El no tenía nombre, porque los nombres son para quienes mueren.
No tenía forma, porque las formas son para lo que puede romperse.
Pero estaba allí, observando.
Cuando los mundos se corrompen, cuando la vida se tuerce, cuando el equilibrio ya no es equilibrio... entonces reinicia el universo.
No por odio.
No por castigo.
Sino porque así debe ser.
Lo ha hecho antes. Lo hará de nuevo.
Y hace poco... lo hizo.
Pero como en cada ciclo, algo... persiste.
Una chispa que no debería haber sobrevivido.
Una memoria que no debió cruzar.
Un rayo de amarillo brillante que se niega a apagarse.
Y esta vez, quizá, el reinicio no sea suficiente.