El amanecer más frío.
La luz del alba se filtraba a través de los barrotes como un ladrón, robando el poco calor que quedaba en la celda. Noah yacía boca arriba en su litera, los brazos cruzados sobre el pecho, como un cadáver en su ataúd de concreto. Las escamas de su rostro siempre húmedas, siempre brillantes capturaban tenuemente la claridad naciente, dándole un aspecto casi fosforescente.
Dormía. O fingía dormir.
El sonido de botas militares resonó en el pasillo, un ritmo metódico, inconfundible. Noah no abrió los ojos, pero su mandíbula se tensó.
-Despierta -dijo una voz.
Marcus Bagget estaba frente a la celda, las manos enguantadas apoyadas en los barrotes. Su sombra se alargaba sobre el cuerpo de Noah como un presagio.
Noah sonrió sin humor, sin abrir los ojos.
-¿Tan temprano, Marcus? ¿Vienes a confesarte?
-Levántate.
Noah suspiró, estirándose con falsa languidez. Al hacerlo, las cicatrices de su pecho las que Pat le había dejado el dia anterior se tensaron dolorosamente.
-¿Qué quiere el Alcalde?- preguntó, sentándose al borde de la litera.
Marcus no respondió. En su lugar, hizo un gesto a uno de los guardias. La puerta de la celda se abrió con un chirrido.
Noah se puso de pie, lento, calculador. Marcus era tres centímetros más alto, veinte kilos más pesado. Pero Noah tenía los dientes más afilados.
-No te voy a lastimar- dijo Marcus, como si leyera sus pensamientos -Solo tengo un... regalo para ti.
De detrás de su espalda, sacó una caja rectangular, pequeña, de madera oscura. Pulida. Demasiado elegante para estar en ese lugar.
Noah miró la caja, luego a Marcus.
-¿Un regalo? ¿Chandler se está ablandando?
Marcus no sonrió.
-Ábrela cuando yo me vaya.
Noah tomó la caja. Era más liviana de lo que esperaba.
-¿No quieres quedarte a ver mi reacción?- preguntó, pasando un dedo por la tapa.
-No hace falta- dijo Marcus. Y entonces, por primera vez, algo parecido a una sonrisa le rozó los labios-. Ya la conozco.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar. Los guardias lo siguieron, pero no antes de echarle una última mirada a Noah. Una mirada que decía: Pobre hijo de puta.
Noah esperó hasta que los pasos se desvanecieron. Hasta que el silencio volvió a apoderarse del bloque de celdas.
Entonces abrió la caja.
Dentro, había cenizas.
Grises. Finas. Aún tibias.
Noah frunció el ceño. Las tocó con la yema de los dedos, sintiendo cómo se adherían a su piel. No entendía.
Hasta que vio el papel.
Doblado en cuatro, blanco, inmaculado. Como el pañuelo que Chandler siempre llevaba en el bolsillo.
Noah lo tomó, desplegándolo con movimientos lentos, precisos.
La caligrafía era impecable, de trazos elegantes, como si hubiera sido escrita con pluma y tinta:
Querido Noah:
Las cenizas son difíciles de identificar, ¿verdad? Podrían ser de cualquiera. De algo. De alguien.
El Tuerto, por ejemplo. O Rats. O ese guardia... Steve, ¿era?
Pero no te preocupes. Esta vez no son de tu hija.
La próxima vez serán las suyas.
Atentamente,
Tu amado alcalde.
Noah no respiró.
No parpadeó.
Simplemente se quedó ahí, con el papel entre las manos, las cenizas en su regazo, mientras el amanecer se volvía día, y el día se volvía eternidad.
En algún lugar, muy dentro de él, en ese lugar donde guardaba las pocas cosas que aún le importaban, algo se quebró.
Y entonces, por primera vez en años, el Rey del Mar tuvo miedo.
El Cuarto Amanecer.
El primer pensamiento de Johny fue que seguía muerto.
No había otra explicación para este silencio. Para esta oscuridad. Para este frío que se le había incrustado en los huesos como si alguien hubiera vaciado el invierno en su médula.
Abrió los ojos.
La celda. Su celda. El mismo techo de concreto agrietado, las mismas paredes marcadas con cicatrices de otros prisioneros, otros nombres, otros tiempos.
Se incorporó demasiado rápido un error y el mundo giró violentamente. Se aferró al borde de la litera, esperando que el mareo pasara, esperando que los fragmentos de memoria encajaran.
Las duchas. El Tuerto. El cuchillo.
La sangre.
Y después...
Nada. O casi nada. Solo sueños. Espejos rotos. Voces que no eran suyas.
Nada. O casi nada. Solo sueños. Espejos rotos. Voces que no eran suyas.
Se llevó las manos al abdomen, buscando las heridas, los vendajes, el dolor.
No había nada.
Piel intacta. Ni siquiera cicatrices.
-¿Qué mierda...?
-Ya estás entre los vivos, Rayo.
La voz de Pat llegó desde la celda contigua, áspera como papel de lija. Johny giró la cabeza otro error, otro mareo y allí estaba Pat, apoyado contra la pared de su celda.
Era el Pat que recordaba.
Este Pat tenía el ojo derecho hinchado, cerrado, violáceo como una fruta podrida. Una costra seca le cortaba la ceja en dos, y los nudillos de su mano derecha estaban cubiertos de vendas sucias.
-¿Qué te pasó? -preguntó Johny.
Pat sonrió, o algo parecido a una sonrisa, porque el gesto le tiró de la herida y hizo que frunciera el ceño.
-Nada que no me haya pasado antes. -Señaló a Johny con la barbilla-. Y tu, en cambio, te salvaste por poco.
Johny miró hacia abajo otra vez, como si las heridas pudieran reaparecer por arte de magia.
-¿Cómo estoy...?
-Entero? -Pat se ajustó a su cama-. Marcus te trajo después de que estuviste en coma un día entero. Te dejo aquí en la mañana como un paquete y ni siquiera te esposaron.
Johny sintió un escalofrío.
-¡¿Un día?!- Había estado un día entero en coma.
-No lo recuerdo.
-No lo dudo. -Pat se frotó el ojo herido-. Según los rumores, cuando te quitaron ese collar de perro, te iluminaste como un árbol de navidad y flotaste como un maldito mesías... Algo increíble de ver incluso con las cosas que se ven en esta ciudad.