El aire en el patio de la fundición, ya viciado por la pólvora y la muerte, se espesó hasta resultar casi irrespirable. No era el humo, sino la colisión de dos voluntades absolutas, dos formas diametralmente opuestas de entender el poder. De un lado, la Liga del Caos, coronada por la furia divina de Serafín. Del otro, La Reina de Weston, anclada en su trono de avaricia y respaldada por la bestia acuática de Noah.
-¿Crees que tu victoria sobre esas alimañas te da derecho a exigir? -La voz de La Reina era un filo de diamante, su sonrisa, un gesto de desprecio.
-Esa Llave- la voz de Serafín cortó el silencio, resonando con una autoridad que pretendía ser incuestionable. -no es un adorno. Es un verbo. Un poder para reescribir la realidad. Y tú, en tu pequeñez, solo ves otro lingote para tu tesoro.
La Reina no se inmutó. Una sonrisa despreciativa se dibujó en sus labios.
-¿Mi pequeñez?- preguntó, y su tono era de genuina diversión. -Querido ángel caído, con un pensamiento podría reescribir el aire que respiras en cianuro. Podría convertir la sangre en sus venas en plomo. Podría borrarlos a todos de la existencia y ni siquiera tendrían tiempo de darse cuenta-. Hizo una pausa, dejando que la amenaza, creíble por el poder que latía en su pecho, se instalara. -La pregunta no es si puedo. Es si me molesto.
-Si tu poder es tan absoluto como tú arrogancia- replicó Serafín, su mirada escrutando la arrogancia de ella como un cirujano examina un tumor. -¿por qué no te enfrentaste a esas familias de alimañas tú sola? ¿Por qué no has conquistado esta ciudad podrida y te has coronado su emperatriz absoluta? Tu "poder infinito" parece necesitar de matones y títeres. Un dios verdadero no necesita de estos.
La Reina se rió, un sonido claro y cínico.
-Querido angel que simple eres, ¿Ensuciarme las manos?¿Gobernar? Qué ideas tan tediosas-. Se ajustó un guante con desdén. -La conquista es un trabajo sucio y agotador. Requiere administración, discursos, lidiar con quejas... soy muchas cosas, ángel, pero sobre todo, soy practica. Y un poco floja, lo admito. ¿Para qué gobernar cuando puedes ser la dueña de todos los que lo hacen? Mi interés no es el trono, es el tesoro que fluye hacia él. El poder real no se ejerce, se posee. Silenciosamente.
La avaricia en sus palabras era tan pura, tan desnuda, tan desprovista de cualquier ideal más allá de la acumulación, que hasta Serafín pareció momentáneamente desconcertado y al mismo tiempo la miro con respulsion. Él, que soñaba con un Nuevo Amanecer, con un orden cósmico, se enfrentaba a una fuerza que solo anhelaba poseer.
-Eres indigna- escupió Serafín, y por primera vez, su voz mostró algo más que furia fría: desprecio. -Eres una niña con un juguete de dioses. Mi causa es justa. Es la purificación, la evolución. Es el destino de mi especie.
-¡Tu causa es el ego de un lunático!-rugió Noah, incapaz de contenerse más. Su voz era un burbujeo iracundo.
-¡La Reina es la verdadera potencia aquí! ¡Ella construye imperios, no fantasías!
-¡Cállate, escamas! -gruñó Punch, golpeando su pecho con un puño.
-¡Cuando los grandes hablan, los monstruos callan! ¡Tú eres la mascota! ¡Siéntate y obedece!
-¿Quieres probar, bestia?- Noah se inclinó hacia adelante, sus escamas erizándose. Noah giró su cabeza de reptil hacia Punch, sus ojos inyectados en sangre.-¡Te ahogaré en tu propia sangre!
-¡Noah! ¡Basta! -La voz de La Reina no alzó el tono, pero cortó la discusión subalterna como un cuchillo. Su mirada no se apartaba de Serafín. -Y tú, ángel, no moralices conmigo. Tu "visión" es solo otro trono, solo que con mejor iluminación. Todos queremos lo mismo: imponer nuestra voluntad. Yo solo soy lo suficientemente honesta para admitir que la mía tiene un precio.
Mientras los titanes chocaban y sus segundoses intercambiaban gruñidos, las otras piezas observaban cada uno en su propio silencio.
Ice se mantenía ligeramente aparte, su rostro un espejo de su tormento interno. Había cruzado un punto de no retorno al salvar a la Oráculo. Ahora, observaba el enfrentamiento con la certeza de que, sin importar el bando que ganara, su lugar en él era temporal. Su mirada se encontró brevemente con la de la Oráculo, quien, pálida y temblorosa entre los cultistas, lo observaba con una pena profunda en sus enormes ojos. La visión que había tenido para él pesaba en el aire entre ellos.
Magic, en cambio, no prestaba atención a la discusión. Sus ojos ámbar, impasibles, escaneaban el perímetro. No analizaba el orgullo de La Reina o la ira de Serafín. Analizaba a los guardias de La Reina que aún permanecían en pie, calculando sus posiciones, sus armas, sus patrones de respiración. Evaluaba a los cultistas, su número, su fanatismo. Para él, las palabras eran ruido. Los datos, la disposición de las fuerzas en el tablero, eran lo único real. Su mente era un radar silencioso, trazando ya los vectores del inevitable conflicto.
El choque no era solo de poder, sino de cosmovisiones. Un dios que quería gobernar las almas y moldear el universo a su imagen, contra una diosa que solo quería poseer todo lo que brillaba y comprar las almas a precio de mercado. Uno soñaba con un amanecer eterno; la otra, con una bóveda infinita llena de tesoros. Y en medio, atrapados en el fuego cruzado de estas dos ambiciones desmedidas, estaban los soldados, los fanáticos, los civiles y el destino de un mundo que se había convertido, sin quererlo, en el campo de batalla de dos dioses menores cuya sed de poder no conocía límites. El aire temblaba, no por los rezos de los cultistas, sino por la tensión previa a la chispa que incendiaría el mundo.
La tensión, ya al límite, se quebró con la declaración final de Serafín. Su paciencia, siempre finita, se había agotado ante la frívola arrogancia de La Reina.
-De una forma u otra, tendré la Llave-declaró, su voz perdiendo todo resto de diálogo para convertirse en un puro decreto. -No es un capricho. El destino de mi especie, la pureza de un nuevo orden, depende de esta intervención.