El aire en la cafetería "El Último Desvío" poseía la densidad de un caldo olvidado: una mezcla espesa de grasa de freidora recalentada, polvo de carretera que se filtraba por los umbrales de las puertas, y el aroma agrio del café que llevaba demasiadas horas sobre el fuego bajo, transformando su esencia en poco más que un líquido amargo y oscuro. El establecimiento, una caja rectangular de aluminio deslustrado y formica amarillenta por el sol y el tiempo, se aferraba como un parásito al costado del motel V Cancía, cuyo letrero de neón parpadeaba con obstinada desesperación, perdiendo la letra a en un tic lumínico crónico.
Dentro, el tiempo parecía haberse estancado en algún punto indeterminado entre el desayuno y el olvido. Los clientes, camioneros con miradas talladas en granito, vendedores ambulantes cuyas corbatas exhibían el historial cromático de mil comidas apresuradas, familias con niños inquietos que arañaban el plástico gastado de los asientos, masticaban en un silencio solo roto por el tintineo esporádico de cubiertos, el susurro de conversaciones intrascendentes y el zumbido grave y constante de una nevera antigua. En la pared del fondo, encajado en un rincón como un relicario moderno, un televisor de pantalla convexa emitía el parpadeo azulado y estático de las noticias del mediodía.
En la cabina más alejada de la puerta, la que estaba junto a la ventana sucia que daba al estacionamiento vacío y a la carretera que se perdía en la neblina matinal, James Reynolds, de cabello negro azabache, era una escultura de tensión contenida. No había movido un músculo en los últimos quince minutos. Sus manos, callosas y surcadas por el mapa en relieve de cicatrices antiguas, yacían planas sobre la mesa de formica, una a cada lado de la taza de café blanca y gruesa que ya había dejado de liberar sus espirales de vapor. Sus ojos, dos fragmentos de obsidiana pulida bajo un ceño perpetuo, no parpadeaban. Estaban clavados, con la intensidad de un punto de soldadura, en la pantalla del televisor donde Eric Vance desgranaba su discurso con la precisión mecánica de un metrónomo y la cadencia estudiada de un predicador de ferias.
"...y no me malinterpreten, buenos ciudadanos de Weston," decía Vance, su pelo engominado reflejando los focos del estudio como un casco pulido. "No hablamos de prejuicios. Hablamos de realidad dimensional. Estas... especies que han irrumpido en nuestro mundo no siguen nuestras leyes. No respetan nuestra biología. Traen consigo el caos de sus dimensiones fallidas, y nuestro alcalde, en su infinita ceguera, los viste con trajes coloridos y los llama 'héroes'. ¡Es una burla! Es la negligencia más peligrosa que ha visto nuestra ciudad. Debemos proteger la pureza esencial de lo que somos, de lo que Weston fue antes de que el cielo se rasgara y dejara entrar estas plagas..."
Reynolds no escuchaba las palabras en sí, sino la arquitectura detrás de ellas. El ritmo ascendente que llevaba inexorablemente a sustantivos cargados de veneno emotivo: "plagas", "pureza", "caos". Reconocía el patrón, la ingeniería retórica, porque la había estudiado en su laboratorio de origen, cuando era apenas un guardia de bajo rango cuyo deber consistía en llevar cafés y documentos sellados al despacho del hombre que ahora gobernaba cada rincón de la ciudad.
Un destello de memoria lo atravesó, nítido y doloroso como un cuchillo entre las costillas.
Tres años atrás. El despacho del Alcalde Chandler olía a madera de cedro pulida con cera costosa y a ambición fría, un aroma metálico que se pegaba al paladar. Reynolds, con el uniforme planchado con rigidez marcial, acababa de entregar un informe de seguridad sobre disturbios en los distritos bajos. Se mantenía en posición de firmes, esperando el desaire de ser despedido con un gesto. Chandler, sin embargo, no lo había mirado aún. Tenía los ojos fijos en otro documento, sus dedos largos y pálidos, dedos de pianista o de cirujano, acariciando el borde del papel como si palpara su filo.
-La arquitectura del poder, James- había dicho Chandler, su voz un ronroneo sedoso y metálico que no levantaba el tono pero llenaba la habitación, -no se construye con ladrillos ni vigas de acero. Se construye con percepciones. Con realidades aceptadas- Por fin alzó la mirada. Sus ojos eran de un gris tan pálido que parecían plateados, carentes de calidez, solo reflectantes. -El miedo...- Hizo una pausa calculada, dejando que la palabra colgara en el aire. -...el miedo no es nuestro enemigo. Es la argamasa. La argamasa indispensable con la que se cementan los muros del orden. Sin ese miedo, la gente cuestiona por qué necesita muros. Sin muros, cuestiona por qué me necesita a mí. Es una ecuación simple. Elegante en su brutalidad.
En ese momento, Reynolds había asentido, creyendo vislumbrar la profundidad gélida del pensamiento estratégico. Ahora, en la cafetería polvorienta con olor a fritanga barata, ese recuerdo le quemaba las entrañas como ácido puro. Vance no era un opositor. Era un síntoma. Un alumno aplicado pero torpe que repetía la lección sin comprender la matemática mortal que la sustentaba. Si Chandler había perfeccionado el arte de construir imperios con el miedo como cemento, Vance era el obrero ruidoso que golpeaba el andamio, anunciando a gritos lo que se construía y regando cal de más, haciendo el trabajo visible y tosco.
Un chirrido de goma sobre linóleo lo sacó del trance. La camarera, una mujer de unos cincuenta años con el pelo teñido de un rubio apagado que luchaba contra las raíces grises y un delantal blanco manchado con la historia cromática de los guisos del día, se acercó a su mesa. En sus manos llevaba un plato ovalado que humeaba débilmente.
-Ahí tiene, cariño- dijo con una voz ronca, gastada por el cigarrillo y las órdenes a gritos a una cocina invisible. -Los huevos con el tocino bien crujiente, como pidió.
Reynolds parpadeó, despegando sus ojos de la pantalla donde ahora un panel de "expertos" asentía solemnemente a las palabras de Vance. Asintió con un gesto seco, casi un espasmo de la cabeza.