La transición no fue un sueño. Fue un desgarro.
Una noche más en la suite de la Torre Aegis, Johny se había desplomado en la cama, el peso del día, el frío de Gus, la astucia de Pat, las palabras evasivas de Chandler, aún estaban gravitando sobre su pecho. Cerró los ojos, buscando el oscuro alivio del olvido. En su lugar, encontró el vacío que tira.
Fue como si el suelo bajo su cama cediera, no hacia un abismo de caída, sino hacia un vacío lateral, una dimensión donde "abajo" y "arriba" eran conceptos mugrientos de un mundo demasiado sólido. Una sensación de vértigo imposible, de huesos que querían disolverse, y luego... silencio. Un silencio tan absoluto que tenía textura, un algodón denso que amortiguaba el latido de su propio corazón.
Abrió los ojos. No estaba en su habitación.
Estaba en el Desierto de los Espejos Rotos.
El aire, si es que era aire era frío y seco, con un sabor metálico a estática cósmica. Bajo sus pies, una arena blanca, fina como ceniza de estrellas, se extendía hasta un horizonte brumoso donde el cielo, de un gris perla inmóvil, se fundía con la tierra sin una línea clara. No había sol. No había fuente de luz, y sin embargo, todo estaba iluminado por una claridad fantasmal, plana, que no proyectaba sombras.
Y los espejos. Docenas, cientos, tal vez infinitos. No estaban enmarcados. Eran láminas de cristal quebrado, de diferentes tamaños, clavadas en la arena en ángulos imposibles, como los restos de un palacio de dioses que se había hecho añicos en una pelea celeste. Algunos eran del tamaño de una uña, otros se alzaban como acantilados translúcidos. En su superficie, no reflejaban la desolación del desierto. Reflejaban fragmentos.
Johny, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado, se acercó a uno. En él, vio un destello de Velthara, pero los rascacielos eran de oro macizo. En otro, se vio a sí mismo, mayor, con el cabello entrecano, sonriendo junto a una Simónla que no llevaba el peso del mundo en los hombros. En un tercero, sólo había oscuridad y el brillo de unos ojos violetas (¿Nikron?) antes de que la imagen se desvaneciera. Eran ecos. Posibilidades. Vidas que eran, habían sido o podrían ser. El peso de esa infinidad casi lo dobló de rodillas.
-No invocaste este lugar- dijo una voz detrás de él, serena, familiar y a la vez terriblemente ajena.
Johny se volvió. Allí estaba el Viajero. Su doble vestido de blanco inmaculado, el mismo que había encontrado en la torre del limbo y en el borde de la muerte. Pero está vez no tenía la máscara, su rostro era el de Johny, pero tallado en mármol frío, todas las dudas y pasiones bruñidas hasta dejar sólo una calma antigua y fatigada. Sus ojos, del mismo azul eléctrico, carecían del fuego de los de Johny; brillaban con la luz fría y constante de una estrella distante.
-¿Por qué estoy aquí de nuevo?-preguntó Johny, su voz sonando extrañamente débil en la vastedad silenciosa. -No pedí volver.
El Viajero caminó hacia él, sus pies no dejaban huellas en la arena blanca.
-No se pide venir al Abismo. Se es arrastrado. Es un plano psíquico, una red de conciencia compartida por todos los que somos como tú. Los Portadores del Caos. Los que corremos entre las grietas de lo real- Hizo un gesto amplio, abarcando los espejos. -Este lugar responde al trauma, a la duda profunda, al momento en que tu mente ya no puede contener las preguntas que tu mundo no puede responder.
Se detuvo frente a Johny, estudiándolo como un médico estudia un síntoma interesante.
-¿Por qué estás aquí?- repitió el Viajero, respondiendo a su propia pregunta -Porque tu mente busca respuestas que Weston no tiene. Porque las certezas se te están resquebrajando. Tus dudas son importantes, Johny. Son más que miedo. Son la grieta en el dique de tu identidad. Y por esas grietas... puede filtrarse un poder mayor. O puede colarse la locura. Todo depende de hacia dónde dejes que fluya la corriente.
Antes de que Johny pudiera protestar, el Viajero alzó una mano. No hubo un gesto grandilocuente. Un simple movimiento de sus dedos, como si sintonizara una frecuencia. Dos de los enormes espejos-cliff, a cada lado de ellos, se activaron. Su superficie dejó de mostrar reflejos aleatorios. Se volvieron ventanas claras, vibrantes, a otras realidades.
-Mira- ordenó el Viajero, y su tono no admitía discusión. -Mira y comprende el peso de tus elecciones, o la de su ausencia.
Ventana Uno: El Sueño Apocalíptico.
Johny miró a través del primer espejo y el aliento se le cortó. Allí estaba Velthara, su ciudad, pero transformada en un infierno. Los rascacielos torcidos no brillaban; eran pilares carbonizados contra un cielo rojo sangre. No había tráfico aéreo, sólo columnas de humo negro. En la plaza central, donde él y su equipo solían celebrar, había un cadalso. Y en él, colgando de cuerdas inertes, estaban los cuerpos de Bob, Jamsta, Iris y Simónla. Sus trajes, destrozados. Sus ojos, vacíos. Al frente, estaba Serafín. No el Serafín herido y fanático que había huido. Este era un dios tirano consumado. Su armadura púrpura-azul, ahora completa y magnífica en su corrupción, sus alas se extendía como un dosel de pesadilla. Llevaba una corona de energía inestable. En su mano, no la Llave, sino el corazón aún palpitante de algún mecanismo cósmico. Su rostro era de una paz aterradora, la paz del vacío que ha devorado todo lo que podía oponérsele.
-Esto- dijo la voz del Viajero, clara y fría a su lado -es lo que pasa si el fanático gana. Si su ambición no encuentra un muro, sino un vacío que llenar. Tu hogar. Tu familia. Tu legado. Reducidos a cenizas y trofeos en el salón de un dios demente.
Ventana Dos: La Pesadilla del Traje Negro.
Johny, con el estómago revuelto, giró hacia la segunda ventana. Y allí se vio a sí mismo. Pero no. Era él, con su traje, pero de un negro profundo que parecía absorber la luz. Su rostro estaba deformado por una rabia infinita, una tristeza tan profunda que se había vuelto odio puro. A sus pies, la Velthara que amaba yacía destrozada, pero no por un invasor. Por él. Edificios derrumbados por sus propios rayos, ahora negros y corruptos. Este "Otro Johny" alzó la cabeza y gritó, un grito sin sonido que hizo vibrar el mismo cristal del espejo, un grito de culpa y furia autodestructiva.
-Y esto- continuó el Viajero, sin un ápice de emoción. - lo que pasa si tú pierdes tu lucha interna. Si la duda, la culpa, la impotencia, te corroen hasta que lo único que queda es el poder, desprovisto de propósito, dirigido contra todo, incluido lo que amas. El monstruo no siempre llega de fuera, Johny. A veces, nace en el espejo.