El cadáver de Feron fue trasladado a las mazmorras del castillo, a la misma celda de la que se había fugado apenas unos días antes. Esta vez, no habría posibilidad de escape. Los sanadores confirmaron su muerte tres veces —ausencia de pulso, ausencia de respiración, ausencia de actividad mágica—, y Kael ordenó que el cuerpo fuera encadenado con grilletes de hierro forjado y custodiado por seis guardias que se turnaban cada cuatro horas. No por miedo a que resucitara —la nigromancia no podía devolver la vida a quien la había perdido—, sino para evitar que alguien robara el cadáver y lo convirtiera en un mártir.
—Quiero que lo examinen los mejores peritos del reino —ordenó Kael a Maelt mientras ambos contemplaban el cuerpo inerte desde el otro lado de los barrotes—. Hasta el último detalle. Cicatrices, marcas de nacimiento, objetos personales. Todo.
—¿Qué esperas encontrar?
—No lo sé. Pero Feron pasó casi un siglo planeando esta conspiración. Un hombre así no se limita a morir sin dejar algo tras de sí. Un diario, unas cartas, un testamento. Algo que nos diga quién era realmente y quiénes son sus cómplices.
—Los peritos tardarán horas. Y la sesión del Senado es pasado mañana.
—Entonces que se den prisa. Si encontramos algo que relacione a Francesca con Feron antes de la sesión, podremos detenerla antes de que presente su moción de censura.
Maelt asintió, pero su rostro reflejaba la misma preocupación que sentían todos. El tiempo jugaba en su contra. Y el traidor —quienquiera que fuese— seguía entre ellos, esperando el momento de atacar.
Aquella misma mañana, Kael reunió a sus aliados en la biblioteca de los Rosmar. Era la primera vez que se veían las caras después de la muerte de Feron, y el ambiente era extraño. Todos parecían aliviados —el nigromante había muerto, la amenaza inmediata había desaparecido—, pero también tensos. Las palabras de Feron antes de morir resonaban en la mente de cada uno de ellos como un eco molesto.
—"Cuando yo caiga, el verdadero heredero se alzará. El que nunca sangró por ti será el que te destruya" —recitó Kael en voz alta—. Eso fue lo que dijo antes de morir. Y antes de eso, recibí un mensaje anónimo que decía: "¿Quién de ellos nunca ha sangrado por ti?" Alguien quiere que desconfíe de vosotros. Alguien quiere sembrar la división entre nosotros.
—¿Y lo está consiguiendo? —preguntó Illyana, con su franqueza habitual.
—No —respondió Kael—. O al menos, no como él esperaba. Sí, recibí el mensaje. Sí, las palabras de Feron me hicieron dudar. Pero he decidido que no voy a dejar que un nigromante muerto me diga en quién confiar. Prefiero confiar en vosotros y equivocarme que desconfiar de todos y acertar.
—Eso es muy noble —dijo Kaedor—, pero no muy práctico. Si hay un traidor entre nosotros, tenemos que encontrarlo. Y rápido.
—Lo sé. Por eso he pedido a Maelt que investigue el cadáver de Feron. Y por eso le he pedido a Aren que siga buscando en los archivos. Pero mientras tanto, quiero que sigamos unidos. Si el traidor está entre nosotros, se delatará solo. Y si no lo está, no habremos destruido nuestra alianza por una paranoia infundada.
—¿Y la sesión del Senado? —preguntó Illyana—. Francesca ha estado reuniéndose con sus partidarios. Tengo información de que piensa presentar pruebas contra ti.
—¿Qué tipo de pruebas?
—No lo sé. Pero dice que demostrarán que tú estabas al tanto de los atentados antes de que ocurrieran. Que colaboraste con Zareth. Que eres un impostor.
—Eso es ridículo. No tiene ninguna prueba.
—Ella dice que sí. Y algunos senadores le creen. —Illyana hizo una pausa—. He perdido tres votos en mi propio distrito, Kael. Si la moción de censura se vota y no tengo los apoyos suficientes...
—La tendrás. Porque antes de la sesión, pienso desenmascarar a la princesa delante de todo el Senado.
—¿Cómo? —preguntó Lyssara.
—Con esto. —Kael sacó del bolsillo un medallón. El medallón que habían encontrado en el cadáver de Feron, con el retrato de Lysa Holm y la inscripción en el reverso—. Es la prueba de que Feron era hijo de una Holm y del padre de Kaziu. Es la prueba de que la conspiración contra los Kraxter fue orquestada por un bastardo real. Y si podemos demostrar que Francesca estaba en contacto con él, que colaboró en sus planes...
—Pero no podemos demostrarlo —objetó Kaedor—. No tenemos pruebas de esa conexión.
—Las tendremos. Porque esta noche voy a interrogar a la única persona que puede confirmarlo.
—¿Quién?
—Garrick Holm.
La residencia de los Holm estaba sumida en la penumbra cuando Kael, Lyssara y una escolta de diez soldados llegaron a sus puertas. El senador humano los recibió en bata de noche, con el rostro pálido y las manos temblorosas.
—¿Qué significa esto? —preguntó Holm—. ¿Con qué derecho irrumpís en mi casa a estas horas?
—Con el derecho que me confiere el Consejo de los Cinco —respondió Kael—. Tengo una orden de registro y otra de arresto. Puede colaborar voluntariamente o podemos hacerlo por la fuerza.
—¿Arresto? ¿De qué se me acusa?
—De conspiración, traición y complicidad en el asesinato de miembros de la casa real. Entre otros cargos.
—Eso es absurdo. Yo no he hecho nada.
—Entonces no tendrá inconveniente en responder a unas preguntas.
Holm los condujo a su biblioteca, una estancia forrada de libros que apestaba a polvo y a humedad. Kael se sentó frente a él y colocó el medallón de Feron sobre la mesa.
—¿Reconoce esto?
Holm palideció aún más.
—No. Nunca lo he visto.
—Es extraño. Porque el retrato que contiene es de Lysa Holm, su tía abuela. Y la inscripción dice: "Para mi hijo, con todo mi amor." Ese hijo era Feron, el bastardo real que ha estado conspirando contra el trono durante décadas. El mismo Feron que acaba de morir en este castillo.
—Yo no sé nada de eso.
—Senador Holm, le recuerdo que su bisabuelo, Garren Holm, fue uno de los conspiradores originales. Que su familia ha estado involucrada en esto desde el principio. Y que los archivos de los Holm contienen documentos que lo prueban. Así que le sugiero que empiece a colaborar. Por su propio bien.