La gema ya no ardía con la intensidad cegadora de la noche anterior, pero seguía cálida entre las manos de Kael, como si algo dentro de ella respirara al mismo ritmo que él. Llevaba así desde el amanecer: sentado en el borde de su cama estrecha, sin haber dormido, sin haberse cambiado siquiera la ropa manchada de hollín y polvo de piedra que había acumulado durante la Noche del Acero, contemplando aquel objeto que ya no reconocía como una simple curiosidad del Archivo Bajo, sino como una parte de sí mismo que había estado dormida durante dieciocho años.
La luz de la mañana se filtraba por la ventana estrecha de su alojamiento, recortando un rectángulo pálido sobre el suelo de piedra, y Kael observaba las motas de polvo danzando en ese haz con una atención ausente, como si el mundo exterior hubiera perdido nitidez y solo la gema, cálida y presente en sus palmas, conservara una realidad sólida a la que aferrarse. No recordaba haber soltado aquel objeto en toda la noche. No recordaba, en realidad, gran cosa de las horas posteriores al descenso al Archivo Bajo: solo fragmentos, imágenes sueltas, la voz antigua resonando en su interior como el eco de una campana que seguía vibrando mucho después de que el badajo hubiera dejado de golpear el bronce.
Heredero de una sangre que creíamos perdida.
Las palabras del dragón —si es que aquello había sido realmente un dragón, y no una alucinación provocada por el agotamiento y la tensión de meses de secretos acumulados— seguían resonando en su cabeza con una claridad que no le permitía descansar, aunque cada músculo de su cuerpo le suplicaba cerrar los ojos siquiera unos minutos.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de su ensimismamiento. Era Doren, con el rostro tan demacrado como el de Kael, cargando una bandeja con pan, queso y una jarra de agua que dejó sobre la pequeña mesa de la habitación sin decir palabra al principio. El maestro de los archivos se movía con esa torpeza lenta de quien ha pasado demasiadas horas despierto, y Kael notó, con una punzada de afecto silencioso, que Doren había vuelto a ponerse la túnica de archivero al revés, un descuido que jamás habría cometido en circunstancias normales.
—Draxcan entera habla de anoche —dijo finalmente, sentándose frente a Kael con el cansancio de quien no ha dormido en veinticuatro horas—. Los guardias han empezado a interrogar a cualquiera que estuviera despierto durante el ataque. Y hay rumores, Kael. Rumores sobre una luz dorada que se vio desde varios puntos de la ciudad, saliendo de esta misma torre.
Kael sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Cerró los dedos alrededor de la gema con un instinto protector que no sabía que poseía.
—¿Alguien sabe que vino de aquí? ¿Del Archivo Bajo?
—Todavía no con certeza. Pero el castillo está lleno de oídos, Kael, y los rumores tienen la costumbre de encontrar siempre el camino más rápido hacia quienes más interesados están en escucharlos. —Doren se pasó una mano por el rostro, con un gesto de agotamiento genuino—. Necesitamos guardar esa gema en un lugar más seguro que el Archivo Bajo. Y necesitamos que tú, por ahora, actúes con la máxima normalidad posible, por imposible que eso parezca después de lo que presenciamos anoche.
—¿Normalidad? Doren, un dragón me habló. Me llamó heredero.
—Lo sé. Y créeme que llevo toda la noche intentando comprender exactamente qué significa eso, sin llegar a ninguna conclusión que me tranquilice del todo. —Doren se inclinó hacia adelante, bajando la voz aunque estaban completamente solos—. Pero si alguien más además de nosotros dos llega a sospechar lo que ocurrió anoche en esas galerías, tu vida correrá un peligro considerablemente mayor del que ya enfrentabas. Los Guardianes de la Sangre Pura acaban de demostrar, de la forma más sangrienta posible, hasta dónde están dispuestos a llegar.
El silencio que siguió a esas palabras se prolongó un instante, cargado de un peso que ninguno de los dos necesitaba nombrar en voz alta. Kael guardó la gema en la pequeña bolsa de cuero que Doren le había entregado la noche anterior, ocultándola bajo la ropa, justo sobre el pecho, donde el calor sutil del objeto parecía fundirse con el latido de su propio corazón.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó al fin.
—Ahora, desayunamos. Luego, trabajamos. Y mientras tanto, yo intentaré averiguar exactamente cuánto saben ya los guardias y cuánto ha llegado a oídos del Senado. —Doren empujó la bandeja hacia él con un gesto que admitía poca discusión—. Come algo, muchacho. Vas a necesitar fuerzas para lo que se viene.
La ciudad, cuando Kael finalmente se aventuró a salir de su alojamiento hacia media mañana, obligado por Doren a presentarse en la sala de trabajo de los archivos como si aquel fuera un día cualquiera, mostraba las cicatrices evidentes de la noche anterior: columnas de humo todavía elevándose desde algunos puntos del Distrito Original, donde el fuego había consumido parte de las edificaciones más cercanas al santuario de tierra; guardias reforzados en cada intersección importante del Distrito Imperial, deteniendo a cualquier transeúnte que les pareciera mínimamente sospechoso; y un silencio tenso que se había instalado sobre Draxcan como una segunda niebla, invisible pero igualmente asfixiante que la que había cubierto la capital la noche anterior.
Incluso el aire olía distinto. No era solo el humo y la ceniza que flotaban en suspensión, sino una cualidad más sutil, más difícil de nombrar: la sensación de que algo se había roto durante aquellas horas de violencia, un velo de seguridad que los habitantes de Draxcan habían dado por sentado durante generaciones y que ahora, al retirarse, dejaba al descubierto una fragilidad que todos preferían no mirar de frente.
—Dieciséis muertos confirmados hasta el momento —comentó Orsin, el escriba con el que Kael había compartido la sesión del Senado semanas atrás, encontrándoselo por casualidad en el pasillo que conducía hacia la sala de archivos—. La mayoría soldados, aunque también hay civiles atrapados en el fuego cruzado. Y todavía siguen contando.