto. Por los que aún viven. Por el futuro de Draxcan.
Kael guardó silencio unos segundos. Luego asintió.
—Tienes razón. Como siempre.
—Lo sé. Por eso me tienes a tu lado. Para darte la razón cuando la necesitas y para llevarte la contraria cuando te equivocas.
—¿Y ahora qué? ¿Te llevo la contraria o te doy la razón?
—Ahora te callas y te bebes la infusión antes de que se enfríe.
Kael obedeció. La infusión estaba amarga, pero el calor le reconfortó el estómago. Se quedaron un rato en silencio, contemplando las estrellas. Luego Lyssara dijo:
—Kael, hay algo que quería decirte. Algo que llevo tiempo pensando.
—Adelante.
—Cuando empezó todo esto, yo era una soldado rasa. Mi única ambición era ascender en el ejército y demostrarle a mi padre que podía ser algo más que la hija de un senador. Pero luego apareciste tú, con tu medallón y tu historia, y todo cambió. De repente, ya no luchaba por mí. Luchaba por algo más grande. Por un reino. Por un rey. Por... —Vaciló—. Por un amigo.
—Lyssara...
—Déjame terminar. Sé que esto no es el momento. Sé que hay una guerra ahí fuera y que mañana podríamos morir. Pero necesito que sepas que, pase lo que pase, no me arrepiento de nada. De cada batalla, de cada herida, de cada noche sin dormir. Porque todo me ha traído hasta aquí. Hasta ti.