The King of Kingdoms: La Corona de Sangre

Capítulo XIII: La Huida de las Sombras

La trampilla por la que Francesca y Aren habían escapado se cerró con un estruendo metálico que resonó en toda la sala del Consejo. Kael corrió hacia ella y golpeó la superficie con la empuñadura de su espada, pero el metal no cedió. Estaba sellada con un sortilegio que brillaba débilmente bajo sus dedos, un resplandor verdoso que se fue apagando a medida que el mecanismo se bloqueaba desde el interior.

—¡Maldición! —gritó Kael, golpeando de nuevo—. ¡Se han escapado!

—No por mucho tiempo —dijo Gerik, avanzando hacia él con la espada desenvainada—. Conozco estos túneles. Son antiguos, construidos por los mismos que levantaron la Torre. Si los seguimos ahora, podemos alcanzarlos antes de que lleguen al puerto.

—¿Cómo es que conoces los túneles? —preguntó Lyssara, que estaba vendándose una herida superficial en el antebrazo.

—Porque los he estado explorando mientras vosotros os infiltrábais en la Torre. —Gerik esbozó una sonrisa cansada—. Brenna, Hurón y yo encontramos la entrada hace unas horas. Hay una red de pasadizos que conecta la Torre con el embarcadero del este. Es por donde huyen.

—Pues vamos —dijo Kael, irguiéndose—. No podemos dejar que escapen otra vez. Si llegan a las Islas del Alba exteriores, conseguirán otro barco, otros aliados, otro plan. Esto no terminará nunca mientras sigan vivos.

—Kael. —Lyssara lo tomó del brazo—. Estás herido. La explosión de la corona te ha afectado. Deja que vayamos nosotros.

—No estoy herido. Estoy... —Kael se llevó la mano a la frente, donde antes reposaba la Corona de Sangre. El contacto de sus dedos con la piel desnuda le provocó una sensación extraña, como si le faltara una parte de sí mismo—. Estoy bien. Sólo necesito un momento.

Pero no era cierto. Algo había cambiado en él desde que arrojó la corona al vórtice. Las visiones habían desaparecido —eso era un alivio—, pero también lo había hecho aquella conexión con sus ancestros, aquella certeza que le guiaba en los momentos más oscuros. Se sentía vacío. Incompleto. Como si hubiera sacrificado algo más que un objeto de poder.

—Vamos —insistió Gerik, señalando hacia una puerta lateral—. Los túneles empiezan por aquí. Tenemos que darnos prisa.

Bajaron por una escalera de caracol que se hundía en las entrañas de la isla. Las paredes estaban húmedas y cubiertas de musgo fosforescente que emitía una luz azulada, apenas suficiente para iluminar el camino. El olor a salitre y a podredumbre se hacía más intenso a medida que descendían, y el sonido de las olas al romper contra los acantilados llegaba amortiguado a través de la roca.

Thalion, que iba en vanguardia con su arco preparado, se detuvo de repente y alzó la mano.

—Huellas —dijo en voz baja—. Recientes. Son dos personas. Una camina con paso firme, la otra cojea ligeramente.

—Aren —dijo Kael—. Lyssara lo hirió en la pierna durante el asalto a la fundición. La herida no ha curado del todo.

—Eso significa que no pueden ir muy rápido. Si nos apresuramos, los alcanzaremos.

Reanudaron la marcha a paso ligero, trotando por los estrechos corredores. Los túneles eran un laberinto, pero Gerik parecía conocerlos bien; había estado tomando notas mentales durante su exploración, y ahora las utilizaba para guiarlos sin vacilar.

—Aquí a la izquierda —decía—. Ahora a la derecha. Cuidado con este escalón, está suelto.

—Eres un buen rastreador —comentó Kael, sorprendido.

—He aprendido de Hurón. Y de la necesidad. En el ejército, si no aprendes rápido, mueres rápido.

—Eso es muy poético —dijo Brenna, que marchaba detrás de él.

—No es poesía. Es supervivencia.

Tras lo que pareció una eternidad, los túneles empezaron a ascender. El suelo se volvió más irregular, lleno de guijarros y conchas incrustadas en la roca, y el olor a salitre se intensificó hasta hacerse casi insoportable. Finalmente, una luz grisácea apareció al final del pasillo: la salida.

Emergieron a una cala oculta, protegida por altos acantilados de roca negra. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía encapotado, y el mar rugía contra las rocas como una bestia enfurecida. Al fondo de la cala, un pequeño embarcadero de madera se extendía sobre las aguas, y junto a él, un barco de vela negra estaba siendo desamarrado por un par de marineros.

En el embarcadero, Francesca y Aren discutían acaloradamente. La princesa gesticulaba con furia, señalando hacia el barco, mientras Aren negaba con la cabeza. Parecía que no estaban de acuerdo en algo.

—Se pelean —murmuró Gerik—. Buena señal.

—No nos confiemos —respondió Kael—. Thalion, ¿puedes alcanzarlos desde aquí?

—Están a unos doscientos metros. Es un tiro difícil, pero no imposible. —El elfo tensó su arco—. ¿A quién disparo?

—A Francesca. Es la más peligrosa.

Thalion apuntó con cuidado. La flecha silbó en el aire, describiendo un arco perfecto. Pero en el último instante, un marinero se interpuso sin querer, y la flecha se clavó en su hombro en lugar de en el pecho de la princesa. El hombre gritó y cayó al agua, y el alboroto alertó a Francesca y Aren.

—¡Nos atacan! —gritó la princesa—. ¡Zarpad ya!

—¡No! —Aren se giró hacia ellos, desenvainando su espada—. ¡No voy a huir como un cobarde! ¡No otra vez!

—¡Aren, sube al barco! ¡Es una orden!

—¡Ya no recibo órdenes de ti, Francesca!

Kael y los suyos corrieron hacia el embarcadero. Los marineros del barco, viendo la escena, dudaron entre obedecer a la princesa o esperar a Aren. Al final, la lealtad a Francesca —o el miedo que les inspiraba— pudo más, y empezaron a soltar amarras.

—¡Deteneos! —gritó Gerik—. ¡En nombre del rey!

Pero ya era tarde. El barco se separó del embarcadero y empezó a alejarse lentamente. Francesca, desde la cubierta, lanzó una última mirada a Aren, que seguía en el muelle con la espada desenvainada.

—¡Has tomado tu decisión! —le gritó—. ¡No esperes clemencia!

—¡Nunca la esperé! —respondió Aren—. ¡Ni de ti ni de nadie!



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En el texto hay: fantasiaepica, fantasiaoscura, intriga política

Editado: 17.07.2026

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