La sesión del Senado convocada para discutir las consecuencias oficiales de la Noche del Acero resultó ser, según pudo comprobar Kael desde su nueva posición como asistente personal del archivo real, considerablemente más tensa que cualquiera de las sesiones anteriores a las que había asistido como simple escriba auxiliar meses atrás. La Cámara circular, con su cúpula de cristal que normalmente dejaba entrar una luz diáfana y uniforme, parecía aquella mañana más oscura, como si el propio sol se resistiera a iluminar un espacio cargado de una tensión tan palpable que Kael podía sentirla en el aire, espesa y eléctrica, desde el momento en que cruzó el umbral.
Los senadores ocupaban sus asientos en un silencio inusualmente absoluto, sin las conversaciones dispersas y los saludos protocolarios que Kael recordaba de la sesión anterior. Algunos evitaban mirarse directamente, como si el simple contacto visual con un colega de otra facción pudiera interpretarse como una declaración de alianzas que preferían no hacer todavía explícita. Otros, por el contrario, mantenían la mirada fija al frente, con una rigidez que delataba la tensión contenida de quienes se preparaban para una batalla verbal considerablemente más intensa que cualquier debate político convencional.
—El rey ha solicitado que asistas como observador, no como escriba —le había explicado Airoon esa misma mañana, durante su reunión habitual de revisión de investigaciones—. Quiero que veas de primera mano cómo se desarrolla la política de este reino en momentos de crisis genuina, y quiero también tu propia perspectiva sobre las facciones que emergen durante este debate, considerando lo que has aprendido recientemente sobre la Gran Disputa y sus ecos persistentes en nuestra política actual.
Kael ocupó, aquella mañana, un asiento discreto en una de las gradas superiores de la Cámara del Senado, considerablemente alejado de la mesa de escribas donde había trabajado durante su primera experiencia en aquel espacio, observando con una atención renovada mientras los senadores se acomodaban en sus posiciones habituales. Ya no era un simple archivero cuya presencia pasaba desapercibida entre el personal administrativo del castillo; ahora era un observador oficial, investido con la autoridad implícita de su cercanía al rey, y notó, con una incomodidad que no lograba disipar del todo, las miradas ocasionales que se posaban sobre él con una curiosidad apenas disimulada.
—Se abre esta sesión extraordinaria del Senado de Draxcan —anunció el Gran Canciller, con una gravedad considerablemente mayor que la que Kael recordaba de la sesión anterior, golpeando el podio central con un bastón de madera oscura que resonó en el silencio de la Cámara como un martillo sobre un yunque—, convocada para discutir las consecuencias directas del ataque conocido ya, entre la población de esta capital, como la Noche del Acero.
El primero en tomar la palabra fue el senador Kestrel, cuya presencia en la Cámara sorprendió considerablemente a Kael, que había asumido, dada su evidente conexión con Vycto Lasmec y los Guardianes de la Sangre Pura, que el senador habría sido al menos suspendido de sus funciones tras el ataque. Kestrel se puso en pie con una compostura que Kael encontró genuinamente inquietante, como si el senador hubiera ensayado aquel discurso ante un espejo, puliendo cada gesto, cada inflexión de voz, hasta alcanzar una perfección que resultaba, por su propia artificialidad, más amenazante que cualquier muestra de nerviosismo.
—Honorables senadores —comenzó Kestrel, con una voz que proyectaba una calma deliberada, casi ensayada—, el ataque que sufrimos hace apenas dos semanas representa una tragedia que ningún miembro de este Senado debería tomar a la ligera. Las vidas perdidas, las propiedades destruidas, la confianza fracturada de nuestra ciudadanía: todo ello exige una respuesta seria y coordinada de nuestra parte. Pero debo advertir, con la máxima seriedad posible, contra cualquier intento de utilizar esta tragedia para justificar acusaciones precipitadas contra senadores o facciones políticas legítimas, basándose únicamente en asociaciones circunstanciales que todavía no han sido probadas con la rigurosidad que la justicia de este reino exige.
Un murmullo de indignación recorrió las gradas destinadas a los senadores elfos y magos, y Kael notó, con una atención renovada, cómo la senadora Ilvara se levantaba con una expresión que combinaba furia contenida y una determinación considerable. Su túnica senatorial, de un verde profundo que contrastaba con los tonos grises y oscuros de sus colegas humanos, parecía ondear ligeramente con su movimiento, como si incluso la tela respondiera a la intensidad de su indignación.
—Senador Kestrel habla de «asociaciones circunstanciales» —dijo Ilvara, con una voz que resonaba con una intensidad considerablemente mayor que la que había empleado durante el debate anterior sobre la enmienda racial—, pero permítame recordar a este Senado que varios de los atacantes capturados portaban un símbolo específico, un círculo dividido en tres secciones, que coincide exactamente con el sello encontrado meses atrás entre correspondencia confiscada de la familia Lasmec, familia con la cual el propio senador Kestrel mantiene relaciones considerablemente cercanas.
—Esas son acusaciones sin fundamento probado, senadora —respondió Kestrel, con un tono que combinaba indignación calculada y una defensividad que Kael, con la experiencia acumulada de meses observando las dinámicas políticas del Senado, reconocía como señal de que el senador se sentía considerablemente más amenazado de lo que su expresión externa pretendía sugerir. Sus manos se aferraron al borde del atril con una fuerza que le blanqueaba los nudillos, y por un instante fugaz, Kael percibió en sus ojos algo que no era miedo, sino una especie de desprecio contenido, como si Kestrel considerara la mera idea de tener que defenderse ante aquella Cámara una afrenta personal.