El tejido áspero del uniforme militar de Weston le rozaba la piel, una sensación constante y alienígena. En el pecho, sobre el bolsillo, la etiqueta rezaba «GUS». Un nombre para un fantasma, para un hombre muerto cuyo lugar había robado. Ice caminaba en una formación perfecta, sus movimientos eran la imitación calculada de un soldado, pero sus ojos, ocultos tras unas gafas de sol estándar, escudriñaban todo con la frialdad de un depredador infiltrado en un rebaño.
La voz de Magic llegó a su mente, no como un sonido, sino como un concepto formado directamente en su conciencia, clara y distante como una estrella.
«Informa. ¿Progresa tu infiltración?»
Ice no alteró su paso. Su respuesta mental fue un susurro cuidadosamente contenido. «Negativo. Rutina y paranoia. Nada sobre la fuente de poder. Solo buscan a un desertor.»
«Tu informe coincide con la ausencia de resultados de Serafín. Sin embargo, Punch... puede haber tropezado con algo.» La voz de Magic tenía un dejo de interés raro. «Una figura local. Una 'Reina' del bajo mundo. Investiga su nombre. Podría ser un alias, un título... o algo más.»
«Entendido.»
La formación se detuvo frente a un camión militar de transporte, su pintura verde opaca bajo el sol pálido de Weston. Y allí estaba él. Marcus Bagget. Una presencia sólida y cuadrada, con una mandíbula apretada y ojos que habían visto demasiada podredumbre y habían decidido convertirse en parte de ella. Su desprecio era un campo de fuerza casi tangible.
Los ojos de Marcus barrieron el escuadrón y se detuvieron en Ice. Una fracción de segundo de evaluación.
-Tú. -La voz de Marcus era áspera, como grava-. No te reconozco. ¿De qué unidad vienes?
Ice mantuvo la mirada al frente, la postura rígida. -Transferido, señor. Para esta misión. Reemplazo por la baja en el incidente del Rey del Mar.
Marcus lo escudriñó. El silencio se extendió, cargado. Luego, un gruñido. -«Gus», ¿eh? Bueno, «Gus», aquí no hacemos turismo. Mantén la cabeza en el juego y sigue las órdenes. -Desvió la mirada, desestimándolo. La mentira había funcionado. La falta de importancia de Ice era su mejor camuflaje.
Subieron al camión. El interior olía a cuero rancio, sudor y combustible. Ice se sentó junto a la lona, alejado de los otros cuatro soldados. El vehículo arrancó con un rugido, sumiéndolos en un traqueteo metálico que se convirtió en el ritmo de fondo de la tensión.
-Orden confirmada -anunció Marcus, agarrándose de una abrazadera-. Reynolds fue visto en Los Pulmones Verdes. Zona residencial baja, mucho verde, muchas casas. Nuestro objetivo es capturarlo. Neutralización está autorizada si ofrece resistencia. -Hizo una pausa, dejando que la palabra «neutralización» resonara en el aire viciado.
Ice sintió que una fina capa de escarcha se formaba bajo sus guantes. La misión era sucia. Un barrio con civiles. La clase de operación que no le gustaba. Miró por la ventana, viendo la ciudad pasar, un paisaje de concreto y desesperanza que le recordaba demasiado a su pasado.
La dinámica del escuadrón comenzó a florecer en el espacio cerrado. Los otros cuatro soldados, cuyos nombres Ice no se molestó en recordar, lo observaban con una curiosidad desconfiada.
-Eh, Gus -dijo uno, un tipo con el pelo rapado y una sonrisa torcida-. ¿Tan callado siempre? Pareces un muerto.
Ice no respondió. Se limitó a ajustar una de las correas de su chaleco.
-Déjalo, Hicks -dijo otro-. Mientras dispare cuando toque, me da igual si habla o no.
El silencio volvió por un momento, roto solo por el traqueteo. Luego, la conversación derivó, como siempre lo hacía, hacia los temas que consumían a Weston.
-¿Y qué creen de ese tal Rayo Dorado? -preguntó un tercer soldado, más joven-. Ese... «Lightning».
Hicks escupió al suelo del camión. -Una farsa. Un show de Chandler. Aparece de la nada, dice que es de otro mundo, y todos lo aplauden. Mientras, el verdadero trabajo, ensuciarse las manos con la escoria como Reynolds, nos toca a nosotros.
-Desde que se presentó, las cosas están peor -agregó el cuarto, un hombre con cara de pocos amigos-. El Coleccionista... ¿vieron las noticias? Está más activo que nunca. Como si le hubiera tomado el gusto a la atención.
-Hace unas noches le dejó un «regalito» al Rayo -dijo Hicks, bajando la voz- El tipo estába hecho mierda, colgado con cables.
Ice permaneció impasible, pero escuchaba. Cada palabra era data. El Coleccionista era una variable, un caos que ni la Liga ni el gobierno parecían controlar.
-Eso no es nada -intervino el soldado joven, con un nerviosismo palpable-. Oyeron lo de la zona industrial anoche? En ese antro clandestino, «La Arena». Encontraron... bueno, encontraron todo. Una masacre. No quedó un solo tipo vivo. Los que fueron a limpiar dicen que parecía... una carnicería. Cuerpos destrozados, como si una bestia hubiera pasado por allí.
-¿Creen que fue el Coleccionista? -preguntó el de la cara de pocos amigos.
Hicks se encogió de hombros. -No es su estilo. A él le gusta lo... íntimo. Esto suena a algo más. Algo más fuerte. -Su mirada, cargada de un presentimiento oscuro, se posó inconscientemente en Ice por un segundo-. Algo nuevo.
Ice mantuvo la respiración calmada. Punch. Solo él podía dejar una firma de destrucción tan absoluta. La «Reina» que Magic mencionó debía estar vinculada a ese lugar. La misión de su compañero había sido tan directa y brutal como se podía esperar.
Mientras el camión se adentraba en los límites más verdes de la ciudad, Ice se recluyó en su silencio.
La orden de Marcus cayó como un martillo, cada palabra un clavo que hundía a Ice más profundamente en su propio disfraz.
-Gus -dijo el sargento, su voz un rugido bajo que cortaba el runrún del camión-. Tú tomas el punto alto cuando lleguemos. Ojos abiertos. Si ves algo, no dudes. Reynolds es una alimaña, y las alimañas se exterminan.
Ice asintió, un movimiento mecánico y vacío. «Entendido, señor.» Pero su silencio interno era un grito. Exterminar. La palabra resonó en el espacio hueco de su pecho, encontrando un eco amargo y familiar. No era solo una orden militar; era una filosofía, una justificación para la crueldad. Y era terriblemente, dolorosamente familiar.