The Kong of Kingdoms: El Reino Dividido

Capítulo II: El Peso del Apellido

La tormenta amainó al amanecer, dejando las calles de Draxcan cubiertas de charcos que reflejaban un cielo de nubes desgarradas. El aire olía a tierra mojada y a promesas de más lluvia. En el distrito Elemens, las fraguas humeaban antes del alba y los martillos comenzaban su sinfonía metálica mucho antes de que los gallos cantaran en el distrito humano.

Lyssara Rosmar se despertó como siempre: de golpe, con la conciencia completa y el cuerpo ya en tensión. No era de esas personas que necesitaban tiempo para abandonar el sueño. En el ejército te enseñaban a estar alerta en tres segundos o a morir en uno. Esa lección se le había grabado a fuego desde su primer día en el cuartel.

Su habitación en la residencia Rosmar era austera para lo que correspondía a la hija de un senador. Una cama estrecha, un arcón con su equipo militar, una espada de práctica apoyada contra la pared y un espejo de plata que rara vez usaba. Su madre, fallecida ocho años atrás durante una epidemia de peste que asoló el distrito, había insistido en decorar la estancia con tapices. Lyssara los había retirado todos excepto uno: un estandarte con el emblema de los Rosmar, un yunque rodeado de siete estrellas. Lo mantenía por deber, no por orgullo.

Se vistió con el uniforme de soldado raso —las hombreras sin adornos, la espada corta al cinto, las botas de cuero reforzado— y bajó al comedor principal. Su padre ya estaba allí, sentado a la cabecera de una mesa demasiado larga para dos personas. Maelt Rosmar leía un pergamino mientras bebía una infusión de hierbas amargas, su única concesión al lujo matutino. El cabello plateado recogido en una coleta perfecta, los ojos claros fijos en el texto. No levantó la vista cuando ella entró.

—Buenos días, padre.

—Lyssara —su voz era neutra, sin calidez pero sin hostilidad—. Hoy llegas tarde.

—He estado entrenando en el patio interior desde antes del amanecer. No me ha oído porque estaba leyendo.

Ahora sí la miró. Un segundo. Dos. Luego volvió al pergamino.

—El rey ha convocado una reunión extraordinaria para esta tarde. Asistirán los representantes de todos los distritos. Quiero que estés presente.

—Soy soldado raso, padre. No tengo asiento en el Senado ni voz en las reuniones.

—Eres una Rosmar. Eso es todo lo que necesitas.

Lyssara apretó la mandíbula. La misma discusión de siempre. Para su padre, el apellido lo era todo. Para ella, el apellido era una cadena que le impedía ganarse su lugar por méritos propios. Cada ascenso que recibía, cada tarea que le asignaban, quedaba manchado por la sospecha del favoritismo. Nadie se lo decía a la cara, pero lo veía en sus miradas. La hija del senador. La niña de papá. La que no tendría que estar aquí.

—¿De qué trata la reunión?

—De lo de siempre —Maelt dejó el pergamino sobre la mesa—. Los elfos quieren ampliar su influencia en los puertos. Los magos quieren más fondos para su academia. Los humanos quieren rebajar los impuestos comerciales. Y los originales quieren que todo siga exactamente igual que hace ochocientos años.

—¿Y los Elemens? ¿Qué queremos nosotros?

Su padre esbozó una sonrisa fina, casi imperceptible.

—Nosotros queremos lo que siempre hemos querido: que nos dejen en paz mientras les vendemos el hierro que necesitan para matarse entre ellos.

Lyssara se sirvió un trozo de pan negro y un poco de fruta seca. Comió de pie, como hacía siempre. Las comidas en aquella casa eran breves y funcionales, sin la pompa de otras residencias nobles. Maelt Rosmar era senador, sí, y rico, pero jamás había permitido que el lujo se infiltrara en su hogar. Decía que el hierro no necesitaba adornos para ser fuerte.

—He oído que Kaedor Lasmec ha vuelto al castillo —dijo Lyssara con tono casual.

—El hijo de Dorian Lasmec. Sí. Estudiará leyes en la academia durante una temporada. Su padre quiere que aprenda diplomacia antes de heredar el negocio familiar.

—O quiere tener un espía en la corte.

Maelt levantó una ceja. No la reprendió por el comentario.

—Todos quieren tener un espía en la corte, Lyssara. Algunos simplemente lo disimulan mejor.

—¿Nosotros tenemos espías, padre?

—Nosotros tenemos amigos. Que es una palabra más educada para lo mismo.

Ella dejó el plato vacío sobre la mesa y se ajustó el cinturón de la espada. La conversación había terminado. Siempre sabía cuándo su padre daba por concluido un tema: cuando empezaba a responder con frases que no significaban nada o que significaban demasiado.

—Estaré en la reunión —dijo desde la puerta—. Pero no como Rosmar. Como soldado de la guardia de Draxcan.

—Eres ambas cosas, hija. Por mucho que te empeñes en negarlo.

Lyssara salió sin responder.

El patio de entrenamiento del Cuartel Central estaba embarrado por la lluvia nocturna. Los reclutas formaban en líneas desiguales mientras un sargento de voz ronca les gritaba instrucciones que nadie parecía entender del todo. Lyssara ocupó su lugar en la tercera fila, junto a otros soldados rasos de su promoción. La mayoría eran humanos; algunos, magos de familias humildes que no podían costear la academia; ninguno era elfo ni Elemens excepto ella.

—¡Rosmar! —bramó el sargento Daven, un humano corpulento con cicatrices en ambos brazos y la nariz rota en tres sitios distintos—. Hoy practicamos formación defensiva. Usted al centro.

Los demás la miraron de reojo. Lyssara no se inmutó. Llevaba dos años soportando aquello: el sargento Daven la ponía siempre en las posiciones más difíciles, le exigía el doble que a los demás, le gritaba más fuerte. Al principio pensó que era desprecio. Luego entendió que era respeto. Daven no la trataba como a la hija del senador; la trataba como a una soldado. Y le exigía como a una soldado porque creía que podía dar más.

—¡Formación tortuga! —gritó el sargento—. ¡Escudos arriba, lanzas afuera! ¡Quiero ver una piña perfecta, no un montón de carne asustada!



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En el texto hay: altafantasia, romance proibido, intrigapolitica

Editado: 03.07.2026

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