La flota de Draxcan zarpó del puerto al amanecer del décimo día, cuando el sol de otoño apenas despuntaba sobre las aguas grises del mar interior. Eran doce barcos en total: siete galeras de guerra con espolones de bronce, tres transportes de tropas con las bodegas repletas de soldados y pertrechos, una fragata élfica cedida por Illyana Cerevan que hacía las veces de nave insignia, y un navío auxiliar cargado con los magos de batalla que Lian había reclutado en la Academia Arcana. Nunca desde las Guerras de Unificación se había visto una armada semejante surcando aquellas aguas, y los ciudadanos que se agolpaban en los muelles para despedir a sus soldados lo sabían. Sabían que aquella podía ser la batalla definitiva. La que decidiría el destino de Draxcan para las generaciones venideras.
Kael Kraxter contemplaba el horizonte desde el castillo de popa de la nave capitana, la Estrella del Alba, que una vez más había sido puesta a su disposición por el capitán Aerendyl. Llevaba la armadura de batalla que Maelt le había regalado antes de partir —una coraza de acero pavonado con el emblema de la serpiente alada grabado en el pecho—, pero bajo el metal seguía siendo el mismo hombre que había servido desayunos en las cocinas del castillo. No llevaba corona. No la necesitaba. Su autoridad no residía en un objeto, sino en la convicción de sus soldados.
A su lado, Lyssara Rosmar vestía la armadura de capitana que había ganado a pulso en una docena de batallas. Su cabello cobrizo, recogido en una trenza tensa, brillaba bajo la luz gris del amanecer. Llevaba la espada al cinto y el arco de Thalion a la espalda —el elfo se lo había prestado para la batalla, diciendo que lo necesitaría más que él—, y sus ojos verdes recorrían la formación de barcos con la mirada de quien ha pasado revista a demasiadas tropas como para impresionarse.
—Doce barcos —dijo—. Tres mil hombres. Cincuenta magos. Si esto no es suficiente para derrotar a Francesca, nada lo será.
—Lo es. Tiene que serlo. —Kael no apartaba la vista del horizonte, donde las Islas Exteriores aún no eran visibles—. ¿Has sabido algo de Gerik?
—Está en el transporte de vanguardia, con Brenna y Hurón. Han estado entrenando a los nuevos reclutas durante toda la travesía. Dice que están listos.
—¿Y Thalion y Ysilla?
—En la fragata élfica, con los magos. Ysilla dice que los sortilegios de camuflaje están activados. Los nigromantes de Francesca no nos detectarán hasta que estemos encima.
—Esperemos que sea cierto. Si nos detectan antes de tiempo...
—No lo harán. Ysilla es la mejor maga de batalla que tenemos. —Lyssara hizo una pausa—. Kael, hay algo que quería decirte. Antes de la batalla. Por si acaso.
—No digas "por si acaso". No voy a dejarte. Te lo prometí.
—Lo sé. Pero las promesas, en la guerra, no siempre se cumplen. —Lyssara le tomó la mano—. Sólo quiero que sepas que, pase lo que pase, no me arrepiento de nada. De cada decisión, de cada batalla, de cada herida. Porque todo me ha traído hasta aquí. Hasta ti.
—Lyssara...
—Déjame terminar. Eres el hombre más valiente y más idiota que he conocido. Y te quiero. Te quiero más de lo que nunca pensé que podría querer a nadie. Y si hoy morimos, quiero que sepas que muero feliz. Porque muero a tu lado.
Kael sintió un nudo en la garganta. Le tomó el rostro entre las manos y la besó, un beso largo y profundo que supo a sal marina y a promesas no dichas. Cuando se separaron, los ojos de Lyssara brillaban con lágrimas contenidas.
—No vamos a morir —dijo Kael—. Porque pienso casarme contigo. Y no voy a permitir que la muerte me arruine la boda.
—Eso es lo más egoísta que he oído jamás.
—Lo sé. Pero es la verdad.
Las Islas Exteriores aparecieron en el horizonte al anochecer del tercer día. Eran un archipiélago de islotes rocosos y acantilados vertiginosos, azotados por vientos huracanados y envueltos en una bruma perpetua que ningún sol lograba disipar. La Ciudadela de los Ecos se alzaba en la isla principal, una fortaleza de piedra negra erigida sobre un promontorio que dominaba el mar. Sus torres, más antiguas que cualquier construcción humana, estaban cubiertas de runas que brillaban con un fulgor verdoso, y sus murallas parecían absorber la luz de las antorchas en lugar de reflejarla.
—Por los dioses —murmuró Aerendyl, el capitán elfo, cuando la fortaleza apareció ante ellos—. Es más grande que la Torre del Alba.
—Y está mejor defendida —añadió Thalion, que había subido al castillo de proa para otear el horizonte con sus ojos élficos—. Veo al menos una docena de torres de vigilancia. Cada una con una catapulta. Y en las almenas... hay figuras. Cientos de ellas.
—Soldados —dijo Lyssara—. O espectros. O ambas cosas.
—¿Podemos vencerlos? —preguntó Kael.
—Podemos intentarlo. —Thalion tensó su arco—. Pero será la batalla más dura de nuestras vidas.
La flota de Draxcan se desplegó en formación de ataque. Las galeras de guerra avanzaron en primera línea, con los espolones preparados para embestir cualquier nave enemiga que intentara interceptarlos. Los transportes de tropas se situaron detrás, protegidos por la fragata élfica. Los magos de batalla, liderados por Ysilla y el senador Lian, se concentraron en la proa de la nave capitana, preparando los sortilegios que abrirían brecha en las defensas enemigas.
—A mi señal —dijo Kael, alzando la mano—. Que los dioses nos protejan.
—No necesitamos dioses —respondió Lyssara, desenvainando su espada—. Nos tenemos a nosotros.
Kael bajó la mano.
—¡Fuego!
Los magos lanzaron sus sortilegios simultáneamente. Una lluvia de bolas de fuego, rayos y proyectiles de energía cruzó el cielo como una tormenta de meteoros, estrellándose contra las murallas de la Ciudadela. Las runas de las torres brillaron con más intensidad, absorbiendo parte del impacto, pero no todo. Varias almenas se derrumbaron, y los gritos de los defensores llegaron amortiguados por el viento.