El aire dentro de la burbuja, antes cargado de una opresión estática, ahora palpitaba con una tensión nueva, más aguda y peligrosa. El humo del helicóptero desintegrado aún flotaba en partículas de ceniza gris, un memento mori terrenal en el santuario de lo divino.
Serafín se mantenía en pie, un titán tambaleante pero resurgido. La sangre le corría por una ceja, mezclándose con el sudor y el lodo que le cubría el torso desnudo. Su ala izquierda, un estandarte roto, colgaba en un ángulo grotesco, cada latido de su corazón enviando una descarga de dolor agudo a través de su sistema nervioso. Pero sus ojos, esos ojos que antes ardían con el azul cegador de la fe fanática, ahora brillaban con una luz diferente: fría, metálica, calculadora. Era la mirada del estratega que ha encontrado la grieta en la armadura invencible. La arrogancia del dios había sido molida hasta convertirla en el filo del cazador.
Al otro lado, La Reina Valentine se incorporaba lentamente. El impacto del puño de Serafín no había sido devastador en fuerza, pero sí en significado. Una mancha de sangre carmesí, brillante y obscena contra la palidez perfecta de su piel, decoraba su labio inferior partido. Se lo tocó con la yema de los dedos, observando la sangre como si fuera un fenómeno curioso y desagradable. Su expresión era de incredulidad enfurecida, como una reina a la que un plebeyo hubiera manchado el vestido.
La burbuja de energía púrpura que los encerraba seguía en pie, pero ahora, si uno observaba con atención, presentaba un leve parpadeo en su superficie, una inconsistencia sutil en su brillo, como un televisor con mala señal. Era la prueba física de la revelación de Serafín: su concentración ya no era absoluta. Mantener esta prisión de realidad alterada mientras ejecutaba otras manipulaciones complejas le suponía un esfuerzo.
-Un golpe de suerte- escupió La Reina, su voz conservaba su cadencia cortante, pero había un temblor de ira apenas contenido bajo la superficie.
-Un momento de distracción por la chusma. No cambia nada, ángel. Solo ha prolongado tu agonía.
-No era suerte- replicó Serafín, su voz era un susurro ronco pero claro, cargado de una certeza nueva. Hablaba mientras analizaba, sus ojos escudriñando el espacio entre ellos, la textura del aire, el parpadeo de la burbuja. -Era una limitación. Tu poder... es una lente de aumento. Enfoca con una claridad devastadora, pero solo puedes apuntar a una cosa a la vez. La burbuja, el suelo, el rayo... cada uno demanda toda tu voluntad. Dividirla... te hace vulnerable.
La Reina lo miró fijamente, y por primera vez, una sombra de algo que no era desdén ni arrogancia cruzó sus ojos: cautela. Él no solo había forcejeado; había comprendido.
-¿Crees que saber cómo funciona un reloj te hace capaz de detenerlo?-preguntó, enderezándose. La sangre en su labio comenzó a coagularse, pero la herida en su orgullo estaba abierta y supurante. -La Llave no es una herramienta, es una extensión de mí. Y yo no tengo límites.
Para demostrarlo, alzó ambas manos. La burbuja parpadeó con más fuerza, y el suelo bajo los pies de Serafín volvió a cambiar. Pero esta vez no se licuó. Se cristalizó. El concreto y el metal se transformaron en una superficie de cuarzo negro, resbaladiza como el hielo y afilada como cristal roto. Serafín, ya alerta, saltó hacia un lado, evitando que sus pies quedaran atrapados o cortados. Aterrizó con torpeza, el dolor de su ala haciéndole contener un gruñido.
-Ves- dijo La Reina, un destello de su antigua soberbia regresando. -Puedo cambiar las reglas del juego antes de que siquiera respires.
-Pero para hacerlo- contestó Serafín, recuperando el equilibrio. -tuviste que pensar en el suelo-. Señaló con la cabeza hacia la burbuja, cuyo parpadeo era ahora una intermitencia constante, como un corazón en arritmia.-Y para mantener esto, tu mente ya está ocupada. ¿Qué pasa si te doy... otra cosa en qué pensar?
La Reina arqueó una ceja, esperando el próximo asalto frontal, un nuevo rayo desesperado, una carga suicida. Pero Serafín no cargó.
Se movió.
Fue un desplazamiento lateral, rápido y doloroso, arrastrando su ala rota como un lastre. No era el relámpago que había sido, sino el espectro de uno. Y en ese movimiento, puso en marcha su nuevo plan. No era un ataque; era una infección de la voluntad.
Con un gesto rápido, disparó un haz de energía azul desde la palma de su mano. No era el rayo cegador de antes, sino un chorro débil y delgado, como el cable de un soldador. Y no iba dirigido a ella. Se impactó en el suelo, a medio metro del pie izquierdo de La Reina.
Ella apenas miró hacia abajo, un destello de fastidio en sus ojos. No era una amenaza. Era una molestia. Con un pensamiento más rápido que el pestañeo, editó la propiedad de ese pequeño círculo de suelo. Lo volvió más duro que el diamante, un parche de obsidiana perfecta. El rayo azul se estrelló y se disipó sin dejar marca.
Pero mientras su mente ejecutaba esa micro-corrección, Serafín ya estaba en otro lugar. Había recogido un puñado de cascotes, trozos de ladrillo y fragmentos de metal no más grandes que un puño. Y los lanzó. No con fuerza homicida, sino con precisión irritante. Uno desde su izquierda, volando hacia su hombro. Otro desde atrás, en un arco alto hacia su cabeza. Un tercero rodando por el suelo hacia sus tobillos.
Fue una táctica de distracción pura. Un movimiento de niño. Pero funcionó.
La Reina no se inmutó. Un suspiro de exasperación escapó de sus labios. Con movimientos casi imperceptibles de sus dedos meros tics de su voluntad los tres proyectiles fueron editados de la existencia. El que iba hacia su hombro se desvaneció en un suspiro de polvo antes de llegar. El que caía sobre su cabeza se convirtió en un puñado de sal que se esparció al viento. El que rodaba hacia sus pies simplemente dejó de existir, como si nunca hubiera estado ahí.
Cada una, una corrección menor. Casi despreciable. Pero cada una, un acto de voluntad consciente. Un dato más para procesar.