19:05 Pm.
El garaje subterráneo olía a humedad, aceite y desilusión institucional. Bajo la luz amarillenta de los focos antiexplosión, los tres hombres formaban un cuadro de disparidad forzada bajo una consigna común.
Marcus, Daniel y Carter estaban parados junto al vehículo asignado, y la primera capa de su discreción era tan absurda como efectiva: cada uno lucía una camiseta de algodón barato, de un azul eléctrico chillón, estampada con el eslogan de campaña de Eric Vance: "PUREZA DIMENSIONAL" en letras blancas y gruesas. Sobre el pecho de Marcus, la palabra "PUREZA" se distorsionaba ligeramente sobre la tensión de su musculatura; en Daniel, colgaba con la rigidez de un uniforme que no había elegido; en Carter, parecía una ironía macabra, un chiste privado que solo él entendía.
Era el toque maestro de Chandler, ejecutado por Daniel con eficiencia burocrática: no solo los camuflaba como simpatizantes del populista de moda, un grupo común y ruidoso que atravesaba Weston, sino que los convertía en una cortina de humo ambulante. Quien los viera recordaría la camiseta estridente, no los rostros. La ideología como anonimato.
El vehículo en sí era otra pieza del teatro. No era un sedán oficial ni una camioneta utilitaria. Era un Sedán Cardinal modelo '18, de un rojo cereza desgastado por el sol y los años, con una ligera abolladura en el guardabarros trasero izquierdo. Un auto confiscado por la policía en una redada contra una red de apuestas ilegales, borrado de los registros activos pero mantenido en el lote para "operaciones no registradas". En la luneta trasera, un sticker descascarado mostraba la silueta de un pájaro cardenal y la leyenda "El Cardenal" en cursiva cursilona. Era perfecto: visiblemente ordinario, ligeramente patético, invisible para cualquier búsqueda oficial.
Marcus dio una vuelta alrededor del auto, sus ojos evaluando cada detalle con desdén. Se detuvo ante el sticker. "'El Cardenal'," leyó en voz baja, con una mueca. -Puta mierda- Abrió la puerta del conductor. El interior olía a ambientador de pino barato y a cigarrillos viejos. El asiento del conductor estaba desgastado y cedía más de lo debido.
Daniel, instalándose en el asiento del pasajero con su tableta ya encendida y conectada a una unidad portátil de datos, era un nudo de nerviosismo contenido. Carter, en la parte trasera, se acomodó en silencio, su mirada escaneando el garaje a través de la ventana sucia, sus manos vacías pero posicionadas de manera que cualquiera supiera que podían estar llenas de algo letal en una fracción de segundo.
Marcus se acomodó en el asiento, que crujió en protesta. Introdujo la llave (genérica, sin logo) y giró. El motor del Cardinal arrancó con un gruñido cansado y un leve temblor que recorrió el chasis. Revisó los espejos, ajustó el asiento hacia atrás para compensar su hombro rígido, y luego, con las manos en el volante de vinilo desgastado, se volvió hacia Daniel. Su expresión era una máscara de impaciencia bajo el lema "PUREZA DIMENSIONAL".
-Bien, cerebrito- dijo Marcus, su voz resonando ligeramente en el espacio cerrado del auto. -Tenemos las payasadas puestas, tenemos el carruaje de los payasos. Tú tienes los mapas, las fotos, los horarios. ¿A dónde diablos vamos primero?
Daniel no se inmutó ante el tono. Su dedo deslizó un informe en la pantalla. -El rastro comienza donde él comenzó a planear. El motel V Cancía. Es el punto de origen confirmado de su huida hacia RyleTown. Allí dejó la habitación modificada. Allí pudo hablar con alguien, dejar algo atrás, o que alguien lo viera de una manera que no aparezca en las cámaras." Alzó la vista, encontrando la mirada de Marcus en el espejo retrovisor. -Es el lugar donde James Reynolds dejó de ser solo un fugitivo y se convirtió en un hombre con un mapa en la pared. Allí es donde debemos empezar a desenredar el hilo.
Marcus sostuvo la mirada por un segundo, evaluando. No era una mala lógica. Empezar por el principio. Buscar lo que Reynolds pudo haber olvidado en su prisa, o la impresión que dejó en un lugar que consideró lo suficientemente seguro como para usarlo como base.
-¿Y después?- preguntó Carter desde atrás, su voz un ronquido bajo que apenas se elevó por encima del runrún del motor.
-Después, la cafetería El Último Desvío- continuó Daniel, cambiando a otra imagen: la captura de la cámara de la cafetería donde Reynolds había sido visto comiendo mientras miraba a Vance en la televisión. -Es al lado del Motel, allí estuvo aproximadamente una hora. Comió, observó las noticias. Interactuó con una camarera. Es un lugar público, pero aislado. La gente recuerda caras en lugares como ese. Si el personal del motel no sabe nada, quizás ella sí.
Marcus asintió lentamente. Empezar por el refugio privado, luego el punto público de tránsito. Era metódico. Era limpieza. Exactamente lo que Chandler quería: no dejar cabos sueltos, borrar cualquier eco de Reynolds que pudiera haber quedado flotando en el aire de esos lugares de paso.
-Bien- gruñó Marcus, metiendo la marcha. El Cardinal se movió hacia adelante con un gemido suave de los amortiguadores gastados. -Motel primero. Tú- dijo, dirigiéndose a Daniel, -encárgate de hacer las preguntas. Sonríe con tu camiseta de mierda y saca tu tableta. Eres un encuestador de Vance, o un periodista de pacotilla, o lo que se te ocurra. Carter y yo seremos tu... equipo de seguridad entusiasta- La ironía en sus palabras era tan espesa como el aire del garaje.
-¿Y si alguien se pone difícil?- preguntó Carter, sus ojos ya no en el garaje, sino en la nuca de Daniel, como si estuviera evaluando su punto más débil.
-Entonces nosotros persuadiremos- dijo Marcus, pisando el acelerador para salir a la rampa de acceso a la ciudad. La luz del día, gris y plana, bañó el rojo chillón del Cardinal y las camisetas azules eléctricas. Se veían como tres fanáticos perdidos, un espectáculo tan común que era invisible. -Persuadiremos muy, muy bien. Porque cada persona que no hable, cada pista que se pierda, es un paso más cerca de que el Alcalde decida que somos otro cabo suelto que hay que cortar.