The King of Kingdoms: La Sombra sobre la Corona

Capítulo V: La Academia y El Fuego

La maestra Ilyenne convocó a Talaida a una reunión privada apenas dos días después de la conversación nocturna que Talaida había mantenido con su hermana, con una nota breve que solicitaba su presencia en la biblioteca restringida de la Academia fuera del horario habitual de clases, un detalle que Talaida interpretó de inmediato como señal de que su investigación sobre la «sangre que regresaría» había producido algún tipo de reacción por parte de su maestra.

La nota, escrita en la caligrafía precisa y sin adornos de Ilyenne, no ofrecía explicación alguna sobre el motivo de la convocatoria, solo la hora exacta y la advertencia de que acudiera sola. Talaida la leyó tres veces antes de guardarla en el bolsillo de su túnica, sintiendo una mezcla de curiosidad y aprensión que la acompañó durante todo el día, distrayéndola de sus clases matutinas de teoría arcana y de los ejercicios de canalización vespertinos. Algo en aquella convocatoria, tan formal y tan deliberadamente misteriosa, le sugería que su maestra no se limitaría a una charla académica ordinaria.

—Has estado investigando temas que exceden considerablemente el nivel apropiado para una estudiante de tu año, Rosmar —dijo Ilyenne, sin preámbulos, cuando Talaida se presentó en la biblioteca aquella tarde, encontrando a la maestra elfa rodeada de pergaminos considerablemente más antiguos que cualquiera que Talaida hubiera tenido oportunidad de consultar en sus tres años de estudio. La biblioteca restringida ocupaba una sala subterránea de la Academia, accesible solo a través de una escalera de caracol custodiada por un guardia que había verificado la identidad de Talaida con una minuciosidad inusual antes de dejarla pasar, y el aire en su interior olía a papel envejecido, a cera de vela y a un leve aroma a hierbas que Talaida asociaba con los hechizos de preservación que protegían los documentos más delicados de la humedad y el paso del tiempo—. Y aunque aprecio tu curiosidad académica, necesito comprender mejor qué te ha llevado a interesarte tan específicamente en esta profecía en particular.

—Encontré una mención fragmentaria en uno de los textos que usted misma me permitió consultar hace semanas, sobre los tres niveles de canalización mágica —respondió Talaida, con cierta cautela, sopesando cuánto revelar sobre las revelaciones familiares que habían motivado, en realidad, su interés renovado en el tema—. Me pareció una conexión intrigante con nuestra propia historia como Elemens.

Ilyenne la observó con esa misma intensidad evaluadora que había mostrado durante la clase donde Talaida había preguntado por primera vez sobre el envejecimiento de los Elemens que practicaban magia prohibida, una mirada que sugería que la maestra sospechaba considerablemente más de lo que Talaida estaba dispuesta a compartir abiertamente. Los ojos claros de la elfa, del color de la miel vieja, parecían capaces de leer no solo las palabras que Talaida pronunciaba, sino también las que callaba.

—Muy bien, Rosmar. No voy a presionarte para que reveles motivaciones que evidentemente prefieres mantener privadas. Pero considerando la seriedad con que has abordado esta investigación, he decidido que mereces acceso a información adicional, con la condición de que la manejes con la máxima discreción posible.

Ilyenne extendió sobre la mesa un pergamino considerablemente más deteriorado que cualquiera de los textos que Talaida había consultado hasta entonces, escrito en una caligrafía tan antigua que apenas resultaba legible sin la ayuda de referencias especializadas que Ilyenne proporcionó pacientemente conforme avanzaban en la traducción conjunta. La mesa sobre la que trabajaban era alargada y de madera oscura, marcada por décadas de uso, y Talaida se inclinó sobre el pergamino con una reverencia instintiva, consciente de que aquel documento representaba un fragmento de historia considerablemente más antiguo que la mayoría de los textos que jamás tendría oportunidad de consultar en su carrera académica.

—Este texto data de apenas dos generaciones después de la fundación de Draxcan —explicó Ilyenne, mientras ambas trabajaban en descifrar el contenido—. Fue escrito por uno de los primeros cronistas oficiales del reino, un hombre cuya identidad se ha perdido con el tiempo, pero cuyo trabajo sobrevivió, fragmentariamente, en los archivos más restringidos de esta Academia.

El texto, una vez traducido con la ayuda experta de Ilyenne, revelaba un relato considerablemente más detallado de la Gran Disputa que Talaida había escuchado mencionar de pasada por su hermana, aunque desde una perspectiva marcadamente distinta a la que Kael había descubierto en sus propias investigaciones dentro del castillo, sin que ninguna de las dos partes involucradas en descubrimientos paralelos tuviera todavía forma de saberlo.

Cuando los Once se dividieron, la sangre de los dragones fundadores se dividió con ellos. Algunos sostuvieron que el vínculo con las criaturas ancestrales debía transmitirse exclusivamente a través de la línea real reconocida, garantizando así estabilidad y continuidad en el gobierno del reino naciente. Otros, sin embargo, creyeron que el propio vínculo con los dragones poseía una voluntad propia, capaz de manifestarse en cualquier descendiente de sangre pura, sin importar cuán distante estuviera de la línea directa de sucesión, cuando las circunstancias del reino así lo exigieran.

Esta segunda facción, antes de abandonar las tierras de Draxcan para fundar lo que hoy se conoce como Eltrix, dejó una advertencia escrita, transmitida de generación en generación entre quienes permanecieron leales a su visión: que llegaría un día en que la sangre olvidada regresaría, manifestándose en alguien que la línea oficial jamás hubiera anticipado, y que ese regreso pondría a prueba la propia legitimidad del reino que los fundadores originales habían construido juntos.

Talaida leyó aquel pasaje dos veces, sintiendo que cada palabra resonaba en ella con un peso que no lograba explicar del todo. La profecía que había estado persiguiendo durante semanas, fragmentaria y confusa en los textos menores, aparecía ahora con una claridad que resultaba, de algún modo, más inquietante que la ambigüedad anterior.




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