Las instalaciones subterráneas de Chandler no eran una prisión convencional. Eran un archivo de desviaciones, una biblioteca viviente de amenazas catalogadas y neutralizadas. El Ala Gamma, conocida informalmente entre los guardias como "El Zoológico", no albergaba a los tocados por la Tormenta, Esos iban a lugares más especializados, más blindados. El Ala Gamma era para lo que Chandler consideraba una plaga más mundana, pero igualmente cancerosa: la ambición humana desafiante, la inteligencia criminal organizada, la voluntad de poder que no provenía de un accidente cósmico, sino del corazón mismo de la corrupción de Weston. Aquí se pudrían, en celdas de máxima seguridad pero con comodidades espartanas, los rivales que habían sido demasiado listos para una bala en la calle, pero no lo suficiente para escapar de la maquinaria del estado.
La celda 7-G no tenía barrotes visibles. Era un cubo de tres metros por lado, con una pared frontal de un polímero translúcido e irrompible que permitía la observación constante. Dentro, había una cama angosta, un inodoro, un lavabo, y una pequeña mesa fijada al suelo. No había espejos. No había nada que pudiera convertirse en arma o en herramienta de auto-destrucción. La luz era constante, blanca y fría, sin interruptor.
Dentro de ese cubo de contención, sentada en el borde de la cama con una postura que fingía relajación, estaba Corvina Valentine.
La Reina del bajo mundo de Weston había sido despojada de su armadura, de su poder y de su miedo. Vestía un mono de prisionera de un gris opaco, que le quedaba holgado. Su cabello, antes un casco perfecto de ébano, estaba despeinado, y su rostro, aunque aún hermoso, mostraba las sombras del agotamiento y el dolor sordo de las heridas que Serafín le había infligido. La cicatriz púrpura y todavía viva donde la Llave le había sido arrancada del pecho era visible a través del escote delgado de la tela. Pero sus ojos, esos ojos de halcón que habían calculado fortunas y sentencias de muerte, no habían perdido su fuego. Brillaban con una inteligencia fría y una rabia contenida, como un depredador enjaulado que observa al visitante, calculando el grosor del vidrio.
La puerta exterior de la sala de observación se abrió con un suave susurro hidráulico. Christian Weston Chandler entró, solo. No vestía su uniforme de alcalde ni el traje de diseñador. Llevaba un conjunto sencillo de pantalones negros y una camisa gris, sin corbata, las mangas remangadas hasta los codos. Era la indumentaria de un cirujano, o de un técnico que viene a inspeccionar una pieza de maquinaria averiada. En sus manos llevaba una tableta digital.
Se acercó al polímero translúcido y se detuvo, dejando un metro de distancia. No miró la tableta. Miró a Corvina. Una sonrisa pequeña, no triunfal, sino de interés clínico, se dibujó en sus labios.
-Corvina Valentine- dijo, su voz resonando suavemente en la sala estéril. -La mujer que puso de rodillas a las Tres Familias. La que convirtió el caos del bajo mundo en un imperio personal. La "Reina"- Hizo una pausa, dejando que los títulos, ahora vacíos, colgaran en el aire. -Bajó tan rápido como subió. De los penthouse con vista a la ciudad... a esto- Un gesto vago con la mano, abarcando la celda.
Corvina no se levantó. Alzó lentamente la mirada para encontrarse con la de él. Cuando habló, su voz era más ronca de lo que recordaba, pero no quebrada. Era la voz de alguien que ha estado hablando consigo misma, planeando en la oscuridad. -Chandler. Siempre con el dramático sentido de la presentación. ¿Viniste a gloriarte? Me esperaba algo más... sofisticado de tu parte.
-La gloría es para las masas, Corvina. Para los que necesitan espectáculo- respondió Chandler, sin alterarse. +Yo estoy aquí por... evaluación. Eres un fenómeno fascinante. Un caso de estudio en voluntad de poder en un entorno controlado.
Ella esbozó una sonrisa torcida. -¿Voluntad de poder? Hablas como si fuera una teoría. Yo la ejercí. Construí algo real, algo que funcionaba, mientras tú jugabas a ser estadista con la ciudad.
-Construiste un parasistema- corrigió Chandler, con la paciencia de un profesor. -Un ecosistema depredador que, sí, era eficiente dentro de sus parámetros limitados. Pero era caótico. Impredecible. Un cáncer, aunque un cáncer organizado. Mi trabajo, como tú bien dices, es con la ciudad. Con el organismo completo. Y un organismo sano no tolera tumores, por muy bien que funcionen sus células.
-¿Sano?- Corvina soltó una risa corta y seca. -Tu ciudad es un paciente en coma, Chandler, con electrodos pegados a la piel para simular vida. Lo único que mantiene unido a tu "Nuevo Orden" es el miedo. El mismo miedo en el que yo basé mi imperio. La única diferencia es la escala... y la hipocresía.
Chandler asintió, como si ella hubiera hecho un punto válido en un debate. -El miedo es una herramienta. Como el fuego. Se puede usar para calentar un hogar o para quemar una ciudad. La diferencia no está en la herramienta, sino en la mano que la guía y en el objetivo. Tú usabas el miedo para acumular riqueza, influencia, placeres personales. Un objetivo finito, mezquino.- Dio un paso más cerca, hasta que su reflejo se superpuso ligeramente con la imagen de ella tras el polímero. -Yo uso el miedo para crear estabilidad. Para imponer un marco dentro del cual la sociedad pueda, eventualmente, funcionar sin él. Es un sacrificio necesario. Una poda dolorosa para salvar el árbol.
-¡Qué noble!- escupió Corvina, por primera vez dejando que un destello de su antigua ira asomara. Se levantó, acercándose al vidrio hasta que solo unos centímetros los separaban. -Te vestís de cirujano, pero eres un carnicero. Sacrificas a quien sea con tal de que tu visión, tu "orden", prevalezca. ¿A cuántos has mandado matar, Chandler? ¿A cuántos hermanos, hermanas, hijos, para que tu árbol putrefacto siga en pie?
-El progreso tiene un costo- dijo, su voz un grado más baja. -Tú también lo sabías. Cada capo que eliminaste, cada territorio que tomaste, dejó cadáveres y huérfanos atrás. No nos hagamos los moralistas, Corvina. Ambos jugamos con vidas. La diferencia es que yo juego por el tablero completo. Tú solo jugabas por tu rincón.