El cielo sobre la fundición abandonada estaba enfermo.
No era el crepúsculo natural el que teñía las nubes de rojo y púrpura, sino el reflejo del caos que se había desatado en la tierra. El aire, denso y cargado de polvo de hormigón y pólvora, vibraba con una frecuencia discordante, la sinfonía de una carnicería a tres bandos que no necesitaba preámbulos. La guerra había estallado con la furia de un dios, la precisión de una mente fría y el júbilo de una bestia.
SERAFÍN: EL DIOS IRACUNDO
Por encima de todo, suspendido en el aire como un ángel vengador caído de un evangelio de odio, estaba Serafín. Sus alas, batían con lentitud majestuosa, cada movimiento una afirmación de su superioridad. Sus ojos, del azul de un glaciar envenenado, escudriñaban el campo de batalla no como un estratega, sino como un jardinero divino identificando maleza.
-¡Alimañas! -Su voz no era un grito, sino una proyección que cortaba el estruendo, un veredicto tallado en hielo-¡Pestes que se aferran a sus reinos de miseria!
Su brazo se extendió. De su mano, un rayo azul, tan delgado como una aguja y tan preciso como el pensamiento de un asesino, se disparó hacia abajo. No iba dirigido a la masa confusa de matones, sino directamente al patriarca Gionovan, que gritaba órdenes desde detrás de la puerta abierta de su limusina blindada.
El rayo impactó contra el pavimento donde el hombre había estado un segundo antes, fundiendo el asfalto en un cráter humeante. El patriarca, un hombre grande acostumbrado a dar órdenes, no a esquivar la muerte divina, rodó por el suelo con una gracia desesperada, su traje verde manchado de grasa y su rostro, una máscara de terror puro. Sus guardaespaldas, hombres leales con chaquetas verdes, abrieron fuego contra el cielo. Las balas se evaporaron en un campo de fuerza invisible a diez metros de Serafín, convertidas en chispas inofensivas.
-¡Corran!-rugió el patriarca, escupiendo sangre. -¡Es un demonio!
Serafín sonrió, un gesto frío y desprovisto de soryonidad. Era la sonrisa de un predador que sabía que el juego estaba amañado. Otro rayo azul partió el aire, buscando a Scott Palazzo, que observaba desde una posición elevada entre los escombros. La estructura a su lado estalló en una lluvia de ladrillos fundidos. La guerra de Serafín no era contra ejércitos; era una cacería de reyes. Una purga.
PUNCH: EL JÚBILO DESTRUCTIVO
Mientras el dios limpiaba el cielo, en la tierra, su martillo celebraba.
Punch era un torbellino de pura y simple dicha destructiva. Donde Serafín veía maleza, Punch veía juguetes. Se lanzó contra el cuadrante controlado por el Clan Kagekawa. Los hombres de negro, con sus katanas y su disciplina de hierro, eran los oponentes más interesantes. Eran duros. Hacían crunch.
-¡SÍ!- rugió, y el sonido fue un trueno gutural que eclipsó los disparos.
El primer yakuza se abalanzó sobre él, la katana describiendo un arco plateado mortal. Punch no la esquivó. La atrapó. La hoja de acero templado se estrelló contra su palma abierta con un sonido metálico, y se quebró como un cristal. La expresión de sorpresa en el rostro del hombre fue el último pensamiento que tuvo antes de que el puño de Punch, que aún sostenía la punta de la katana, se estrellara contra su torso. El impacto no fue un golpe; fue una desintegración controlada. La caja torácica cedió con un estallido húmedo, y el cuerpo salió despedido hacia atrás, chocando contra dos de sus compañeros como un bolo humano.
Punch no se detuvo. Era un niño en una tienda de golosinas, y todas eran para él. Agarró a un hombre por la cabeza y la pierna, y lo usó como un mazo para aplastar a un tercero. Los huesos crujieron en una sinfonía que solo él podía apreciar. Una katana se clavó en su espalda, apenas profundizando un centímetro en su músculo denso como el granito. Se giró, arrancándose el arma del cuerpo con un gesto de irritación, y la empujó a través del pecho de su atacante. La sangre le salpicó el rostro, y él lo saboreó con la lengua, sonriendo. Esto era la vida. Esto era la verdad.
MAGIC: EL ARQUITECTO DEL CAOS
En la azotea de un edificio medio derrumbado, lejos del polvo y la sangre, Magic era la quietud en el ojo del huracán. Su traje oscuro no tenía una mancha. Sus ojos ámbar, sin pestañear, procesaban el campo de batalla como un flujo de datos. No sentía el júbilo de Punch ni la ira de Serafín. Solo la eficiencia.
Su mente era el arma más letal en juego.
Un grupo de secuaces de los Gionovan, apostados en una ventana, concentró su fuego sobre Serafin, creyendo que la distracción era su oportunidad. Magic no movió un músculo. Con un pensamiento, un trozo de viga de acero retorcida se elevó del suelo y se interpusó en la trayectoria de las balas. Luego, con otro impulso mental, la misma viga giró y se estrelló contra la ventana como un proyectil, silenciando los disparos para siempre.
Su mirada se desplazó. Un convoy de los Palazzo, tres camionetas blindadas, intentaba flanquear la posición de los cultistas de Serafín. Magic alzó ligeramente la mano. En la grúa de construcción que dominaba el paisaje, el gancho de acero de una tonelada se soltó de sus cables. No cayó; fue lanzado. Trazó un arco perfecto en el cielo y se estrelló contra la camioneta líder con la fuerza de una bomba. El vehículo saltó por los aires, convertido en una antorcha de metal retorcido, bloqueando el paso al resto. Un movimiento. Una pieza menos en el tablero.
Él no luchaba. Orquestaba. Dirigía la carnicería con la frialdad de un programador eliminando líneas de código defectuosas.
ICE: EL SOLDADO A REGAÑADIENTES
En medio del infierno, un peón intentaba no jugar el juego.
Ice, bajo el casco esférico de Lysandra, se movía con la eficiencia entrenada de un soldado, pero cada movimiento estaba teñido de una profunda renuencia. Empuñaba un rifle de asalto estándar de la Guardia de Weston, pero sus disparos eran calculados. Disparaba a las piernas, a los brazos, a las armas. Un hombre de los Palazzo caía gritando, su rodilla convertida en un cráter instantáneo. Un Gionovan que apuntaba a un cultista veía cómo su pistola se congelaba y se le soldaba a la mano.