Kaedor corrió por los pasillos del castillo con el corazón golpeándole el pecho como un martillo de fragua. Las antorchas de las paredes seguían encendidas, pero su luz parecía más tenue que de costumbre, como si el propio fuego temiera lo que estaba a punto de ocurrir. Los cadáveres de los guardias yacían en las esquinas, con los ojos abiertos y las bocas congeladas en un grito que nunca llegó a pronunciarse. El mismo gesto de agonía que Lyssara había descrito en la fundición de Vortham. El mismo que provocaba la magia nigromántica cuando drenaba la vida de sus víctimas.
Al llegar al Ala Noble, encontró a Lyssara y a su escuadrón formando una barricada improvisada frente a los aposentos de Kael. La teniente tenía la espada desenvainada y el rostro cubierto de polvo, pero sus ojos brillaban con la determinación de quien está dispuesta a vender cara su vida.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Kaedor, deteniéndose a su lado.
—Ha vuelto —respondió Lyssara sin dejar de mirar al frente—. Zareth, o quien demonios sea. Ha entrado en el castillo como si nada. Ha matado a los guardias del primer y segundo anillo. Y ahora está en algún lugar de este maldito edificio, buscando a Kael.
—¿Dónde está el heredero?
—Dentro. Con mi padre y con Aren. No pienso dejar que nadie atraviese esta puerta.
—¿Cuántos hombres tienes?
—Ocho. Nueve contigo. Los demás están registrando el castillo, pero la magia nigromántica interfiere con la comunicación. No sé cuántos siguen vivos.
—Pues vamos a asegurarnos de que el heredero siga entre ellos.
Kaedor desenvainó su espada —una hoja delgada de acero vorliano, más apta para duelos que para batallas, pero lo bastante afilada para atravesar una armadura— y se colocó junto a Lyssara. No era un guerrero; siempre lo había sabido. Prefería las armas del comercio y la negociación. Pero aquella noche no había tratados que valieran. Sólo acero y sangre.
No tuvieron que esperar mucho. La figura encapuchada apareció al final del pasillo, caminando lentamente, como quien pasea por un jardín en primavera. La capucha ocultaba su rostro, pero la cojera de su pierna derecha era inconfundible. Zareth. El nigromante había sobrevivido a la captura, a la explosión del barco y a la huida por los túneles. Y ahora estaba allí, a pocos metros de su objetivo.
—Detente —ordenó Lyssara, alzando la espada—. No daré un paso más.
—Teniente Rosmar —dijo Zareth con su voz de pergamino viejo—. Siempre tan valiente. Siempre tan predecible. ¿De verdad crees que puedes detenerme con un puñado de soldados?
—Ya te detuvimos una vez. Podemos volver a hacerlo.
—Me dejé capturar. Era parte del plan. ¿No lo has entendido todavía? Todo ha sido parte del plan. Tu misión a Vortham, el descubrimiento de la fundición, mi captura, mi fuga... Cada paso que habéis dado estaba previsto. Cada movimiento que habéis hecho os ha acercado más al abismo.
—Mientes —dijo Kaedor—. Si todo estaba previsto, ¿por qué explotó tu barco? ¿Por qué no huiste cuando pudiste?
—El barco era un señuelo. Otro más. Y vosotros, como buenos peones, habéis mordido el anzuelo. Mientras vosotros os concentrabais en el puerto, yo he entrado en el castillo sin oposición. Y ahora... —Zareth alzó las manos, y sombras oscuras empezaron a brotar de sus dedos—. Ahora terminaré lo que empecé hace ochenta y siete años.
—¡Escudos! —gritó Lyssara.
Los soldados alzaron sus escudos justo a tiempo. Las sombras de Zareth impactaron contra ellos con la fuerza de un ariete, haciendo temblar la barricada. Dos soldados salieron despedidos hacia atrás, estrellándose contra la pared. Los demás resistieron, apretando los dientes.
—¡Ysilla! —gritó Lyssara—. ¡Ahora!
La maga de batalla, que había permanecido oculta detrás de la barricada, extendió las manos y lanzó un sortilegio de luz cegadora. El pasillo se iluminó como si el sol hubiera estallado en su interior. Zareth gruñó y se cubrió los ojos con la capucha, momentáneamente cegado.
—¡A por él!
Lyssara, Kaedor, Gerik y Brenna se lanzaron al ataque. Pero Zareth, aunque cegado, no estaba indefenso. Murmuró unas palabras en la lengua antigua y un escudo de sombras lo envolvió, desviando los golpes de las espadas. Gerik fue el primero en caer, derribado por un tentáculo de oscuridad que lo estrelló contra el techo. Brenna recibió un impacto en el pecho y se desplomó, inconsciente.
—¡Gerik! —gritó Lyssara, pero no podía detenerse. Siguió atacando, tajos y estocadas que el escudo de sombras repelía una y otra vez. Kaedor la flanqueaba, buscando una abertura, pero no la encontraba.
—Esto es inútil —dijo Zareth—. Vuestra magia es débil. Vuestras espadas son inútiles. Y vuestro heredero... vuestro heredero morirá como murieron todos los Kraxter antes que él. Solo. Abandonado. Sin que nadie recuerde su nombre.
—¡No si yo puedo evitarlo!
La voz resonó al final del pasillo. No era Lyssara. No era Kaedor. Era Kael, que había salido de sus aposentos con el bastón ceremonial en una mano y algo que brillaba en la otra. El foco de poder. El cristal que Lyssara había recuperado en Vortham, el que Thal había desactivado parcialmente, el que aún conservaba una fracción de su energía oscura.
—Kael, no —dijo Lyssara—. Ese cristal es inestable. Si lo usas...
—Lo sé. Pero no voy a quedarme escondido mientras mis amigos mueren por mí. —Kael alzó el cristal—. Zareth, o Darian Vehl, o como quieras llamarte. Has matado a mi familia. Has asesinado a mis ancestros. Has intentado destruir todo lo que amo. Pero yo soy un Kraxter. Y los Kraxter no se rinden.
—Ese cristal no te obedecerá —dijo Zareth, aunque su voz sonó menos segura que antes—. La magia nigromántica sólo responde a sus verdaderos dueños.
—¿Ah, no? —Kael apretó el cristal contra su pecho. La energía oscura empezó a fluir hacia él, haciéndole temblar, pero no se detuvo—. Mi sangre es la sangre de los fundadores. Mi linaje se remonta a los Once Originales. Y si hay algo que he aprendido en estas semanas, es que la sangre siempre encuentra el camino.