Tres semanas después del regreso triunfal del rey, Draxcan era una ciudad transformada. Las cicatrices del ataque de Loric Elmer seguían siendo visibles —paredes ennegrecidas por el humo, andamios que abrazaban las fachadas como exoesqueletos de madera, calles donde el olor a ceniza aún competía con el aroma del pan recién horneado—, pero la vida había vuelto a fluir por sus arterias con una vitalidad renovada. Los mercados bullían de actividad, los gremios trabajaban a pleno rendimiento y los templos se llenaban de fieles que acudían a dar gracias por la salvación del reino. La gente sonreía más. Los niños jugaban en las plazas sin miedo. Incluso los ancianos, esos termómetros vivientes del alma de una ciudad, comentaban que no recordaban un otoño tan hermoso desde hacía décadas.
Pero Kael Kraxter sabía que aquella paz era frágil como el cristal. Cada noche, antes de dormir, repasaba los informes que llegaban de las Islas Exteriores: avistamientos de barcos no identificados, rumores de reuniones secretas, mensajes cifrados interceptados por los agentes de Illyana. La princesa Francesca no había desaparecido. Se estaba reagrupando. Y el hecho de que no hubiera atacado todavía significaba que estaba preparando algo grande. Algo definitivo.
Aquella mañana, el Consejo de los Cinco se reunió en el Salón de las Columnas para abordar tres asuntos urgentes: la elección del nuevo representante de los magos —el puesto que Vexim Thal había dejado vacante con su traición—, la reconstrucción de los distritos afectados por el ataque, y la planificación de la campaña militar contra el último reducto del Consejo de las Sombras.
La sala estaba impregnada de esa luz dorada del otoño que entraba por los vitrales y dibujaba figuras cambiantes sobre los mosaicos del suelo. Maelt Rosmar presidía la sesión con su severidad habitual, flanqueado por Illyana Cerevan —espléndida en un vestido verde esmeralda que contrastaba con la sobriedad de sus colegas— y Theron, cuyo rostro milenario parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. Los dos asientos restantes estaban vacíos: el de Vexim Thal, cuyo nombre había sido borrado de los registros del Consejo con la misma ceremonia con que se tachaba a los traidores, y el de Kael, que había decidido no ocupar un asiento fijo para mantener su posición como árbitro por encima de las facciones.
En las galerías, una docena de magos de la Academia Arcana aguardaban expectantes. Eran los candidatos a suceder a Thal, y entre ellos se encontraban algunos de los hechiceros más poderosos del reino. Kael los observó desde el estrado real con una mezcla de esperanza y cautela. Después de la traición de Vexim Thal —un hombre en quien había confiado ciegamente, que había sido su aliado en el Consejo y su consejero en los momentos más oscuros—, no pensaba volver a otorgar su confianza a nadie sin antes someterlo a un escrutinio exhaustivo.
—Se abre la sesión —anunció el canciller, golpeando el suelo con su bastón ceremonial—. Primer punto del orden del día: la elección del nuevo senador del distrito mago.
Los candidatos fueron presentados uno por uno. Había magos de todas las escuelas: un evocador de barba plateada que presumía de haber combatido en las Guerras de Unificación; una transmutadora de mediana edad cuyos experimentos con la piedra filosofal eran legendarios en la Academia; un joven prodigio de la adivinación que aseguraba poder predecir los movimientos del enemigo; e incluso un nigromante reformado que había renunciado a las artes oscuras tras la muerte de Zareth y ahora buscaba redimirse sirviendo al reino. Cada uno pronunció un breve discurso exponiendo sus méritos y su visión para el distrito mago. Kael los escuchó a todos con atención, tomando notas mentales, sopesando cada palabra.
Pero fue el último candidato quien captó su interés.
Se llamaba Lian, y era un mago de la escuela de abjuración, especializado en sortilegios defensivos. No era el más poderoso ni el más brillante, pero había algo en su porte —una serenidad tranquila, una ausencia de arrogancia— que lo distinguía de los demás. Su discurso fue breve y directo: no prometió maravillas, no alardeó de sus logros, simplemente expuso su convicción de que la magia debía estar al servicio del reino, y no al revés. Cuando terminó, Kael se inclinó hacia Maelt y murmuró:
—Ese. Me gusta ese.
—¿Lian? Es joven. Y no tiene experiencia en política.
—Precisamente por eso. Los otros llevan demasiado tiempo en la Academia. Han tenido décadas para ser corrompidos por el Consejo de las Sombras. Lian es nuevo. Es limpio.
—O eso parece.
—Por eso ordenaré que lo investiguen antes de confirmarlo. Pero mi voto es para él.
La votación se llevó a cabo sin incidentes. Con el apoyo de Kael, Maelt, Illyana y Theron, Lian fue elegido como nuevo representante de los magos. El joven abjurador, visiblemente emocionado, juró lealtad a la corona y ocupó el asiento que había pertenecido a Vexim Thal. Kael sintió una punzada de satisfacción. Era un pequeño paso, pero significativo. La reconstrucción del reino no sólo era física; también era institucional.
El segundo punto del orden del día —la reconstrucción de los distritos— fue más tedioso. Se discutieron presupuestos, plazos, materiales. Illyana defendió con vehemencia la necesidad de priorizar el distrito élfico, que había sido el más afectado por las llamas; Maelt argumentó que los recursos debían distribuirse equitativamente entre todos los distritos; Theron, fiel a su estilo, guardó silencio durante la mayor parte del debate y sólo intervino para recordar que la paciencia era una virtud.
Finalmente, se llegó a un acuerdo: el tesoro real financiaría la reconstrucción de las viviendas, mientras que los gremios de comerciantes —con Kaedor Lasmec como supervisor desde su celda, en un gesto de pragmatismo que a nadie gustaba pero que todos aceptaban— aportarían los materiales necesarios. Las obras comenzarían antes del invierno, y se esperaba que estuvieran terminadas para la primavera.