The King of Kingdoms: La Sombra sobre la Corona

Capítulo III: El Precio de un Nombre

El nuevo alojamiento que Kael recibió, apenas dos días después de la audiencia con el rey, se encontraba en un ala considerablemente más cercana a los aposentos reales que el modesto cuarto que había ocupado durante seis años en el sector de servicio: una habitación pequeña pero digna, con una cama de tamaño respetable, un escritorio propio y, lo que más sorprendió a Kael, una ventana que ofrecía una vista completa del Distrito Imperial en lugar del muro estrecho de las cocinas que había contemplado durante años. La luz del atardecer se derramaba sobre los tejados de pizarra y las calles empedradas, y Kael se descubrió observando aquella panorámica con una mezcla de asombro y extrañeza, como si la ventana misma le recordara, con cada rayo de sol que entraba, cuánto había cambiado su posición dentro del castillo en apenas unos días.

—Se siente extraño —comentó, mientras Doren lo ayudaba a trasladar las pocas pertenencias que poseía—. Como si no me correspondiera este lugar.

—Te corresponde exactamente lo que el rey ha decidido que te corresponde, Kael, y considerando lo que hemos descubierto sobre tu verdadero origen, sospecho que este alojamiento modesto es apenas una fracción de lo que finalmente podría corresponderte. —Doren dejó la última caja sobre el escritorio nuevo, con una expresión que combinaba orgullo y una tristeza contenida ante el inevitable distanciamiento que aquel cambio representaba en su relación cotidiana—. Aunque confieso que voy a extrañar tenerte cerca todos los días.

—Yo también, Doren. Más de lo que puedo expresar.

La despedida fue breve, casi formal, como si ambos temieran que prolongarla hiciera más difícil el tránsito. Doren le entregó un último paquete —un juego de tinteros nuevos y una pluma de mejor calidad que la que Kael había usado durante años— y se retiró con la promesa de visitarlo con regularidad, dejando a Kael solo en aquella habitación que, pese a su comodidad, le parecía extrañamente vacía sin la presencia constante del maestro de los archivos.

El trabajo que Kael comenzó a realizar bajo su nuevo título de asistente personal del archivo real resultó ser, en la práctica, considerablemente más específico de lo que había anticipado: el rey le había asignado la tarea concreta de revisar y catalogar documentos relacionados con la fundación de Draxcan, con especial atención a cualquier referencia, por fragmentaria que fuera, a los Once Originales y a las líneas de sangre que habían descendido de ellos. Los documentos llegaban a su escritorio en cajas de madera selladas, cada una etiquetada con números que correspondían a un sistema de clasificación que Kael no había visto jamás en los archivos generales, y cada pergamino que extraía de ellas parecía más antiguo, más frágil, más cargado de historia que el anterior.

—Es el trabajo perfecto para ocultar la verdadera razón de tu presencia cerca de mí —le había explicado Airoon, durante una de las breves reuniones que mantenían cada pocos días para revisar los avances de la investigación—. Cualquiera que se pregunte por qué el archivero de los archivos generales ha sido promovido a trabajar directamente conmigo asumirá, sin mayor sospecha, que se trata simplemente de un interés académico compartido en la historia antigua del reino.

Y así, Kael pasó los días siguientes sumergido en documentos que jamás había tenido oportunidad de consultar durante sus años en los archivos generales: registros restringidos, correspondencia privada de generaciones anteriores de la familia real, e incluso fragmentos de textos considerablemente más antiguos que cualquier cosa que hubiera catalogado antes, escritos en una versión del idioma tan arcaica que requería referencias constantes a diccionarios especializados para su traducción completa. Cada mañana se sentaba ante su escritorio con una mezcla de reverencia y determinación, consciente de que cada página que pasaba podía contener la clave que buscaba, y cada noche se retiraba con la frustración de haber encontrado solo fragmentos, pistas, insinuaciones que no terminaban de encajar en un patrón coherente.

Fue durante una de esas sesiones de investigación, ya avanzada la tarde de su cuarto día en el nuevo puesto, cuando Kael se topó con algo que le heló la sangre de un modo que ningún documento anterior había logrado.

El texto era un fragmento de registro comercial, considerablemente más mundano en apariencia que cualquiera de los documentos históricos que había estado revisando, perteneciente a un catastro de propiedades del Distrito Humano fechado hacía más de dos siglos. Kael lo había apartado inicialmente como material de escaso interés para su investigación principal, colocándolo en una pila separada de documentos que pensaba devolver sin examinar en detalle, pero algo en el nombre que aparecía repetido a lo largo de varias entradas del catastro captó su atención de un modo que no supo explicar racionalmente al principio.

Familia Kraxter. Gremio de herreros. Propiedad registrada en el sector norte del Distrito Humano.

Vaelith le había mencionado, meses atrás, en la Torre de Estudios Arcanos, que su apellido pertenecía a una familia de herreros extinguida hacía dos siglos. Kael había archivado aquel dato como una curiosidad menor en aquel momento, sin concederle más importancia que la que merecía un dato aislado, pero ahora, con el contexto adicional que había acumulado sobre su propio origen, aquel fragmento de información adquiría un peso considerablemente distinto. Su mano se detuvo sobre el pergamino, los dedos recorriendo las letras de aquel nombre —su nombre— con una mezcla de fascinación y aprensión que no lograba sacudirse.

Continuó investigando, con una urgencia creciente, buscando cualquier registro adicional relacionado con aquella familia extinguida, hasta encontrar, en un archivo considerablemente más deteriorado que el catastro original, un documento que describía, con el lenguaje escueto propio de los registros administrativos, la disolución de la familia Kraxter tras la muerte de su último miembro conocido, hacía aproximadamente ciento noventa años. El pergamino estaba manchado por la humedad y la tinta se había corrido en algunos puntos, pero el texto central permanecía legible, y Kael lo leyó con una concentración que le impedía parpadear.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.