Kael no había visitado a Doren en su alojamiento personal durante los meses que llevaba trabajando bajo la supervisión directa del rey, un descuido que le pesaba considerablemente cada vez que consideraba cuánto le debía a su antiguo mentor, y que decidió finalmente remediar una tarde libre, apenas una semana después del episodio con la escama dracónica, cuando Orwenna le sugirió que descansara completamente de cualquier actividad relacionada con su entrenamiento inminente.
El camino hacia el alojamiento de Doren lo llevó por pasillos del castillo que no transitaba desde hacía semanas, alejados de las dependencias reales donde ahora pasaba la mayor parte de sus días, y Kael se descubrió observando aquellos corredores con una nostalgia inesperada, como si cada piedra, cada antorcha, cada tapiz descolorido por el tiempo le recordara una versión anterior de sí mismo que ya no existía. El aire en aquella sección del castillo olía a cera de vela y a tinta vieja, el mismo olor que había respirado durante seis años de trabajo en los archivos generales, y por un instante, Kael sintió una punzada de añoranza por la simplicidad de aquella vida que había quedado atrás, cuando su mayor preocupación era llegar puntual al trabajo y no cometer errores en la catalogación de pergaminos.
El alojamiento de Doren, un pequeño apartamento en el sector destinado a los maestros de mayor antigüedad dentro del personal del castillo, resultó considerablemente más modesto de lo que Kael había imaginado, aunque decorado con una calidez personal que contrastaba marcadamente con la austeridad funcional de los archivos donde había pasado la mayor parte de su vida laboral. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros encuadernados en cuero desgastado, y sobre la repisa de la pequeña chimenea descansaban varios objetos que Kael reconoció como recuerdos de los años de servicio de su mentor: una pluma antigua con el plumaje gastado, un fragmento de pergamino enmarcado con una caligrafía especialmente elaborada, y una pequeña figura tallada en madera que representaba, según recordaba Kael vagamente, un dragón en miniatura.
—No esperaba visitas hoy —dijo Doren, sorprendido genuinamente al abrir la puerta y encontrar a Kael esperando afuera, aunque su expresión se iluminó rápidamente con una calidez que confirmaba cuánto había extrañado, también él, la compañía cotidiana que habían compartido durante años—. Pasa, pasa. Justo estaba preparando té.
Se sentaron juntos en la pequeña sala del apartamento, con Kael relatando, con considerable detalle, los acontecimientos de las últimas semanas: el episodio con la escama dracónica, el entrenamiento inminente bajo la tutela de Draecus, y las conexiones cada vez más evidentes entre su propio destino y el de la familia Rosmar. Doren escuchó cada palabra con una atención absoluta, interrumpiendo solo ocasionalmente para pedir aclaraciones sobre algún detalle específico, y Kael notó, con una mezcla de gratitud y melancolía, cuánto había extrañado aquella forma particular de escucha atenta que su mentor siempre le había ofrecido, esa capacidad de hacer que uno se sintiera completamente comprendido incluso antes de terminar de formular sus pensamientos.
—Draecus —repitió Doren, con una expresión que Kael no lograba interpretar completamente, una mezcla de reconocimiento y algo parecido a una vieja tristeza que Kael no había visto en el rostro de su mentor desde la noche en que le había mostrado la cicatriz dejada por su primer contacto imprudente con la gema del Archivo Bajo—. Conozco ese nombre. Hace muchos años, cuando yo era considerablemente más joven, tuve una relación cercana con alguien que servía bajo su mando.
Kael sintió que la curiosidad se despertaba en él con una intensidad renovada, recordando la vaguedad con la que Doren se había referido, meses atrás, a la persona que le había hablado por primera vez sobre los rumores relacionados con su propio nacimiento extraordinario. Aquella persona, cuyo nombre Doren había evitado cuidadosamente revelar, representaba uno de los pocos hilos sueltos que quedaban en la historia que su mentor le había contado gradualmente durante los últimos meses.
—¿Era esa la misma persona que te habló de mí originalmente?
Doren se quedó en silencio durante un momento considerablemente largo, con la taza de té sostenida entre ambas manos sin llevarla a sus labios, procesando evidentemente si aquel era finalmente el momento de compartir una historia que llevaba, según sospechaba Kael con una certeza creciente, guardando con considerable dolor durante décadas. Sus ojos, normalmente tan agudos e inquietos, se posaron en un punto indefinido del aire frente a él, como si contemplara imágenes que solo él podía ver.
—Sí, Kael. Era la misma persona.
—¿Quieres contarme sobre ella? —preguntó Kael, con la delicadeza que la evidente vulnerabilidad de Doren en aquel momento exigía.
—Se llamaba Aylen. Era una soldado Elemen, considerablemente talentosa, con una afinidad de agua que la convertía en una de las mejores nadadoras y sanadoras de combate de su generación. —Doren finalmente bebió un sorbo de su té, con una expresión que combinaba nostalgia y un dolor que, evidentemente, el paso de los años no había logrado disipar completamente—. Nos conocimos cuando yo trabajaba todavía en un puesto considerablemente más activo dentro de los archivos, gestionando registros militares que requerían coordinación frecuente con el cuartel del Distrito Original.
La voz de Doren se suavizó al pronunciar el nombre de Aylen, y Kael percibió, en la forma en que su mentor lo decía, el peso de un amor que había sobrevivido décadas de ausencia, transformándose de una herida abierta en una cicatriz profunda que, sin embargo, seguía doliendo al ser tocada.
—¿Qué pasó entre ustedes?
—Nos enamoramos, Kael. De la forma más simple y complicada posible al mismo tiempo. —Doren sonrió, aunque la sonrisa cargaba una tristeza evidente—. Ella era Elemen, yo era humano, y la Ley de Prohibición de Mezcla entre Razas, aunque no prohibía explícitamente las relaciones románticas entre nuestras dos razas específicas en aquel entonces, sí prohibía el matrimonio formal y, considerablemente más doloroso para nosotros, cualquier posibilidad de que nuestros hijos, si algún día decidiéramos tenerlos, pudieran heredar legítimamente cualquier propiedad o título asociado con la línea familiar de Aylen.