The Lightning #1: Un Nuevo Mundo

Capitulo 16: El Peso de la luz

Varias horas antes de que la liga y la reina ataquen la fabrica.

La primera sensación fue el frío. Un frío húmedo y penetrante que se le colaba a través del traje, hasta los huesos. No era el frío del aire acondicionado de su apartamento, ni siquiera el gélido vacío del limbo dimensional. Este era un frío sucio, cargado con el olor a podredumbre húmeda, a agua estancada y a metal oxidado.

Johny parpadeó. No recordaba haber llegado allí. Un instante antes estaba en la cama, y ahora estaba de pie en el corazón de una pesadilla familiar.

El callejón. El mismo callejón del último mensaje del Coleccionista. La lluvia caía en finos hilos plateados, destilando miseria desde un cielo de alquitrán sin estrellas. Los faros de un coche lejano se reflejaban en los charcos, creando destellos cegadores y efímeros que no lograban iluminar la oscuridad predominante.

Y entonces lo vio.

Al final del callejón, cerca de una pared de ladrillo, estaba la silueta. No yacía en el suelo. Estaba erigida, en una grotesca parodia de la postura de un corredor en la línea de salida. Cables gruesos, como venas de algún organismo industrial, salían de dos paredes opuestas y se enroscaban alrededor de sus muñecas, cuello y tobillos, tirando de la piel pálida y sin vida, manteniendo el cuerpo en pie. La espalda estaba arqueada de manera antinatural, los dedos de las manos crispados como garras. Donde debería haber estado la cabeza, solo había un muñón sangrante, un cuello truncado del que goteaba un hilo oscuro y espeso en el charco a sus pies.

También habia un trozo de papel manchado de barro. Las palabras, escritas con una caligrafía serena y pulcra que contrastaba brutalmente con la escena, leían: " MI PRÓXIMA ADQUISICIÓN SERÁS TU".

El corazón de Johny se convirtió en un puño de hielo. Quería moverse, acercarse, cortar esos cables, pero sus pies pesaban una tonelada. El aire era espeso, difícil de respirar.

Entonces, un sonido. Un golpeteo sordo y húmedo contra el empedado.

Desde las sombras más profundas del callejón, algo rodó hacia él. Avanzaba con una lentitud deliberada, rebotando con un ruido que era a la vez sólido y blando. Se detuvo justo contra la punta de sus botas.

Era la cabeza.

El rostro, un hombre joven de ojos abiertos y vidriosos, miraba hacia arriba. La boca, entreabierta, no mostraba una mueca de dolor, sino de una confusión eterna. La lluvia limpiaba lentamente la suciedad de sus mejillas.

Y entonces, los labios se movieron.

No fue un movimiento brusco. Fue un deslizamiento sutil, casi perezoso. Un susurro salió de ellos, un sonido que no parecía viajar por el aire, sino que se formaba directamente en el cerebro de Johny, raspado y seco como hojas muertas.

-¿Por qué no llegaste antes, Rayo?

La voz era la de la víctima, pero filtrada a través de una pesadilla.

-Me buscaron a mí... -continuó el susurro, y los ojos sin vida se clavaron en los de Johny con una intensidad acusadora- ...pero el mensaje era para ti.

Johny quiso gritar, negar, explicar que no sabía, que no había podido. Pero su voz estaba ausente. Solo podía escuchar.

-Mi sangre es tinta en tu carta de presentación -murmuró la cabeza, y un hilo de sangre escarlata y viva comenzó a brotar de su boca, mezclándose con la lluvia-. Mi muerte es tu culpa. Cada latido que se detuvo en mi pecho es un segundo que se añade a tu cuenta. Él no colecciona cuerpos, Johny. Colecciona ecos. Y el mío... ahora vive en ti.

El horror se intensificó. De las sombras, otra cabeza rodó hacia él. Y otra. Y otra. Una docena. Un centenar. Formaron un semicírculo a sus pies, un coro macabro de rostros pálidos y ojos vacíos. Todas sus bocas se movían al unísono, un murmullo susurrante que se elevaba hasta convertirse en un grito silencioso que retumbaba en su cráneo.

"¿Por qué no llegaste?"
"Tu culpa."
"Nuestra sangre, tu herencia."
"Próxima adquisición."
"Corredor del Abismo."

La última palabra lo golpeó como un látigo. Abismo. Intentó retroceder, escapar de ese juicio de cabezas parlantes, pero sus pies no respondían. Miró hacia abajo. El charco de agua de lluvia y sangre en el que estaba parado ya no era superficial. Era profundo. Imposiblemente profundo. La sangre se espesaba, volviéndose negra y viscosa, pegajosa como el alquitrán. Le rodeaba los tobillos, luego las rodillas, tirando de él hacia abajo.

No era un charco. Era una puerta.

El Abismo.

Gritó, pero el sonido se lo tragó la sustancia negra que ahora le llegaba a la cintura. Las cabezas, imperturbables, continuaban su sermón desde el borde, sus voces distorsionándose, volviéndose agudas y metálicas, como el chirrido de cuchillos contra cristal. Los cables que sostenían al cuerpo sin cabeza se tensaron y comenzaron a retorcerse, arrastrando la figura hacia la oscuridad con él, como si fueran los tentáculos de una bestia que habitaba en las profundidades.

-¡NO! -logró forcejar, por fin encontrando su voz, que sonó ahogada y desesperada.

Se debatió, pero el Abismo lo tenía. Era la encarnación de su culpa, de la impotencia, del miedo a fallar, de la certeza de que, sin importar lo rápido que corriera, siempre llegaría demasiado tarde para algunos.

La sustancia negra le llegó al pecho, a la garganta... Un frío que no era frío, una presión infinita que le sellaba la boca, la nariz, los pulmones. Se debatió, pero era como nadar en alquitrán solidificado. La oscuridad no era la ausencia de luz, era una presencia física, voraz, que se lo tragaba entero.

El sonido de su propio corazón, un tambor de pánico ensordecedor, fue lo primero que irrumpió en la nada. Luego, una sacudida violenta, un espasmo de todos sus músculos que lo lanzó hacia adelante.

Johny se incorporó de golpe en la cama, la realidad recomponiéndose a golpes: la textura de las sábanas sudadas, la luz fantasmal del amanecer, el aire estéril de la habitación. Un grito ahogado, el mismo que se había tragado el Abismo, quedó atrapado en su garganta como un nudo de pánico tangible.



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En el texto hay: asesinato, abuso, violecia

Editado: 26.01.2026

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