Tres días después de la fallida moción de censura, Draxcan seguía siendo una ciudad de contrastes. Las banderas de los cinco distritos ondeaban a media asta en señal de duelo por las víctimas de los atentados, pero en las tabernas se brindaba por la muerte del nigromante. Las calles estaban más tranquilas que en semanas, como si la ciudad entera contuviera la respiración, esperando a que la tormenta política amainara definitivamente. Pero en el castillo, donde las grietas de la explosión aún surcaban las paredes como cicatrices recién cerradas, nadie se hacía ilusiones. La tormenta no había pasado. Sólo se había alejado momentáneamente, y sus truenos aún retumbaban en el horizonte.
Kael Kraxter contemplaba el mapa de Daus extendido sobre la mesa del consejo, pero sus ojos no veían las fronteras ni los nombres de los reinos. Su mente estaba en otra parte. En las palabras de Feron antes de morir. En la huida inexplicable de la princesa. En la sensación, cada vez más opresiva, de que alguien —alguien cercano, alguien en quien confiaba— seguía moviendo los hilos desde las sombras. La investigación sobre el cadáver del nigromante no había revelado nada nuevo: cicatrices antiguas, marcas de batalla, el medallón de Lysa Holm. Todo coincidía con lo que ya sabían. Pero la sensación de que algo se les escapaba persistía como una astilla clavada bajo la piel.
—Deberías descansar —dijo Lyssara, apoyada contra el marco de la puerta. Llevaba el uniforme de teniente, limpio y planchado, pero las ojeras delataban que ella tampoco había dormido mucho.
—Lo haré cuando haya encontrado a Francesca. Y al traidor.
—Francesca puede estar en cualquier parte. Sin el rastro mágico de Ysilla, es como buscar una aguja en un pajar. Y el traidor... —Lyssara hizo una pausa—. El traidor podría ser cualquiera.
—Lo sé. Pero no puedo quedarme de brazos cruzados mientras esperamos el siguiente golpe.
—No estás de brazos cruzados. Has desenmascarado a Feron, has detenido a Holm, has hecho que el Senado reconozca la conspiración. En unas semanas, has hecho más que muchos reyes en toda su vida.
—Y sin embargo, no es suficiente. —Kael se giró hacia ella—. Mientras el verdadero enemigo siga libre, nada de lo que hagamos será suficiente.
En ese momento, un guardia apareció en la puerta. Su rostro estaba pálido, y su voz temblaba ligeramente.
—Alteza. El rey Kaziu. Los sanadores dicen que le quedan horas. Pide veros.
Los aposentos reales estaban sumidos en una penumbra apenas rota por la luz de las velas. El olor a hierbas medicinales y a cera quemada impregnaba el aire, mezclado con algo más sutil: el olor de la muerte, ese perfume dulzón que se adhería a las sábanas y a las cortinas y que ninguna cantidad de incienso podía disimular. Kaziu yacía en su lecho, más pálido que nunca, con la piel casi translúcida y los ojos hundidos en las cuencas. Pero cuando Kael se acercó, aquellos ojos se abrieron y lo miraron con una lucidez que no habían mostrado en días.
—Kael. Acércate.
Kael se sentó en el borde de la cama. Tomó la mano del rey entre las suyas y sintió el frío que la recorría, un frío que no provenía del exterior sino del interior, como si la vida se estuviera retirando lentamente de sus extremidades.
—Estoy aquí, majestad.
—Ya no... soy majestad. Tú eres... el rey ahora. O lo serás... muy pronto.
—No digáis eso. Aún podéis recuperaros.
—No mientas... a un moribundo. Sé... lo que me espera. Y no... tengo miedo. He vivido... demasiado. —Kaziu tosió débilmente—. Pero antes... de irme... necesito decirte algo.
—Os escucho.
—Durante años... supe que algo... se movía en las sombras. Pero no quise... verlo. Mi hermana... mi hermano... mi propia sangre... conspirando contra mí. Era más fácil... ignorarlo. Fingir... que todo estaba bien. Y ahora... pago el precio.
—No fue culpa vuestra, majestad.
—Sí lo fue. Un rey... que no ve... está ciego. Y un rey ciego... es un peligro. —Kaziu apretó débilmente la mano de Kael—. No cometas... mi error. Mira. Mira siempre. Incluso donde... no quieras mirar. Incluso donde... más duela.
—Lo haré. Os lo prometo.
—Hay algo más. Antes de que Feron... me atacara... dijo algo. Algo sobre... un heredero. Un heredero... que se alzaría... cuando él cayera. Dijo... que ese heredero... siempre había estado a mi lado. Que yo... lo conocía.
—¿Quién es?
—No lo sé. Pero... desconfía. Incluso de los más cercanos. Incluso de... la sangre.
Los ojos de Kaziu se cerraron. Su respiración se volvió más lenta, más trabajosa. Kael permaneció junto a él, sosteniendo su mano, mientras los sanadores murmuraban sortilegios y los guardias bajaban la cabeza en señal de respeto.
Al amanecer, el rey Kaziu exhaló su último aliento.
Draxcan se quedó sin rey.
Los funerales de estado se celebraron dos días después, en el Templo de los Originales. Era la primera vez en casi un siglo que un monarca de Draxcan era enterrado en la cripta de los reyes antiguos, junto a los fundadores del reino y a los Kraxter que habían gobernado antes que él. El anciano Oren habría oficiado la ceremonia, pero su asesinato lo había impedido, y en su lugar fue un joven acólito original quien recitó las plegarias funerarias en la lengua antigua.
Kael, vestido de negro, presidió el funeral desde el primer banco. A su lado estaban Maelt, Lyssara, Aren, Kaedor e Illyana. Todos habían acudido, incluso aquellos que antes dudaban del heredero. La muerte de un rey unía a los vivos, al menos por un tiempo.
Cuando el féretro descendió a la cripta y las antorchas se apagaron, Kael se quedó un momento solo frente a la tumba. Lyssara, que lo observaba desde la distancia, vio cómo sus hombros se tensaban y cómo apretaba los puños.
—Ahora eres rey —dijo ella, acercándose—. Aunque todavía no te hayan coronado.
—Lo sé. Y no sé si estoy preparado.
—Nadie lo está. Pero has llegado hasta aquí. Y yo... yo seguiré a tu lado, pase lo que pase.