The King of Kingdoms: Los Cimientos de la Ceniza

Capítulo I: Las Cenizas del Pasado

La luz del amanecer terminó de extenderse sobre el despacho privado del rey mientras Airoon Kaziu permanecía todavía inmóvil frente al pergamino extendido sobre su mesa, con el símbolo del Ala Silenciosa mirándolo desde el margen deteriorado del documento como una acusación silenciosa que había esperado, paciente, más de mil años para finalmente ser reconocida por alguien capaz de comprender su verdadero peso. Las primeras horas de la mañana, habitualmente las más tranquilas de todo el castillo, transcurrían afuera con una normalidad que al rey le resultaba casi obscena, como si el mundo exterior continuara avanzando ajeno por completo al descubrimiento que acababa de instalarse en el centro de su propio universo privado.

Si mis sospechas son correctas, había pensado apenas unas horas antes, entonces el nombre borrado de este documento no pertenece simplemente a un descendiente cualquiera de los Once Originales.

No había dormido. No había podido. Cada vez que cerraba los ojos, el símbolo parecía grabarse todavía con mayor claridad tras sus párpados, como si el propio pergamino insistiera en recordarle que la decisión que estaba a punto de tomar —convocar aquella reunión ampliada, compartir finalmente la existencia de aquel documento con Doren, con Orwenna, potencialmente con Maelt Rosmar— ya no admitía marcha atrás una vez iniciada. La lámpara de aceite que había permanecido encendida durante toda la noche parpadeaba con una llama cada vez más débil, y el olor a cera derretida se mezclaba con el aroma del té frío que nadie se había molestado en retirar de la mesa.

Fue el sonido de pasos apresurados en el pasillo exterior, considerablemente más urgentes que la ronda habitual de guardia matutina, lo que finalmente lo sacó de aquel estado de contemplación agotada. Los pasos resonaron contra la piedra con un ritmo que Airoon, tras décadas de vivir entre guardias y soldados, reconoció de inmediato como el preludio de una noticia grave.

—¡Majestad! —La voz de uno de los guardias personales de mayor confianza del rey resonó desde el otro lado de la puerta, con una tensión evidente que hizo que Airoon se incorporara de inmediato, enrollando el pergamino con manos que, pese al cansancio, se movieron con la precisión de años de práctica en ocultar exactamente aquel tipo de documento en cuestión de segundos—. Necesito hablar con usted de inmediato.

—Adelante —respondió Airoon, guardando el pergamino en el compartimento oculto de la estantería apenas un instante antes de que la puerta se abriera, revelando a un guardia cuya expresión confirmaba, sin necesidad de palabras adicionales, que algo considerablemente grave había ocurrido durante las últimas horas de la madrugada. Era un hombre de mediana edad llamado Berrin, veterano de innumerables crisis menores dentro del castillo, y la palidez de su rostro delataba que aquella mañana había presenciado algo que excedía con creces la gravedad de cualquier incidente rutinario.

—Majestad, hemos detectado actividad sospechosa en el ala de archivos privados, la misma sección donde se guardan los documentos más restringidos de la Corona. Un guardia de la ronda nocturna sorprendió a alguien intentando forzar el acceso al depósito donde se almacenan los registros genealógicos más antiguos.

Airoon sintió que un escalofrío considerablemente más intenso que cualquier fatiga acumulada le recorría el cuerpo entero. El depósito de registros genealógicos. El mismo lugar donde, durante generaciones, la línea real había custodiado los secretos más profundos de su propia legitimidad, incluyendo, según sospechaba ahora con una certeza cada vez más firme, información que los Guardianes de la Sangre Pura habrían dado cualquier cosa por obtener.

—¿Lograron identificar al intruso?

—No, Majestad. Escapó antes de que el guardia pudiera darle alcance, aunque dejó tras de sí esto. —El guardia extendió, con una precisión cuidadosa, un pequeño objeto envuelto en un paño oscuro: una herramienta de metal delgado, considerablemente más sofisticada que cualquier instrumento de robo convencional, grabada con un símbolo diminuto que Airoon reconoció, con una certeza que le heló la sangre, como una variación del mismo círculo dividido en tres secciones que los Guardianes de la Sangre Pura utilizaban como su marca distintiva.

El rey tomó la herramienta con dedos que apenas temblaban, examinando el grabado bajo la luz de la lámpara moribunda. No cabía duda: el círculo trisecado, idéntico al que Kael había identificado meses atrás entre la mercancía confiscada de las cuevas costeras, idéntico al que los atacantes de la Noche del Acero habían portado sobre sus ropas oscuras.

—¿Intentaron acceder específicamente al depósito de registros genealógicos, o simplemente al ala de archivos en general? —preguntó Airoon, procesando la magnitud de aquella información con una velocidad considerable pese al agotamiento acumulado de la noche sin descanso. Su mente, adiestrada durante décadas de crisis políticas, ya trazaba conexiones entre el intento de intrusión y la conversación que había mantenido con Kael apenas horas atrás.

—Específicamente al depósito de registros genealógicos, Majestad. El guardia que los sorprendió confirma que ya habían logrado forzar la primera de las dos cerraduras que protegen esa sección particular del archivo.

Airoon consideró aquella información con una gravedad evidente, comprendiendo, con una claridad aterradora, que aquel intento de intrusión no podía ser una simple coincidencia temporal con su propia decisión, apenas horas atrás, de finalmente compartir la existencia del documento con Kael. Alguien, dentro de la propia estructura del castillo, poseía conocimiento suficiente sobre la naturaleza de aquellos registros como para dirigir un intento de robo con una precisión considerablemente mayor que cualquier búsqueda aleatoria.

—Necesito que dupliques inmediatamente la guardia en toda el ala de archivos privados, y quiero un informe completo sobre cada persona con acceso autorizado a esa sección específica del castillo durante las últimas semanas. —Airoon se movió hacia la puerta con una determinación renovada pese al cansancio—. Y necesito que convoques, de inmediato, a Doren Aldrich. Este incidente no puede esperar hasta la reunión que había planeado para más tarde.




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