Paul Elmer no había vuelto a visitar a Vycto Lasmec desde la Noche del Acero, un distanciamiento que consideraba tanto prudente como inevitable dadas las circunstancias, pero que se vio interrumpido abruptamente cuando su padre, Ilan, le informó, con una expresión considerablemente más tensa de lo habitual, que la familia Lasmec había solicitado formalmente una reunión diplomática.
La noticia llegó una mañana gris, con el cielo encapotado sobre Draxcan y una llovizna fina que difuminaba los contornos de las mansiones del Distrito Imperial, un clima que a Paul le pareció extrañamente apropiado para el tipo de conversación que se avecinaba. Llevaba semanas evitando pensar en Vycto, concentrándose en sus propias responsabilidades como aprendiz diplomático y en las investigaciones discretas que su padre le había encomendado sobre las conexiones internacionales de los Guardianes de la Sangre Pura, pero la mención del apellido Lasmec bastó para devolverle, con una intensidad que no esperaba, todo el peso de aquella amistad fracturada.
—¿Con qué propósito? —preguntó Paul, sintiendo que un escalofrío de alarma le recorría la espalda ante aquella noticia inesperada.
—Oficialmente, para discutir la situación legal de Vycto, todavía detenido en las mazmorras del castillo mientras se completa la investigación sobre su participación en el ataque. —Ilan revisaba, mientras hablaba, una serie de documentos formales relacionados con la solicitud diplomática, con el ceño fruncido en una concentración que Paul reconocía como señal de que su padre consideraba aquella situación considerablemente más delicada de lo que los formalismos burocráticos sugerían—. Extraoficialmente, sospecho que la familia Lasmec busca comprender exactamente cuánta evidencia posee la Corona contra ellos, y potencialmente negociar algún tipo de acuerdo que limite las consecuencias políticas y económicas de la implicación de Vycto en los Guardianes de la Sangre Pura.
—¿Y qué papel se supone que debo jugar yo en esta reunión?
Ilan levantó la vista de sus documentos, observando a su hijo con una expresión que combinaba orgullo cauteloso y una preocupación genuina. Dejó los papeles sobre el escritorio con un gesto pausado, como si necesitara liberar las manos para concentrarse plenamente en la conversación que estaba a punto de mantener.
—La familia Lasmec ha solicitado específicamente tu presencia, Paul. Consideran, según el mensaje formal que recibimos, que tu amistad previa con Vycto podría facilitar una conversación considerablemente más productiva de lo que lograríamos a través de canales exclusivamente formales.
—¿Y tú qué opinas de esa solicitud?
—Opino que es una táctica razonable por su parte, y una oportunidad potencialmente valiosa por la nuestra. —Ilan se recostó en su silla, con la expresión pensativa que Paul había aprendido a asociar con las reflexiones estratégicas más profundas de su padre—. Si la familia Lasmec está dispuesta a negociar, aunque sea de forma indirecta, podríamos obtener información considerablemente valiosa sobre la estructura interna de los Guardianes de la Sangre Pura, información que ni siquiera la investigación oficial del Senado ha logrado reunir hasta ahora. Pero necesito que entiendas, Paul, que esta reunión no será fácil para ti. Vycto fue tu amigo, y enfrentarte a su familia en estas circunstancias te obligará a navegar entre lealtades contradictorias que ningún entrenamiento diplomático puede preparar completamente para manejar.
—Lo entiendo, padre. Y estoy dispuesto a hacerlo.
La reunión se celebró dos días después, en una sala privada del castillo reservada habitualmente para negociaciones diplomáticas de considerable sensibilidad. La sala, situada en un ala del castillo que Paul rara vez visitaba, estaba decorada con una sobriedad funcional que contrastaba marcadamente con la opulencia de las salas de recepción oficiales: una mesa alargada de madera oscura, sillas de respaldo recto dispuestas simétricamente a ambos lados, y ventanas altas que dejaban entrar una luz difusa y grisácea que se sumaba a la atmósfera de gravedad que impregnaba el espacio.
Paul se presentó junto a su padre, encontrando ya presentes a los padres de Vycto, un matrimonio de rasgos aristocráticos considerablemente tensos bajo la formalidad cuidadosamente mantenida de la ocasión. Rendric Lasmec, el patriarca, vestía las ropas oscuras de luto que se había puesto desde la captura de su hijo, y su esposa, Serenna, permanecía junto a él con una rigidez que delataba el esfuerzo constante de mantener la compostura. Ambos saludaron a Paul con una cordialidad que no lograba ocultar del todo la desesperación subyacente de quienes ven negociar no solo la libertad de un hijo, sino la supervivencia misma de un apellido.
—Ilan, Paul —saludó Rendric Lasmec, con una cordialidad que apenas lograba disimular la tensión evidente de la situación—. Agradecemos que hayan aceptado esta reunión en circunstancias tan... delicadas.
—Comprendemos la gravedad de la situación, Rendric —respondió Ilan, con la diplomacia calculada que Paul había aprendido a admirar durante años observando el trabajo de su padre—. Aunque debo ser franco: la Corona posee evidencia considerable de la participación directa de Vycto en el ataque de la Noche del Acero, evidencia que dificulta considerablemente cualquier resolución que no involucre consecuencias legales serias.
Las palabras de Ilan, pronunciadas con una calma que resultaba casi cruel por su precisión, cayeron sobre la sala como una sentencia. Serenna Lasmec palideció visiblemente, y Paul notó, con una punzada de incomodidad, cómo sus manos se aferraban con fuerza al borde de la mesa, como si aquel gesto pudiera sostenerla frente a la magnitud de lo que acababa de escuchar.
La conversación se desarrolló durante la siguiente hora con una tensión creciente, con Rendric Lasmec intentando, mediante diversas estrategias diplomáticas, minimizar la responsabilidad directa de su hijo, sugiriendo que Vycto había sido manipulado o coaccionado por elementos considerablemente más peligrosos dentro de los Guardianes de la Sangre Pura, mientras Ilan mantenía una posición firme pero considerablemente más matizada de lo que Paul había anticipado, sugiriendo que la cooperación completa de Vycto en la investigación oficial podría resultar en un tratamiento considerablemente más favorable durante cualquier proceso judicial futuro. Era, comprendió Paul mientras escuchaba, el tipo de negociación que su padre había perfeccionado durante décadas de servicio diplomático: la combinación precisa de presión y apertura, de amenaza implícita y oferta velada, diseñada para conducir al interlocutor hacia una conclusión que pareciera propia cuando en realidad había sido cuidadosamente orquestada desde el principio.