The Lightning #1: Un Nuevo Mundo

Capitulo 18: Consecuencias

El silencio fue lo primero en morir.

No el silencio de la paz, sino el pesado, vibrante silencio que sigue al estallido de un trueno. El pulso púrpura de la Llave al ser arrancada había barrido todo sonido, dejando un zumbido fantasma en los oídos. En ese vacío acústico, Serafín se enderezó.

No fue un movimiento humano. Fue el lento despliegue de una flor venenosa, un alzarse contra la gravedad que parecía desafiar no solo las leyes físicas, sino la propia lógica del dolor. La Llave, ahora sujeta en su puño cerrado con fuerza fanática, latía con un ritmo lento y poderoso, como un corazón alienígena. De su núcleo irradió una aureola de energía corrupta. No era un simple campo de fuerza; era una manifestación. El azul eléctrico y puro de su rayo primigenio se enroscaba en espirales enfermizas con el púrpura profundo, violáceo, de la Llave, creando un halo distorsionado que hacía llorar a los ojos con solo mirarlo. El aire a su alrededor se espesó, tiñéndose de esos mismos colores, como si la realidad misma se estuviera infectando.

Johny, todavía en posición de combate, con los puños brillando de un oro apagado por el esfuerzo, fue testigo de la transformación. Vio cómo los cortes profundos en los brazos y el torso de Serafín, causados por los fragmentos de la burbuja implosionada, se cerraban sin dejar cicatriz, como si el tiempo retrocediera sobre su carne. Pero la verdadera demostración fue el ala. El miembro, roto y colgando grotescamente de su espalda, se recompuso. Los huesos chasquearon en su lugar con un sonido cristalino y obsceno, y las plumas antes destrozadas, se regeneraron. Pero no eran las mismas, ahora había una estructura más grande, más amenazadora, cuyas plumas terminaban en puntas afiladas como cuchillas y estaban veteadas de venas púrpuras pulsantes. Era un ala de ángel caído, rehecha por un poder que nada tenía de divino.

-No...- murmuró Johny, pero la palabra se perdió en el zumbido.

La determinación, ese núcleo de acero que lo había sostenido desde que llegó a este mundo maldito, se agrietó. Solo por un instante. Luego, el héroe reaccionó. Con un grito que era mitad furia, mitad desesperación, descargó todo el poder que le quedaba. Un rayo dorado, ancho como un árbol, brotó de su pecho y se lanzó contra la figura iluminada en el centro del cráter.

El rayo no impactó. A un metro de Serafín, la aureola púrpura-azul se activó. El dorado, puro y caliente, se encontró con un campo que no lo reflejó ni lo absorbió de golpe. Lo disolvió. La poderosa descarga se deshilachó en mil hebras de energía inofensiva que serpentearon alrededor del halo como serpientes doradas agonizantes antes de extinguirse con un chisporroteo lastimero. No hubo explosión, ni esfuerzo visible en Serafín. Solo la indiferencia absoluta de un dios ante el insulto de un insecto.

Serafín giró la cabeza, lentamente, para mirar a Johny. La sonrisa que floreció en sus labios no era de triunfo beligerante. Era más profunda, más íntima. Era la sonrisa de quien acaba de comprender una verdad fundamental y se deleita en su simpleza brutal. Sus ojos, siempre cargados de una intensidad mesiánica, ahora brillaban con el reflejo dual del azul y el púrpura, dando la espantosa ilusión de que ardían desde dentro.

-Observa, niño- dijo Serafín, y su voz ya no era solo suya. Resonaba con un eco dimensional, como si la Llave estuviera hablando a través de él.
-Observa el abismo entre lo que eres y lo que yo he elegido ser.

Su mirada barrió el cráter, tomando posesión de cada rostro con la satisfacción de un coleccionista. Allí estaba Gus, arrodillado, su respiración formando nubes en el aire helado que él mismo había creado. En sus ojos, Johny no vio miedo al poder de Serafín, sino una resignación profunda, la de un hombre que ha visto confirmado su peor presagio.

Más atrás, cerca de Gus, Magic flotaba a un palmo del suelo, impasible. Sus ojos ámbar, siempre analíticos, escaneaban la aureola de Serafín con una rapidez inhumana, absorbiendo datos, calculando vectores de fuerza, densidad energética. Para él, esto no era una revelación divina; era un fascinante y peligroso cambio en las variables de la ecuación.

Punch, por su parte, cerca de Johny, emanaba una excitación casi animal. Se limpió la sangre de su propia mano con la lengua, una sonrisa bestial estirándole los labios. Aquí, por fin, estaba un poder que entendía: puro, abrumador, indiscutible. No le importaba quién lo tuviera; solo quería probarlo, romperlo o ser destruido por él.

Y luego estaban los testigos inadvertidos. Roose Valerio, todavía con la cámara temblorosa en sus manos, captaba la escena. A través de su lente, el halo de Serafín era un fenómeno óptico aterrador, un eclipse personal que prometía el fin de una era. Y más allá del cráter, en las pantallas destrozadas de los edificios aledaños y en los rincones donde la gente se atrevía a espiar, Weston contuvo el aliento. La ciudad vio nacer, en tiempo real, a algo que ya no era un hombre ni un mutado. Era un principio. Una calamidad con voluntad propia.

Fue entonces cuando el segundo sonido irrumpió, no desde el poder cósmico, sino desde la banalidad organizada de la tiranía: el thump-thump-thump sincronizado de rotores de helicópteros.

Como aves carroñeras atraídas por el olor de la batalla terminada, los helicópteros de asalto de la Guardia de Weston aparecieron recortados contra el cielo nocturno, sus focos cegadores barriendo el cráter y fijándose en las figuras centrales. En las calles que conducían a la Villa del Crimen, un convoy de vehículos blindados de ruedas rechinó hasta detenerse, y docenas de soldados con armadura táctica y rifles de pulso descendieron con una precisión intimidante. No habían venido a luchar contra el monstruo; habían venido a recoger los trofeos y limpiar el desorden. Llegaban, como siempre, demasiado tarde para la batalla, pero justo a tiempo para la "limpieza".

Serafín siguió la luz de un foco con la mirada, su sonrisa apenas menguando. Un fastidio. Un insecto terrenal zumbando alrededor de algo infinitamente más grande. Su atención volvió a la Llave en su mano. La sintió palpitar, no como un arma, sino como una brújula. No apuntaba a Velthara. No apuntaba a la victoria sobre Johny en este instante. Apuntaba a algo más.



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En el texto hay: asesinato, abuso, violecia

Editado: 26.01.2026

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