Francesca Kaziu había pasado la semana posterior a la Noche del Acero cultivando, con una paciencia meticulosa que pocos en el castillo habrían asociado con la imagen pública que proyectaba de princesa dedicada principalmente a la jardinería y las conversaciones sociales, una red de contactos considerablemente más extensa y variada que cualquiera que hubiera construido en años anteriores. Las horas que no dedicaba a recibir informes o a intercambiar mensajes cifrados con sus contactos dispersos por toda la capital las empleaba en el Salón de las Rosas Negras, revisando una y otra vez las listas de nombres que Ariel le preparaba, trazando líneas de conexión entre familias, senadores y facciones con la misma meticulosidad con que un cartógrafo trazaría los contornos de un territorio desconocido.
—Tenemos confirmación de siete senadores dispuestos a reunirse contigo en privado durante los próximos días —informó Ariel, revisando una lista cuidadosamente codificada que ambas mujeres habían desarrollado para proteger la identidad de sus contactos de cualquier ojo indiscreto que pudiera interceptar sus comunicaciones—. Tres del bloque humano, dos elfos, uno mago, y sorprendentemente, uno del Distrito Original.
—El senador Elemen me interesa particularmente —comentó Francesca, revisando la lista con una atención minuciosa, sus dedos recorriendo las anotaciones al margen que Ariel había añadido sobre cada nombre—. Los Guardianes de la Sangre Pura atacaron directamente el santuario del Distrito Original durante la Noche del Acero. Cualquier senador de esa comunidad debe sentir, en este momento, una vulnerabilidad profunda que podríamos aprovechar para establecer una alianza genuinamente útil.
Ariel asintió, guardando la lista en un compartimento oculto del escritorio de Francesca, un gesto que ambas ejecutaban con la precisión de una rutina largamente practicada.
—¿Quieres que organice las reuniones en algún orden específico?
—Primero los elfos y el mago, mientras su indignación por el ataque está todavía fresca. Después los humanos, una vez que los demás hayan creado un precedente que los haga sentir menos expuestos al comprometerse. Y al senador Elemen lo dejaremos para el final, cuando ya tenga la seguridad de que no está solo en esta alianza incipiente.
La primera reunión de aquella serie cuidadosamente orquestada tuvo lugar dos días después, en el jardín este del castillo, el mismo espacio discreto donde Francesca había recibido, semanas atrás, al senador Voss para su conversación inicial sobre la enmienda racial. Esta vez, sin embargo, su visitante era considerablemente distinto: Threnwick, el senador Elemen cuya intervención apasionada durante el debate sobre los Once Originales había captado la atención de Kael durante su primera experiencia como escriba auxiliar en el Senado.
Threnwick llegó puntual, vestido con las túnicas formales de senador pero sin la gema de conexión visible que solía portar en las sesiones oficiales, un detalle que Francesca notó de inmediato y archivó mentalmente como señal de que el senador deseaba mantener aquella visita lo más discreta posible. Su rostro, de rasgos marcados por la edad y por décadas de servicio público, mostraba una tensión que Francesca reconoció como la de un hombre que llevaba semanas sin dormir adecuadamente.
—Princesa —saludó Threnwick, con una formalidad que ocultaba apenas la inquietud que lo acompañaba—. Agradezco que haya encontrado tiempo para recibirme, aunque confieso cierta curiosidad sobre el propósito exacto de esta invitación.
—Senador Threnwick, permítame ser directa, ya que sospecho que ambos apreciamos más la franqueza que las formalidades innecesarias en momentos como este. —Francesca lo condujo hacia un banco de piedra junto a la fuente central, con la misma elegancia calculada que empleaba en cada interacción política cuidadosamente diseñada—. El ataque de los Guardianes de la Sangre Pura contra el santuario elemental del Distrito Original no fue un acto aleatorio de violencia indiscriminada. Fue, según toda la evidencia que he logrado reunir, un ataque dirigido específicamente contra su comunidad, con propósitos que van mucho más allá de la simple intimidación política.
Threnwick se tensó visiblemente ante aquella afirmación directa, y por un instante, Francesca percibió en sus ojos una chispa de alarma que confirmó sus sospechas: el senador sabía, o al menos intuía, más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—¿Qué sabe usted exactamente sobre los propósitos de ese ataque?
—Sé, senador, que existe información considerablemente sensible relacionada con líneas de sangre antiguas de su comunidad, información que los Guardianes buscan con una determinación que sospecho usted mismo podría comprender mejor que la mayoría de los miembros del Senado actual. —Francesca lo observó con una intensidad calculada, midiendo cuidadosamente la reacción de su interlocutor ante cada palabra pronunciada—. Y sé que su comunidad necesita, más que nunca en generaciones recientes, aliados dentro de las estructuras de poder de Draxcan dispuestos a proteger esa información, y a las personas conectadas con ella, de quienes buscan explotarla con propósitos considerablemente menos benévolos.
—¿Está usted ofreciendo esa protección, princesa? —preguntó Threnwick, con una cautela evidente que no lograba ocultar del todo un interés genuino ante la propuesta implícita.
—Estoy ofreciendo, senador, una alianza mutuamente beneficiosa. Mi posición dentro de la corte, aunque carente de poder político formal, me proporciona acceso a información y a canales de influencia que podrían resultar muy útiles para proteger los intereses de su comunidad. A cambio, esperaría contar con su apoyo, y potencialmente el de otros senadores de su comunidad, en asuntos futuros donde nuestros intereses coincidan.
—¿Qué tipo de asuntos, exactamente?
Francesca sonrió, con esa calidez calculada que empleaba siempre en los momentos más delicados de sus negociaciones políticas. Dejó que sus dedos rozaran la superficie del agua de la fuente, en un gesto que parecía puramente contemplativo pero que, como todo lo que hacía, estaba diseñado para crear una pausa deliberada en la conversación.