Las puertas de Draxcan estaban abiertas cuando Kael y Lyssara llegaron al galope, pero no como señal de bienvenida. Estaban abiertas porque los guardias que las custodiaban yacían muertos junto a los goznes, con los rostros congelados en expresiones de sorpresa y agonía. Más allá, la ciudad era un infierno. Las llamas lamían los tejados de las casas cercanas a la muralla, y el humo negro se elevaba en columnas retorcidas que oscurecían el cielo del amanecer. Los gritos de los ciudadanos resonaban en las calles, mezclados con el estruendo de los edificios que se derrumbaban y el entrechocar de las espadas de los pocos guardias que aún resistían.
—Por los dioses —murmuró Kael, deteniendo su caballo—. ¿Qué ha pasado aquí?
—Un golpe —respondió Lyssara, con la voz tensa—. Alguien ha atacado el castillo mientras estábamos fuera. Aren dijo que sus agentes estaban preparando el terreno. Esto es lo que quería decir.
—Pero Aren huyó con Francesca. ¿Quién ha quedado al mando?
—El segundo traidor. El que nunca sangró. —Lyssara desenvainó su espada—. Vamos. Tenemos que llegar al castillo antes de que sea demasiado tarde.
Cabalgaban por las calles en llamas, esquivando escombros y cadáveres. Los ciudadanos que aún estaban vivos corrían en todas direcciones, presas del pánico. Algunos reconocieron al rey y lo aclamaron con gritos de alivio; otros, demasiado aterrorizados para fijarse en nada, simplemente huían. Kael y Lyssara no se detuvieron. Su destino era la torre principal, donde la bandera de los Vehl ondeaba como una declaración de guerra.
Al llegar al patio del castillo, encontraron un espectáculo desolador. Los cuerpos de los guardias reales yacían esparcidos por el suelo, junto a los de los atacantes. La batalla había sido feroz, y por las huellas, aún continuaba en algunos puntos del recinto. Junto a la entrada de la torre principal, un grupo de soldados leales a la corona resistía el asedio de un puñado de encapuchados. Entre ellos, Kael distinguió a Gerik, que con el brazo vendado y la espada en la mano, gritaba órdenes a sus hombres.
—¡Gerik! —gritó Lyssara, desmontando de un salto.
—¡Capitana! ¡Majestad! —El soldado corrió hacia ellos, cojeando ligeramente—. Gracias a los dioses que habéis vuelto. El castillo ha sido atacado hace unas horas. Un grupo de asaltantes entró por los túneles y tomó la torre principal. Hemos resistido como hemos podido, pero son demasiados.
—¿Quién lidera el ataque? —preguntó Kael.
—No lo sé. Lleva una capucha y no se la ha quitado en ningún momento. Pero lucha como un demonio, y conoce el castillo mejor que nosotros. Sabe dónde están las defensas, los puntos débiles, los accesos secretos.
—¿Dónde está ahora?
—En la torre principal. Ha subido a lo más alto y ha izado esa bandera. Parece que quiere hacerse ver.
—Pues vamos a darle lo que quiere. —Kael desenvainó su espada—. Lyssara, Gerik, venid conmigo. Los demás, asegurad el patio y proteged a los heridos.
Subieron por la escalera de caracol de la torre, peldaño a peldaño, apartando los cadáveres que encontraban a su paso. La lucha había sido especialmente intensa en los niveles superiores, y las paredes estaban manchadas de sangre y hollín. Al llegar a la cima, la puerta que conducía a la azotea estaba entreabierta. Al otro lado, el viento soplaba con fuerza y la bandera de los Vehl restallaba como un látigo.
—Quédate detrás de mí —dijo Lyssara a Kael—. Si esto es una trampa...
—Si es una trampa, la enfrentaremos juntos. Como siempre.
Empujaron la puerta y salieron a la azotea. La figura encapuchada estaba de pie junto al mástil de la bandera, de espaldas a ellos, contemplando la ciudad en llamas. Era alta y delgada, y su capa ondeaba al viento como las alas de un cuervo. Al oírlos llegar, se giró lentamente.
—Al fin habéis llegado —dijo una voz que Kael conocía bien. Una voz que había escuchado en docenas de reuniones, que le había dado consejos, que le había jurado lealtad—. Empezaba a pensar que no vendríais.
La figura se quitó la capucha. El rostro que apareció bajo ella era el de un hombre de cabello canoso, facciones nobles y ojos grises que brillaban con una mezcla de inteligencia y amargura. No era un desconocido. No era un mercenario ni un nigromante. Era Loric Elmer. El padre de Aren. El diplomático más respetado de Draxcan. El hombre que había ayudado a Kael desde el principio. El amigo de Maelt, el confidente de Mera, el protector de secretos. Y ahora, el enemigo.
—¿Loric? —Kael sintió que el suelo se abría bajo sus pies—. ¿Tú? ¿Todo este tiempo has sido tú?
—Sí, majestad. Todo este tiempo. —Loric esbozó una sonrisa triste—. Aunque debo admitir que ha sido agotador. Fingir lealtad durante tantos años, mientras por dentro ardía en deseos de veros muerto.
—Pero... ¿por qué? Tú ayudaste a mi madre. Protegiste su secreto. Me diste consejo cuando más lo necesitaba. ¿Por qué ibas a hacer todo eso si eras mi enemigo?
—Porque mi enemistad no era contigo, Kael. Era con tu sangre. Con la sangre de los Kraxter que usurparon el trono que por derecho pertenecía a mi familia. —Loric dio un paso al frente—. ¿Sabes quién soy realmente? ¿Lo sabe alguien?
—Eres un Vehl —respondió Lyssara, que mantenía la espada alzada—. Como Aren. Como Feron. Como todos los que han conspirado contra nosotros.
—Aren no es un Vehl. Aren es mi hijo adoptivo, sí, pero no comparte mi sangre. Lo crie como propio, lo eduqué en el odio hacia los Kraxter, lo convencí de que era un bastardo real. Pero todo era una mentira. Una mentira que yo mismo inventé para manipularlo.
—¿Para manipularlo? —Kael frunció el ceño—. ¿Para qué?
—Para que sirviera de señuelo. Para que vosotros centrarais vuestra atención en él mientras yo movía los hilos en la sombra. Aren siempre fue un peón. Un peón útil, pero un peón al fin y al cabo. El verdadero heredero de los Vehl soy yo. El último de mi estirpe. El que nunca sangró por ti.