La reunión con Ilan Elmer, programada para la semana siguiente a la sesión tensa del Senado, obligó a Kael a reorganizar buena parte de su rutina de investigación habitual, aunque el rey había insistido en que continuara, paralelamente, con su trabajo de catalogación de documentos históricos relacionados con los Once Originales, considerando que cualquier información adicional que pudiera reunir sobre la Gran Disputa y sus consecuencias resultaría valiosa para comprender mejor la magnitud completa de la amenaza que representaban los Guardianes de la Sangre Pura.
Los días transcurrían con una regularidad que Kael había aprendido a apreciar como un ancla de estabilidad en medio de la incertidumbre que rodeaba cada aspecto de su nueva vida: mañanas dedicadas a la catalogación de documentos, tardes de investigación en la biblioteca privada del rey, y noches durante las cuales la gema descansaba junto a su cama, emitiendo aquel calor constante y reconfortante que se había convertido en una presencia tan familiar como la propia respiración. Sin embargo, fue durante una de esas sesiones de investigación, apenas dos días antes de la reunión programada con el diplomático, cuando Kael experimentó algo que lo dejaría considerablemente más inquieto que cualquier descubrimiento documental que hubiera realizado hasta entonces.
Trabajaba aquella tarde en una sección del archivo real que jamás había tenido oportunidad de explorar antes, un pequeño depósito adyacente a la biblioteca privada del rey, donde se guardaban objetos considerados demasiado sensibles o peligrosos para exhibirse abiertamente, incluso dentro de los límites relativamente restringidos del propio archivo real. Airoon le había proporcionado acceso a aquel espacio apenas el día anterior, con instrucciones específicas de catalogar cuidadosamente cada objeto sin manipular nada que pareciera poseer propiedades mágicas activas sin supervisión adicional. La advertencia había sido clara, y Kael la había recibido con la seriedad que merecía, pero nada en aquella advertencia lo había preparado para lo que encontraría en el interior.
El depósito, considerablemente más pequeño que cualquier otra sección del archivo que Kael hubiera visitado, contenía una colección ecléctica de objetos: armas antiguas cuya hoja conservaba grabados en un idioma que Kael no reconocía, fragmentos de armadura decorados con símbolos similares a los que había estudiado en sus investigaciones sobre los Once Originales, y, en una vitrina cerrada al fondo del espacio, un objeto que capturó la atención de Kael con una intensidad que le resultó, casi de inmediato, dolorosamente familiar. El aire en el depósito era denso, cargado de un olor a metal viejo y a algo más sutil que Kael no supo identificar, algo que le recordaba al aroma que había percibido en el Archivo Bajo durante la noche en que la gema despertó.
Era una escama, del tamaño aproximado de la palma de su mano, de un color dorado oscuro que parecía absorber la luz de las lámparas del depósito en lugar de simplemente reflejarla, con una textura que sugería una dureza considerable pese a su apariencia relativamente delicada. Descansaba sobre un lecho de terciopelo descolorido por el paso de los siglos, protegida por el cristal de la vitrina, y sin embargo Kael sintió, desde el momento en que sus ojos se posaron sobre ella, que aquel objeto lo estaba llamando, con una voz silenciosa que no se escuchaba con los oídos sino con algo considerablemente más profundo.
Kael se acercó a la vitrina, sintiendo que algo en su pecho respondía a la presencia de aquel objeto con una intensidad similar, aunque no idéntica, a la que había sentido semanas atrás en presencia de la gema del Archivo Bajo, ahora guardada bajo llave en un compartimento seguro dentro de sus propios aposentos, por instrucción expresa del rey. Su respiración se volvió más lenta, más profunda, como si su propio cuerpo intentara sincronizarse con algún ritmo que solo la escama podía percibir.
La etiqueta junto a la vitrina, escrita con una caligrafía considerablemente más antigua que la mayoría de los documentos que Kael había catalogado hasta entonces, ofrecía apenas una breve descripción: Escama recuperada de las ruinas del primer santuario dracónico, destruido durante la Gran Disputa. Origen exacto desconocido.
Kael dudó, recordando la advertencia explícita de Airoon sobre no manipular objetos con propiedades mágicas activas sin supervisión, pero la atracción que sentía hacia aquella escama resultaba considerablemente más intensa que cualquier precaución racional que pudiera aplicar en aquel momento. Era como si una fuerza exterior a su propia voluntad lo impulsara a acercarse, a tocar, a establecer un contacto que su mente consciente reconocía como potencialmente peligroso pero que su cuerpo, traicionando sus instintos de autoconservación, anhelaba con una intensidad que no lograba explicar.
Extendió la mano, con un cuidado deliberado, hacia el cierre de la vitrina, y apenas sus dedos rozaron el cristal que la protegía, la escama comenzó a vibrar con una intensidad creciente, emitiendo un resplandor dorado tenue que se intensificaba con cada segundo que Kael permanecía cerca de ella. La vibración se extendió desde la vitrina hacia el suelo, hacia las paredes, hacia el propio aire del depósito, hasta que Kael sintió que todo el espacio a su alrededor resonaba con una frecuencia que se sincronizaba, de un modo perturbador, con el latido acelerado de su propio corazón.
—No debería haber hecho eso —murmuró, retrocediendo instintivamente, aunque el resplandor continuó intensificándose incluso después de que hubiera roto el contacto directo con el cristal de la vitrina.
Un dolor repentino, agudo, se extendió por su pecho, considerablemente más intenso que cualquier sensación que hubiera experimentado durante sus encuentros previos con la gema del Archivo Bajo. Kael cayó de rodillas, con las manos presionadas contra su propio pecho, sintiendo que algo dentro de él —su segundo corazón, comprendió con una claridad aterradora en medio del dolor, el corazón elemental que Doren le había explicado meses atrás— latía con una fuerza y una velocidad que ningún corazón humano debería experimentar jamás. El latido resonaba en sus oídos como un tambor desbocado, y el resplandor dorado de la escama se reflejaba en las paredes del depósito, proyectando sombras danzantes que parecían, en su estado de confusión creciente, cobrar vida propia.