El pasillo de la prisión temblaba ante los pasos apresurados de los guardias que transportaban a Johny en una camilla de emergencia. La sangre goteaba sobre el piso de cemento, dejando un rastro oscuro que parecía marcar el camino hacia su propia tumba.
-¡MUEVANSE! ¡ABRAN PASO, MALDITA SEA!
El guardia Reynolds -un muchacho de no más de veinticinco años con el uniforme empapado de rojo- empujaba a los otros reclusos que se asomaban desde sus celdas. Sus manos temblaban donde presionaba una compresa improvisada contra el abdomen de Johny, pero la tela ya estaba saturada, y la sangre se filtraba entre sus dedos como agua entre las grietas de una presa.
-Mierda, mierda, ¡MIERDA!- El guardia Reynolds, un tipo joven con las manos temblorosas, intentaba tapar las heridas con su propia camisa.
-¡Necesitamos un médico AHORA! ¡Abre las puertas de la enfermería!
Las puertas automáticas se abrieron con un chirrido, revelando el caos organizado de la enfermería penitenciaria, El olor a antiséptico y cloro no lograba enmascarar el hedor dulzón de la sangre fresca.
La Dra. Elisa Varese una mujer de cabello negro recogido en una coleta apretada y ojos que habían visto demasiado ya esperaba con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
Varese no era una mujer que se inmutara fácilmente. Había visto demasiados hombres morir en esa mesa, demasiadas heridas que no cerraban. Pero cuando sus ojos verdes como el vidrio roto se posaron en Johny, algo en su expresión se endureció aún más.
Pónganlo en la mesa tres. Y alguien llame al maldito Alcalde.
Los asistentes médicos se movieron como un enjambre, conectando cables, preparando bisturís, ajustando las luces quirúrgicas que bañaban el cuerpo de Johny en un resplandor artificial.
-Tres heridas punzantes en el abdomen -dictó Varese mientras sus manos enguantadas exploraban el daño-. Una perforación intestinal, otra en el hígado, y esta... Se detuvo donde un filo como de sierra había abierto un surco profundo cerca del pulmón.
-Casi lo alcanza el corazón.
Uno de los médicos más jóvenes, un tal Dr. Ruiz, palideció al ver las lecturas del monitor.
-La presión arterial está por los suelos. Perdió demasiada sangre.
-Hagan una transfusión -ordenó Varese sin levantar la vista.
-No podemos.
El silencio que siguió fue tan cortante como el filo que había destrozado a Johny.
-¿Qué?
Ruiz tragó saliva.
-Su sangre... no es humana... eso es lo que el Dr Schwartz nos informo. No tenemos compatibilidad en el banco. Si le ponemos cualquier tipo común, podría desencadenar una reacción inmunológica mortal.
Varese maldijo entre dientes.
-Entonces qué sugieres, Ruiz? ¿Dejarlo morir?
-No no hablo de dejarlo morir... Sabes que es un activo de gran interés para el alcalde- dijo Ruiz.
Fue entonces cuando la mirada de Varese se posó en el collar inhibidor alrededor del cuello de Johny. El artefacto brillaba bajo la luz quirúrgica, sus circuitos emitiendo un zumbido casi imperceptible.
-Esa maldita porquería está interfiriendo con su metabolismo-masculló. Su capacidad regenerativa está bloqueada.
El guardia Carter, un tipo ancho con cicatrices de batalla en la cara, se interpuso.
-El protocolo es claro. El collar NO se quita bajo ninguna.
-¡El protocolo no contempla que se nos muera el único espécimen con energía caótica controlada en esta ciudad!, el unico ser que tenemos que no viene de este mundo- Varese le lanzó una mirada que podría haber derretido acero.
-Si muere, el Alcalde nos va a despellejar vivos. ¿Eso quieres, Carter? ¿Explicarle por qué dejamos que su "proyecto especial" se desangrara como un cerdo en nuestra mesa?
Carter no respondió, pero su mano se fue instintivamente a la pistola en su cinturón.
-No le quitarán el collar a menos que el alcance lo autorice- dijo el guardia.
-Llamen al Alcalde -repitió Varese, volviéndose hacia Johny-. Y preparen el quirófano. Hagamos lo imposible.
Mientras un asistente corría a comunicarse con Chandler, Varese se quedó sola junto a Johny.
El héroe porque a pesar de todo, eso es lo que era respiraba con dificultad, los párpados cerrados, la piel pálida como papel viejo. La sangre seguía escapándose de él, lenta pero implacable.
Varese observó el collar inhibidor.
-Resiste 97 solo hazlo ¿quieres? -susurró, casi para sí misma.
Y entonces, como si hubiera escuchado, la gema en el pecho de Johny pulsó una vez.
Un latido débil.
Dorado.
Y lleno de ira.
El zumbido constante de los monitores médicos se fundió gradualmente con el eco de botas militares golpeando el mármol de los pasillos administrativos. Reynolds, con el uniforme aún manchado de sangre ajena, avanzaba a paso veloz hacia las oficinas ejecutivas. Cada inhalación le quemaba los pulmones el olor a desinfectante de la enfermería aún se aferraba a su ropa, mezclado ahora con el aroma a cuero pulido y café caro que impregnaba el sector gubernamental.
Al cruzar el umbral blindado del despacho, el contraste fue brutal: mientras la enfermería hervía en caos controlado, aquí reinaba un silencio glacial. La luz del atardecer se filtraba por los ventanales panorámicos, bañando de tonos dorados el escritorio de ébano donde Christian Weston Chandler estudiaba informes con calma calculada.
Marcus Bagget, erguido como un centinela a su derecha, clavó sus ojos grises en el guardia entrante.
-Alcalde- Reynolds se cuadró, notando cómo su voz resonaba demasiado alta en aquel espacio pulcro.
-Emergencia médica en el sector 7. El sujeto 97 ha sido apuñalado múltiples veces.
El bolígrafo de Chandler se detuvo sobre el documento. Pero este no se inmutó. Sus dedos, largos y pálidos, se entrelazaron sobre el escritorio.
-¿Gravedad?
-Crítica. Pierde sangre que no podemos reponer. La Dra. Varese solicita retirar el inhibidor WES para activar su regeneración natural.