The King of Kingdoms: La Sombra sobre la Corona

Capítulo IV: La Hija de los Rosmar

La citación llegó en forma de una nota breve, escrita con la caligrafía angulosa e inconfundible de Maelt Rosmar, entregada a Lyssara por un sirviente de la casa familiar apenas una semana después de la Noche del Acero: Necesito hablar contigo esta noche. Ven sola.

El mensaje era escueto, sin saludos ni despedidas, y Lyssara lo leyó dos veces antes de doblarlo con un gesto brusco y guardarlo en el bolsillo de su uniforme, sintiendo que la tensión familiar, aquella presencia constante que había aprendido a sobrellevar durante años, se intensificaba de pronto como una herida antigua que se negaba a terminar de sanar. No era la primera vez que su padre solicitaba una conversación privada desde la revelación sobre el linaje familiar, pero el tono de la nota, considerablemente más cortante que las invitaciones habituales, hizo que Lyssara sintiera una tensión familiar asentarse en su estómago mientras se dirigía, esa misma tarde, hacia la residencia Rosmar tras finalizar su turno en el cuartel.

—¿Sabes de qué se trata? —le había preguntado a Talaida esa misma mañana, encontrándose brevemente con su hermana en el patio de instrucción antes de que ambas partieran hacia sus respectivas obligaciones. El sol de la mañana apenas comenzaba a calentar las piedras del patio, y el aire todavía conservaba el frescor húmedo de la noche, cargado de ese olor a ceniza que todavía no se había disipado del todo desde el ataque.

—Solo sé que padre ha estado considerablemente más tenso desde el ataque —había respondido Talaida, con una preocupación evidente—. Y sospecho que tu ascenso reciente, combinado con los rumores sobre tu enfrentamiento directo con Vycto Lasmec durante el combate, no han contribuido precisamente a calmar esa tensión.

—Mi enfrentamiento con Lasmec fue parte de mi deber como soldado. No veo por qué eso debería preocupar a padre más que cualquier otra acción que realicé esa noche.

—Precisamente porque fue un enfrentamiento directo, Lyssara. Contigo en el centro de la atención. Y sabes tan bien como yo que padre lleva toda la vida evitando que nuestra familia atraiga ese tipo de atención.

Maelt la esperaba en su despacho privado, no en el salón familiar donde solían compartir las cenas, un detalle que Lyssara interpretó de inmediato como señal de que aquella conversación tendría un carácter considerablemente más formal, y probablemente más confrontacional, de lo que las citaciones habituales solían implicar. El despacho, situado en la parte trasera de la residencia, con ventanas estrechas que apenas dejaban entrar la luz del atardecer, olía a cera de vela y a pergamino envejecido, un olor que a Lyssara siempre le había parecido extrañamente opresivo, como si las paredes mismas guardaran memoria de todas las decisiones difíciles que su padre había tomado en aquel espacio a lo largo de los años.

—Siéntate —indicó Maelt, sin levantar la vista de los documentos que revisaba sobre su escritorio, un gesto que Lyssara reconoció como una de las tácticas habituales de su padre para establecer una posición de autoridad antes incluso de comenzar cualquier conversación difícil.

—Prefiero permanecer de pie, padre. Dime qué necesitas decirme.

Maelt finalmente levantó la vista, con una expresión que combinaba cansancio y una determinación que Lyssara reconocía como preludio de un conflicto considerable. Sus ojos, del mismo tono castaño oscuro que Lyssara había heredado, la estudiaron con una intensidad que no dejaba lugar a dudas sobre la seriedad de lo que estaba a punto de plantear.

—El consejo militar se reunió esta mañana para discutir las consecuencias de la Noche del Acero. Tu nombre, Lyssara, se mencionó en más de una ocasión, y no precisamente de forma favorable.

—¿Qué se dijo exactamente?

—Que una capitana de escuadrón, apenas ascendida hace unas semanas, se enfrentó directamente a un miembro identificado de los Guardianes de la Sangre Pura, en un combate que podría haber terminado con su muerte, exponiendo a la familia Rosmar a un escrutinio público que llevamos generaciones evitando cuidadosamente. —Maelt se levantó, rodeando el escritorio para acercarse a ella con una intensidad que Lyssara reconocía de las escasas ocasiones en que su padre perdía, aunque fuera parcialmente, la compostura calculada que normalmente lo caracterizaba—. Se dijo, Lyssara, que tu comportamiento durante el combate demostró una temeridad impropia de alguien con tu linaje, considerando lo que ahora ambos sabemos sobre nuestra verdadera historia familiar.

Lyssara sintió que la indignación crecía en su interior, una reacción que había aprendido a controlar durante años de convivencia tensa con su padre, pero que esa noche encontraba considerablemente más difícil de contener. Apretó los puños a los costados, clavándose las uñas en las palmas para mantener la calma, y cuando habló, su voz sonó considerablemente más fría de lo que se había propuesto.

—¿Estás sugiriendo que debería haber huido del combate? ¿Que debería haber dejado que Vycto Lasmec continuara su ataque contra el santuario sin oponer resistencia?

—Estoy sugiriendo, Lyssara, que existen formas más prudentes de servir a este reino que exponerte directamente a un peligro que podría eliminar, de un solo golpe, la última esperanza que nuestra familia tiene de proteger el secreto que llevamos generaciones custodiando.

—¿De qué estás hablando exactamente, padre? —preguntó Lyssara, con una voz que combinaba incredulidad y una ira creciente—. ¿Preferirías que hubiera muerto de forma «prudente», en lugar de defender el santuario que, según tú mismo me contaste, tiene una conexión directa con nuestra propia sangre?

—Prefiero, Lyssara, que mi hija sobreviva para poder algún día asumir la responsabilidad que ese linaje eventualmente exigirá de ella, en lugar de arriesgar esa responsabilidad en combates que un soldado de rango inferior podría haber enfrentado con el mismo resultado, sin exponer directamente a la línea de sangre que debemos proteger a toda costa. —Maelt hizo una pausa, considerando sus siguientes palabras con un cuidado evidente—. Quiero que solicites una reasignación, Lyssara. Un puesto administrativo, quizás, o una función de entrenamiento de nuevos reclutas. Algo que te mantenga alejada del combate directo mientras la situación política actual permanezca tan inestable como lo está ahora.




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