La reconstrucción de Draxcan avanzaba con la lentitud de una herida que cicatriza mal. Tres semanas después del ataque de Loric Elmer, las calles del distrito élfico aún estaban sembradas de escombros, y el olor a ceniza y madera quemada seguía impregnando el aire como un recordatorio pertinaz de la noche en que la ciudad casi perece. Los carpinteros trabajaban de sol a sol reparando tejados; los albañiles levantaban muros nuevos sobre las ruinas de los antiguos; los herreros forjaban vigas y clavos en fraguas que no se apagaban nunca. Era una sinfonía de martillazos y sierras, de órdenes gritadas y lamentos lejanos, que componía la banda sonora de una capital que se negaba a morir.
Kael Kraxter supervisaba las obras desde una tarima improvisada en la plaza principal, rodeado de arquitectos, ingenieros y contables que le presentaban informes y solicitudes. La Corona de Sangre descansaba sobre su frente, pero ya no le pesaba como antes. Se había acostumbrado a su presencia, a su calor constante, a las visiones fragmentarias que de vez en cuando le enviaba. La noche anterior, por ejemplo, había soñado con una isla envuelta en bruma, donde figuras encapuchadas se reunían alrededor de una mesa de obsidiana. Una de ellas llevaba un medallón con la serpiente alada, pero no era el emblema de los Kraxter: era el antiguo, con las alas hacia arriba. El emblema de los Vehl. La corona le estaba mostrando el camino hacia las Islas del Alba, y Kael sabía que tendría que seguirlo tarde o temprano.
—Majestad, los informes del distrito humano —dijo Beren, acercándose con una pila de pergaminos.
—Déjalos en la mesa. Los revisaré luego.
—Hay uno urgente. Del capitán del puerto. Dice que han avistado un barco sospechoso navegando cerca de la costa. Un barco con bandera de las Islas del Alba.
Kael tomó el informe y lo leyó con atención. El barco había sido avistado al amanecer, navegando en aguas territoriales de Draxcan sin autorización. Cuando la guardia costera intentó interceptarlo, había huido hacia el sur, perdiéndose entre la bruma matinal. Los vigías afirmaban haber visto a bordo a una figura femenina con un vestido oscuro, y a un hombre joven de cabello claro.
—Francesca y Aren —dijo Kael en voz baja—. Han estado observándonos.
—Eso parece, majestad. ¿Debo reforzar la vigilancia costera?
—Sí. Y envía un mensaje a Kaedor Lasmec. Quiero interrogarlo de nuevo. Esta vez, sin juegos.
Beren asintió y se retiró. Kael se quedó contemplando el horizonte, donde el mar interior brillaba bajo el sol de la mañana. Las Islas del Alba estaban a varios días de navegación, pero la presencia de aquel barco indicaba que el enemigo no se había ido del todo. Estaba al acecho, esperando el momento adecuado para atacar.
Unas horas más tarde, Kael bajó a las mazmorras acompañado de Lyssara. La capitana Rosmar se había recuperado completamente de las heridas sufridas en la batalla, y su presencia junto al rey se había vuelto tan habitual que nadie en la corte se atrevía a cuestionarla. Los rumores sobre su relación —esos rumores que siempre corrían como la pólvora en los pasillos del castillo— eran recibidos con una mezcla de escándalo y aprobación. Los nobles conservadores fruncían el ceño; los soldados, en cambio, sonreían. La capitana y el rey. La guerrera y el heredero. Era una historia de las que gustaban a los trovadores.
Pero a Kael y Lyssara no les importaban los trovadores. Les importaba la verdad.
Kaedor Lasmec seguía en su celda, más delgado y pálido que la última vez que lo habían visto, pero con la misma expresión de astucia en los ojos. Al ver entrar a Kael y Lyssara, esbozó una sonrisa.
—Majestad. Capitana. Qué honor. ¿Habéis venido a hacerme otra visita de cortesía?
—He venido a ofrecerte un trato —respondió Kael—. El mismo que te ofrecí antes de que mintieras sobre el número de soldados en el valle.
—No mentí. Simplemente... omití ciertos detalles.
—Detalles que costaron la vida a seis de mis hombres. Detalles que casi matan a Lyssara. —Kael se inclinó hacia él—. Pero estoy dispuesto a olvidarlo si colaboras.
—¿Colaborar en qué?
—Necesito información sobre el Consejo de las Sombras. Loric mencionó ese nombre antes de morir. Dijo que es una organización fundada por Feron, con agentes en todos los reinos. Dijo que las Islas del Alba son su base de operaciones. ¿Qué sabes de eso?
Kaedor guardó silencio unos segundos. Luego soltó una risa breve.
—¿El Consejo de las Sombras? Así que el viejo Loric habló más de la cuenta antes de palmarla. Esa sí que es una buena historia.
—No me interesan las historias. Me interesan los hechos. ¿Quiénes son? ¿Cuántos son? ¿Dónde se reúnen?
—No lo sé. O mejor dicho, no lo sé todo. Feron era muy reservado con sus secretos. Incluso yo, que era su discípulo más cercano, ignoraba muchas cosas. Pero sí sé que el Consejo existe. Y sé que sus miembros son personas influyentes en todos los reinos del continente. Nobles, comerciantes, magos, incluso algún que otro rey. Gente que debe su posición a Feron y que ahora le debe lealtad a su causa.
—¿A qué causa?
—A la restauración de los Vehl, por supuesto. Pero no sólo a eso. Feron no era un simple fanático. Era un visionario. Creía que los Kraxter no eran los únicos que merecían ser destruidos. Creía que todo el sistema de reinos era corrupto, decadente, y que había que reemplazarlo por algo nuevo. Un imperio. Un imperio gobernado por el Consejo de las Sombras, con un emperador títere en el trono.
—¿Un imperio? Eso es una locura.
—Es ambición. Y la ambición mueve el mundo, majestad. —Kaedor sonrió—. Pero yo no comparto esa ambición. Yo sólo quería poder y riqueza. Por eso estoy dispuesto a negociar.
—Habla. ¿Qué sabes de las Islas del Alba?
—Sé que allí está la sede del Consejo. Una fortaleza llamada la Torre del Alba, construida en el centro de la isla principal. Es un lugar inexpugnable, protegido por sortilegios y guardado por los soldados más leales. Allí es donde se reúnen los miembros del Consejo una vez al año, durante la luna nueva de invierno.