The King of Kingdoms: La Sombra sobre la Corona

Capítulo II: El Rey y El Muchacho

La solicitud de audiencia que Doren presentó esa misma noche ante el chambelán real no debería, en circunstancias normales, haber recibido respuesta antes de varios días, quizás semanas, considerando la posición modesta de un maestro de archivos y su aprendiz dentro de la jerarquía del castillo. Pero las circunstancias, como Kael había aprendido a comprender durante los últimos meses, ya no eran normales en absoluto, y la respuesta llegó apenas horas después, entregada por un paje real con instrucciones precisas: Kael Kraxter debía presentarse ante el rey Airoon Kaziu al amanecer del día siguiente, en privado, sin más acompañantes que el propio Doren.

El paje, un muchacho de rostro imberbe y modales ensayados, pronunció el mensaje con la formalidad de quien repite palabras que no comprende del todo, y se retiró sin esperar respuesta, dejando a Doren y Kael en un silencio cargado de implicaciones que ninguno de los dos se atrevió a romper de inmediato.

—Esto es más rápido de lo que esperaba —admitió Doren, releyendo el mensaje sellado con el emblema real por segunda vez, como si buscara en la caligrafía formal alguna pista adicional sobre las intenciones del rey—. Demasiado rápido, quizás, para tratarse de una simple cortesía hacia un archivero y su aprendiz.

—¿Crees que ya sabe algo?

—Creo, Kael, que un rey que ha gobernado Draxcan durante cincuenta años no llega a esa edad sin desarrollar una capacidad considerable para sentir cuándo algo importante se mueve bajo la superficie de su propio reino, incluso antes de que se lo confirmen explícitamente.

Kael apenas durmió esa noche, y cuando finalmente se presentó, poco antes del amanecer, ante las puertas privadas de los aposentos reales, sintió que las piernas apenas lograban sostenerlo con la firmeza que la ocasión exigía. Había cambiado su ropa de archivero por la única túnica limpia que poseía, cepillado el polvo de sus botas con un cuidado casi obsesivo, y ensayado mentalmente una y otra vez las palabras que pensaba pronunciar, aunque sospechaba que ninguna preparación podría bastar para afrontar lo que se avecinaba. Doren caminaba a su lado, con una calma exterior que Kael sospechaba costaba a su mentor un esfuerzo considerable mantener.

Los guardias que custodiaban la entrada los dejaron pasar tras una breve verificación, conduciéndolos hacia una sala privada considerablemente más modesta de lo que Kael había imaginado que correspondería a los aposentos de un rey: un espacio circular con ventanales altos que ya dejaban entrar la primera luz grisácea del amanecer, una mesa sencilla de madera oscura, y estanterías repletas de libros que sugerían, más que cualquier otro detalle de la decoración, los verdaderos intereses del hombre que ocupaba aquel espacio. No había tronos dorados ni tapices ostentosos; solo el olor a papel viejo, a cera de vela y a té recién preparado, una atmósfera que, inesperadamente, le recordó a Kael la sala de trabajo de Doren, como si ambos hombres compartieran una misma devoción por el conocimiento silencioso.

El rey Airoon Kaziu, sentado tras la mesa con una taza de té humeante entre las manos, era un hombre que llevaba sus setenta y cinco años con una dignidad cansada pero innegable: el cabello completamente blanco, el rostro surcado de arrugas que hablaban de décadas de decisiones difíciles, pero los ojos —de un tono castaño oscuro que Kael reconoció, con un escalofrío que no supo explicar del todo, como extrañamente familiares— conservaban una agudeza que desmentía cualquier fragilidad que su edad avanzada pudiera sugerir. Había algo en la forma en que aquellos ojos se posaron sobre Kael, una mezcla de curiosidad genuina y un reconocimiento silencioso, que le hizo sentir, por un instante inexplicable, que el rey no lo estaba viendo por primera vez.

—Doren —saludó el rey, con una voz suave pero cargada de una autoridad que no necesitaba proyectarse con volumen para hacerse sentir—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que solicitaste una audiencia privada.

—Majestad. —Doren se inclinó con una formalidad respetuosa—. Lamento la urgencia de la solicitud, pero las circunstancias actuales no permitían demoras adicionales.

—Eso sospechaba. —El rey dirigió entonces su atención hacia Kael, estudiándolo con una intensidad que hizo que el joven sintiera un escalofrío recorrerle la espalda, como si aquellos ojos castaños pudieran ver, de algún modo imposible, más allá de la simple apariencia de un aprendiz de archivero nervioso—. Y tú debes ser Kael Kraxter. He oído, en las últimas horas, mencionar tu nombre en circunstancias que me resultan considerablemente intrigantes.

—Siéntate, muchacho —indicó Airoon, señalando una de las sillas frente a su escritorio, con un gesto que combinaba la formalidad esperada de un monarca y una calidez inesperada que Kael no había anticipado—. Y tú también, Doren. Esta conversación merece cierta comodidad, considerando lo que sospecho que hemos de discutir.

Kael obedeció, sentándose con una rigidez que traicionaba su nerviosismo, mientras Doren tomaba asiento junto a él con una compostura considerablemente más lograda. El rey sirvió dos tazas de té adicionales, un gesto tan sencillo como inesperado, y las deslizó hacia ellos sobre la mesa sin prisa, como si dispusieran de todo el tiempo del mundo.

—Majestad, antes de que Kael comparta lo que necesita compartir, debo pedirle que considere la información con la mayor discreción posible. Lo que está a punto de escuchar podría poner en peligro la vida de este muchacho si llegara a oídos equivocados.

—Doren, llevo cincuenta años gobernando un reino lleno de secretos, traiciones y verdades incómodas. Pocas cosas me sorprenden ya, y menos aún me hacen actuar con imprudencia. —El rey bebió un sorbo de su té, con una calma que parecía diseñada, deliberadamente, para tranquilizar a ambos visitantes—. Habla, Kael. Cuéntame qué es lo que te ha traído hasta mi puerta con tanta urgencia.




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