La noche en el Distrito industrial se respiraba, espesa y oleaginosa. No era la oscuridad de la luna, sino la de un cielo ahogado por el hollín de chimeneas moribundas y el brillo enfermizo de neones rotos. El aire, un caldo de químicos podridos y desesperanza, se enredaba en la garganta como una serpiente venenosa.
Punch caminaba. Sus pasos, pesados y deliberados, eran los únicos ecos con sentido en el laberinto de callejones. No era un sonido de amenaza, sino de inevitabilidad, como el latido de un corazón de piedra. Su chaqueta de cuero, gastada y manchada con la historia de mil peleas, no le aportaba abrigo, solo era una segunda piel, una armadura contra un mundo que siempre había intentado romperlo.
«Nada aún.» La voz de Magic apareció en su mente, fría y clara como una cuchilla de hielo. «Solo miseria y debilidad. Este mundo está podrido por dentro.»
Los ojos de Punch, dos pozos de obsidiana bajo el flequillo desaliñado, barrieron el paisaje. Vio las sombras que se arrastraban entre los contenedores de basura. Vio a los niños.
Eran espectros con ojos demasiado grandes para sus rostros sucios. Caminaban descalzos sobre el cemento frío y astillado, sus pequeños pies ennegrecidos por la tierra y el residuo de la ciudad. No reían. No jugaban. Susurraban, cazando migajas o ratas con una seriedad mortal que no correspondía a su edad.
Y entonces, lo vio.
En un rincón, donde la luz de una farola parpadeante se negaba a morir, un grupo de chiquillos mayores acorralaba a uno más pequeño. El más pequeño, un esqueleto tembloroso envuelto en harapos, apretaba algo contra su pecho: un mendrugo de pan duro, robado de algún cubo de inmundicia.
"¡Dámelo!" escupió el líder, un mocoso con cicatrices en la cara que aún no debería tener.
El pequeño negó con la cabeza, un gesto de terquedad animal. Fue entonces cuando empezaron los golpes. Puñetazos pequeños pero llenos de una crueldad aprendida, patadas que buscaban las costillas, los riñones. No había ira en sus caras, solo un pragmatismo brutal. Era la ley de la calle, escrita con nudillos y dientes.
Punch se detuvo. No por compasión. La compasión era un lujo para los estómagos llenos. Se detuvo porque estaba viendo un espejo. Un espejo que reflejaba una verdad atemporal, grabada a fuego en sus propias entrañas.
El presente se desdibujó. El almacén, los niños, el frío de Weston... todo se desvaneció, reemplazado por un frío más profundo, más visceral. El frío de la memoria.
Era el invierno en los barrios bajos de Velthara. Un invierno que no era de nieve, sino de humedad y abandono.
El frío era lo primero. Un frío que calaba los huesos y convertía cada aliento en una aguja de hielo en los pulmones. Él era ese niño pequeño, temblando no solo por el viento cortante que se colaba por los agujeros de su ropa, sino por el vacío retorcijón en su estómago. El hambre era un animal rabioso que le roía por dentro, un dolor sordo y constante que eclipsaba todo lo demás.
Lo había conseguido. Después de horas de rastrear los callejones traseros de la panadería, había encontrado un trozo de pan. Estaba duro, cubierto de suciedad y algo que esperaba fuera moho, pero para él era un tesoro. Lo apretaba contra su pecho, un talismán contra la oscuridad.
No los oyó llegar. Solo sintió los manos ásperas que lo empujaron contra la pared de ladrillo, áspera y fría contra su mejilla.
"¿Qué tienes ahí, gusano?"
Eran tres, más grandes, con los ojos brillando con una mezcla de hambre y maldad. El líder, un chico con la nariz torcida y los nudillos cicatrizados, le arrancó el pan de las manos.
"Es mío..." logró sollozar, su voz era un hilito débil.
La risa fue como el crujir de cristales rotos. "Nada es tuyo aquí. Solo lo que puedes defender."
Y entonces empezó la lluvia. No eran golpes de niños; eran lecciones. Cada puñetazo en su costado era un sermón sobre la debilidad. Cada patada en sus piernas era una disertación sobre el dolor. Él se encogió, haciendo de su cuerpo una bola, pero no lloró. Las lágrimas eran un desperdicio de agua, y él ya estaba demasiado deshidratado. En su lugar, clavó la mirada en el trozo de pan que rodaba por el suelo, manchándose de barro. Sus ojos, ya viejos en un rostro infantil, no mostraron miedo, sino una aceptación vacía.
«Duele», pensó, con una claridad aterradora. El impacto de una bota en sus costillas le arrancó un jadeo. «Duele...»
Pero entonces, el rugido del hambre en su vientre le recordó una verdad más profunda, más esencial.
«...Pero el hambre duele más.»
El chico de la nariz torcida escupió cerca de su cabeza. "Mira lo que hiciste. Lo arruinaste." Pisoteeó el pan hasta convertirlo en una masa informe y sucia antes de alejarse con sus amigos, riendo.
Él se quedó allí, tirado en el frío, con el sabor a sangre y derrota en la boca. El mensaje estaba grabado en su carne magullada, más claro que cualquier palabra:
Toma. O te tomarán a ti.
Esa fue la primera y única ley. Todo lo demás—la compasión, la justicia, la bondad—eran mentiras que la gente se contaba para sentirse fuerte en su debilidad. Él no tenía ese lujo. Él solo tenía el dolor. Y aprendería a usarlo.
El recuerdo se desvaneció como un mal sueño, pero su esencia permaneció, un veneno familiar que ahora saboreaba con cada respiración del aire contaminado de Weston. Punch parpadeó, regresando al presente. Sus ojos, fríos como el acero, se posaron de nuevo en el niño acorralado. Los golpes secos contra el cuerpo pequeño sonaban a madera podrida quebrandose. Un espectáculo patético. No sintió un ápice de compasión, solo un reconocimiento distante, como un científico observando una reacción química predecible. No iba a intervenir. La ley se estaba aplicando. El débil sucumbía. Era el orden natural de las cosas.
Su mirada se despegó del niño y se elevó, atravesando la penumbra. A lo lejos, al final de la calle, un parpadeo siniestro llamó su atención. No era la luz cálida de un hogar, sino el resplandor enfermizo de neones destrozados y hogueras en barriles, bailando sobre la silueta de un gran edificio industrial abandonado. Como un cadáver luminiscente en la noche. Se acercó, sus pasos pesados y regulares sobre el asfalto, un metrónomo de inevitabilidad.